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'Cuando me secuestraron pensé que ya no lo contaría. Pasé mucho miedo'

El arrendatario del bar La Ronda fue obligado el 17 de enero a subir a un coche a punta de pistola. Lo dejaron en una cuneta de la T-211, entre la Nou de Gaià y La Pobla de Montornès

J.Cabré

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El hombre vino al Diari acompañado de su abogado, David Peña, con el fin de explicar las cosas y desmentir suposiciones de lo ocurrido. Foto: lluís milián

El hombre vino al Diari acompañado de su abogado, David Peña, con el fin de explicar las cosas y desmentir suposiciones de lo ocurrido. Foto: lluís milián

Prefiere mantener su nombre y apellidos en el anonimato. Accede a la foto siempre y cuando no se le identifique. A este hombre, de 39 años de edad y arrendatario del bar La Ronda, en la avenida del mismo nombre en Altafulla, todavía le tiemblan las manos al recordar la tarde-noche del 17 de enero, justo hoy hace una semana. «Estoy bien. Se me ha pasado el susto», responde con poca convicción a la primera pregunta de la entrevista.

Han pasado siete días y todavía le cuesta olvidar la pesadilla vivida. «Fueron tres hombres», recuerda perfectamente. «Fue todo muy rápido», añade para justificar que a partir de ese momento el pánico le nubló la memoria.

«Salí a fumar. Había poca clientela en el bar a aquellas horas (alrededor de las ocho) y sin tiempo a encenderme el cigarro aparecieron de la nada tres hombres encapuchados», describe como si fuera en directo.

Lo cogieron y lo arrastraron hacia un coche. Tamaño pequeño y de color negro «o azul oscuro», hace memoria. Asegura que intentó zafarse y se resistió «y entonces me golpearon en la sien con la culata de una pistola».

La marca cerca del ojo izquierdo ya no se ve, pero el disparo al aire que precedió a su secuestro sí lo recuerda mirando al cielo. «La vi, la vi», añade.


Callados
Sin mediar palabra, lo metieron en el coche. El golpe con la pistola fue suficiente para obedecer y entrar en el asiento de atrás. Junto a él, uno de los encapuchados. Los otros dos, piloto y copiloto. «No sé por dónde circulábamos. Tenía la cabeza agachada y no podía levantarla. Sólo decía una y otra vez que no tenía nada que ver con lo que fuera», explica.

Cuando la angustia venció su resistencia, «pensé que no lo contaría. Que criaría malvas. Y de repente, hablaron entre ellos e intuí que no era a quien buscaban y me soltaron sin más en una cuneta», explica. Los encapuchados eran todos hombres. Su complexidad los delataba. «Uno chapurreaba español, los otros hablaban extranjero. No sé qué idioma. Me sonaba a países del Este, pero no sabría cuál», explica la víctima.

Una vez en la cuneta, el coche se marchó con las luces apagadas. Ni matrícula ni modelo. Nada quedó en su retina para poder explicar en la declaración que haría ante los Mossos d’Esquadra más tarde.

El hombre sabía dónde estaba, entre La Pobla de Montornès y la Nou de Gaià. Cogio la carretera en sentido La Pobla. Allí vive su cuñada. «Cuando le expliqué lo que me había ocurrido se quedó blanca. Además, no tenía teléfono porque me lo dejé dentro de la barra cuando salí a fumar. Sólo la cartera, el mechero y el cigarro».

A su cuñada la llamaron los Mossos estando él allí. Como un acto telepático les explicó que su cuñado estaba allí sano y a salvo y ella lo acompañó hasta su bar, donde los Mossos le esperaban para hablar con él. Entonces, el dispositivo de búsqueda que se había activado se canceló.


Sin deudas, ni drogas
La víctima seguía muy nerviosa a su llegada a Altafulla. Habló con los Mossos «y les expliqué lo que recordaba. Todo fue muy rápido y precipitado», explica.

Niega una y mil veces que tenga deudas económicas con nadie. Desmiente que haya un asunto de faldas de por medio. Y mucho menos algo turbio relacionado con drogas. «Me soltaron porque no tenía nada que ver con quien buscaban. Fue un error suyo y como estaban protegidos, me dejaron sin más en una cuneta», explica convencido.

Desde la declaración con los Mossos, que terminó pasadas las 23 horas, no ha habido nada más. Su abogado, David Peña, explica que no es necesaria ninguna denuncia y «he llamado en nombre de mi cliente para ponernos a disposición de lo que necesiten para la investigación».

Al día siguiente, abrió el bar como un día más. «Abro a las siete y hasta que se va el último cliente. Trabajo allí y el sueldo que me saco es para vivir», remarca para reafirmar que no debe nada a nadie. Desde entonces, cada día está más cerca de olvidar lo ocurrido. «No es tan fácil cuando ves que te meten en un coche con un tío con una pistola», dice.

Su madre ahora va por las tardes. No quiere que esté solo. También busca compañía si le apetece fumar y no esconde que mira a derecha e izquierda por si ve un coche sospechoso.

«He perdido clientes», asegura. «La gente habla y mira los periódicos y creo que esto me ha perjudicado», añade. «No sé si alguien me la tiene jurada o me ha señalado, pero repito que estoy limpio y soy una víctima», repite de nuevo.

Desde hace una semana, «veo más coches de policía. Antes pasaban, pero creo que ahora circulan más», intuye. Hoy abre de nuevo la persiana con ganas de olvidar y pasar página.

Mientras, los Mossos tienen pocas pistas para la investigación. Un coche pequeño, sin placas de matrícula para rastrear más allá de que era de color oscuro. Dentro iban tres sujetos con pasamontañas, que hablan un idioma extranjero sin identificar.

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