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«Dejar de beber y de consumir es posible»

Grupo Salou 14. La asociación de alcohólicos anónimos celebró ayer su cuarto aniversario compartiendo sus experiencias 

Carmina Marsinach

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Algunos de los miembros del Grupo Salou 14, la asociación de alcohólicos anónimos del municipio, ayer en una reunión abierta a todo el mundo. FOTO: C.M

Algunos de los miembros del Grupo Salou 14, la asociación de alcohólicos anónimos del municipio, ayer en una reunión abierta a todo el mundo. FOTO: C.M

Son anónimos. Tan solo les une lo que ellos definen como la «enfermedad de las emociones»: el alcoholismo. «No importa el yo sino el nosotros», señala Gabriel, uno de los miembros del Grupo Salou 14, la asociación de alcohólicos anónimos del municipio. 

Hace cuatro años que tres personas adictas a la bebida empezaron a quedar para compartir sus experiencias. Hoy la familia ha crecido. Entre 12 y 14 personas se reúnen cada domingo en la iglesia protestante de Salou, situada en la calle Pere Galés. Durante dos horas pueden expresarse libremente junto a personas que están pasando por lo mismo. Nadie les entenderá mejor que ellos. 

«Aquí sí que hay democracia de verdad. Nadie manda más que nadie», apunta Gabriel. La asistencia a las reuniones que se celebran cada semana es totalmente libre. Nadie está obligado a nada. Ni tan solo a facilitar su identidad ni a ofrecer ningún tipo de dato. «Yo me llamo Gabriel como podría llamarme Felipe», dice. Formar parte de la entidad es totalmente gratuito. 

Ayer el Grupo Salou 14 celebró su cuarto aniversario. Y como ya es habitual llevaron a cabo una reunión abierta a todo el mundo donde los miembros de la asociación y familiares relataron cómo contrajeron esta «enfermedad»  y cómo se van recuperando.

«Me llamo Federico y soy alcohólico». Empezó a beber el día que nació su hija y cada vez fue a más. «Te metes dentro de la botella y no ves nada más que eso decía». Llegó un día que quería abrir el coche y le temblaba la mano. «No daba crédito a mi vida. Yo sabía que si no paraba me moriría. Al reconocer que tenía un problema con la bebida me quité un peso de encima». Pero no fue fácil. «Yo quiero dejar de beber. Lo dices de corazón y no puedes», explica. Cuando empezó a ir al grupo de alcohólicos anónimos pensaba que lo iban a encerrar pero tan solo le pidieron que les escuchara. Ahora ya lleva 21 años de sobriedad. 

«Lo último que esperaba era acabar siendo enferma alcohólica», decía Sandra. Su padre era alcohólico. Para ella la bebida era una forma de evadirse del mundo. No le gustaba su vida ni la sociedad en general. Al final se juntó con personas que bebían igual que ella para no sentirse culpable. Cuando su madre le contó que su hermano tenía problemas con el alcohol acabó reconociendo que ella también. Su madre ya lo sabía. «Curiosamente somos los únicos que no lo sabemos». Desde que entró en el grupo de alcohólicos anónimos aprendió que debía cambiarse a sí misma para que cambiase su entorno. Aprendió a ser humilde. A aceptarse y conocerse. Reconoce que ha tenido recaídas pero que ahora está muy contenta: «No necesito beber para vivir». 

Álvaro lleva tres años sin beber. «Los domingos lo paso muy mal y aquí encontré la manera de recuperarme», apunta. Él también vivió el alcoholismo de su madre. Cuando tenía 12 años se la llevaron y la ingresaron. Recuerda que a las 12 del mediodía aún podían hablar con ella pero a las cuatro de la tarde ya dormía. «Me pasé muchos años diciendo que no sería alcohólico (...) Bebiendo y drogándome podía encajar en la sociedad». Considera que el alcoholismo no termina nunca «pero hoy puedo ser un padre para mi hija. Se puede dejar de beber y consumir». 

Las familias también se ayudan

Familiares de las personas adictas a la bebida también se reúnen cada semana para compartir sus problemas. Su comunidad se llama Al-Anon. Alba, hija de padres alcohólicos, asegura que al principio no se lo tomaba en serio. Pensaba que ella estaba bien, que eran sus padres los que tenían el problema. Al final se dio cuenta de que también estaba «enferma emocionalmente. Yo tengo que ayudarme a mi misma primero». Estar en la asociación le ha ayudado a ponerse en el lugar de los demás. «Somos unos privilegiados. Podemos tomar las riendas de nuestras vidas». 

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