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Cuando Vandellòs iba a hacer cinco bombas atómicas al año

Un nuevo libro arroja más luz sobre la carrera nuclear de España en el franquismo. El reactor de Vandellòs I aportaría el plutonio necesario

Raúl Cosano

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La historia es conocida: la central de Vandellòs I, que empezó a funcionar en 1972, iba a ser fundamental en la carrera de España por la bomba atómica en el franquismo. La edición de un nuevo libro arroja más luz sobre el llamado Proyecto Islero. 

La publicación, Cuando España pudo desarrollar armas nucleares, es obra de Guillermo Velarde, el director de aquel monumental encargo, un militar y científico que hoy  es general de división del Ejército del Aire en la reserva y que ha sido una de las máximas instituciones en ciencia sobre cuestiones nucleares. 

En mitad de la guerra fría, el Proyecto Islero –que recibía el nombre del toro que mató a Manolete– era un programa para disponer de 36 bombas atómicas de plutonio. Ocho se emplearían como iniciadoras de bombas termonucleares, esos artefactos de hidrógeno de los que, por ejemplo, hoy presume Corea del Norte en su desafío a Estados Unidos. 

Arriba, el reactor de Vandellòs I. Abajo, militares y científicos, entre ellos Guillermo Velarde (segundo por la derecha). Fotos: DT

El general Velarde, en ese libro de  memorias, explica lo fundamental que era el programa, por supuesto mantenido en secreto durante la época. El general Muñoz Grandes le dijo tras recibir el encargo: «Dedique todas sus energías a este proyecto y no olvide que es fundamental para el futuro de España». 

Condiciones favorables

No sólo altos cargos españoles apoyaban la idea. Francia también estaba encantada con que los vecinos del sur pudieran disponer de arsenal atómico, hasta el punto de proporcionar el reactor nuclear de Vandellòs I, una de las últimas piezas del intrincado puzzle, en condiciones económicas muy favorables. 

Así explica Velarde en el libro, desde un punto de vista técnico, cuál iba a ser el rol de la central tarraconense: «Empleando solamente el 7% de sus elementos combustibles y manteniéndolos en el reactor un 5% del tiempo que habría que mantenerlos para obtener energía eléctrica, se obtendría anualmente el plutonio enriquecido al 94%, suficiente para fabricar cinco bombas atómicas al año». Ese era el plan.

El objetivo inicial de la central era doble: crear plutonio para armas y generar energía eléctrica

Tras varias disputas internas sobre quién y dónde se iba a instalar un reactor que iba a ser de uso civil y militar, el ministro de Industria de la época, Gregorio López Bravo, «actuó con total independencia», según se narra en el libro: «Decidió que el futuro reactor se instalase en Catalunya, en la región de Vandellòs, a 40 kilómetros al sur de Tarragona y a orillas del mar. En el lugar elegido había un búnker de la época de la guerra civil, donde solía instalarse en verano un holandés que había dicho que se marcharía de allí a cambio de una compensación económica».   

En 1964 López Bravo viajó a Francia para visitar las instalaciones nucleares de Chinon. Ahí comenzó el contacto con el país galo, socio en este cometido, en el que fue clave el apoyo del general De Gaulle. Varios encuentros acabaron con la formación de una sociedad llamada Hifrensa para la construcción de la central. «El reactor costaría 455 millones de francos prestados por Francia», desgrana Velarde en su libro. 

El 27 de julio de 1967 se firmó en Madrid el acuerdo definitivo que establecía que la construcción del reactor se realizaría en un tiempo máximo de 63 meses y tendría una potencia eléctrica de 480 megavatios. Sin embargo se construyó en 58 meses, cinco menos de lo previsto. La central del Baix Camp ya estaba lista para generar electricidad pero también para su uso estratégico en la ambición atómica de Franco.

No era la primera opción

Vandellòs no fue, pese a todo, la primera opción. También se barajó que un grupo de científicos de la Junta de Energía Nuclear (JEN), ya extinta, desarrollaran un reactor moderado por grafito y refrigerado por gas que, además de emplear uranio natural, era seguro. Sería un reactor de unos 30 megavatios térmicos, diseñado exclusivamente para obtener el plutonio con el que se fabricarían luego las bombas. 

Varios integrantes de la Junta de Energía Nuclear, durante la preparación del proyecto. Foto: DT

La idea se descartó y se apostó finalmente por una instalación mucho más potente: de 1.500 megavatios térmicos  –500 megavatios eléctricos– y con una aplicación dual para la producción de plutonio para armas y también de energía eléctrica, el que ha acabado siendo el servicio principal de la central de Vandellòs I. 
Velarde había descartado de entrada el uranio 325, del que se necesita un 80% para construir una bomba atómica. Había que obtenerlo en plantas de difusión gaseosa, que por coste, consumo eléctrico y dificultades técnicas estaban fuera del alcance de España. Así pues, Vandellòs era el sitio ideal para obtener el plutonio de forma discreta, mientras que se barajaba el desierto del Sáhara como lugar para las pruebas.

Los obstáculos y el desenlace

Pero con el proyecto muy avanzado llegaron los obstáculos que acabaron por abortar el sueño nuclear español. Franco, que nunca estuvo entre los entusiastas del proyecto, ordenó a Velarde detener el programa. Así lo narra el general que cree que tras la decisión del jefe del Estado estaba la intención de no enemistarse con Estados Unidos: «Me dijo que sería prácticamente imposible mantenerlo en secreto. España no podría soportar otras sanciones económicas». 

Aquella aventura, siempre con Vandellòs como referente en las operaciones, entró en ‘standby’  durante años en busca de otra oportunidad. La llegada de Carrero Blanco a la presidencia del Gobierno, en 1973, iba a dar alas al proyecto, a pesar de los intentos de Estados Unidos para convencer a España de que desistiera. 

La llegada de Jimmy Carter a la Casa Blanca, en 1977, multiplicó la presión sobre todos los países, incluido España, que no habían firmado el tratado de no proliferación de armas nucleares. EEUU sabía que los científicos españoles estaban en disposición de fabricar bombas. Pero ni la muerte de Carrero Blanco ni la de Franco supusieron el final de un proyecto Islero que también coleó llegada la democracia. En 1976 el ministro de Exteriores del primer gobierno de la Transición seguía insistiendo en la intención de «no ser los últimos de la lista» en tener la bomba. En 1977 se conocía el alcance proyectado para el Centro de Investigación Nuclear de Soria: 140 kilos de plutonio para fabricar 23 bombas anuales. 

El presidente Adolfo Suárez mostró su interés por la carrera atómica. El general Guillermo Velarde continuaba aún en escena, pero por poco tiempo. El golpe de Estado de Tejero fue el detonante. En abril de 1981, ya con el nuevo gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo, España aceptaba las condiciones americanas y sometía sus instalaciones al control de la Agencia Internacional de la Energía Atómica. «Esto clausuraba de forma oficial el Proyecto Islero», lamenta Velarde. 

En 1989 llegó el cierre de Vandellòs I tras un incendio en las turbinas. Aunque no afectó al reactor, el gobierno ordenó su desmantelamiento definitivo. 

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