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El cambrilense Gimbernat, padre de la pesca del bou

Fue médico de la corte y el rey Carlos IV le concedió la súplica para poder aplicar este arte de pesca en su ciudad natal. Fue el primero en tener cuatro embarcaciones de arrastre

Jordi Cabré

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Modelo de embarcación del bou de Cambrils de principios de 1900. No cambiaron tanto respecto al siglo anterior. Foto: Arxiu municipal de Cambrils

Modelo de embarcación del bou de Cambrils de principios de 1900. No cambiaron tanto respecto al siglo anterior. Foto: Arxiu municipal de Cambrils

La huella de Antoni de Gimbernat en Cambrils es relativamente desconocida. Se sabe y está documentado que el prestigioso cirujano y anatomista nació el 15 de febrero de 1734 en la villa marinera y que hasta los 15 años, más allá de estudiar en Riudoms un par de ellos, estuvo viviendo en Cambrils.

Cervera, Cádiz, Barcelona, París, Londres, La Haya y Madrid fueron las ciudades donde forjó su carrera, su prestigio y también su caída en desgracia después de la Guerra de la Independencia (1808-1814) acusado de afrancesado por sus contadas colaboraciones con los invasores galos durante el conflicto.

Pero más allá de su trayectoria humanista y médica, Gimbernat sí tuvo muy presente su ciudad desde la lejanía. Y prueba de ello es que gracias a su estrecha relación con la corte, era su médico al igual que el de la familia real, logró la primera súplica que concedía dos parejas de barcas para la pesca del bou.

El historiador Pedro Otiña, responsable del Arxiu Municipal de Cambrils, ha encontrado documentos que certifican el interés del médico por Cambrils y a su vez por sus conciudadanos en este nuevo tipo de pesca de arrastre hasta la fecha poco conocida y extendida.

El 21 de junio de 1792, el rey Carlos IV concedía una súplica para que Antoni de Gimbernat pudiera botar cuatro barcas, dos parejas, de pesca de arrastre en su villa natal. Un sistema de pesca muy goloso por la cantidad de capturas potenciales y que hasta finales del siglo XVIII no se concedieron en gran número.

Aunque la pesca de arrastre podía ser la panacea a la falta de alimentos y un negocio lucrativo a corto plazo, Otiña explica que hay pruebas de que el gasto medio de una barca de estas:tripulación, mantenimiento, reparaciones... podía llegar a 14.500 reales de vellón, una moneda de la época. Las ganancias en cinco años no llegaban a 12.000 reales. «A medida que incrementaron las súplicas, menos ganancias a repartir», argumenta el historiador.

La petición al monarca

Una copia del documento original que está en el Arxiu Municipal de Cambrils dice así: «Don Antonio de Gimbernat vuestro Cirujano de Camara a L. P. (los pies) de V.M. (Vuestra Majestad) reverentemente expone: que haviendo nacido en la villa de Cambrils situada en el corregimiento de Tarragona desea sobremanera contribuir por su parte a todo el bien que puede regular a favor de sus vecinos, y compatricios; lo que sin duda se conseguiria con fomentar la pesca en los mares que alindan con el termino de dicha villa aumentandose al mismo tiempo la marineria que tan útil es siempre para la corona; en esta atención, y la de los méritos que el exponente tiene contraidos en vuestro Real Servicio. Suplica rendidamente a V.M. se digne concederles la gracia perpetua, para el y sus sucesores de mantener a su costa dos parejas de pescar con la facultad de usar de ellas desde el puerto de Salou hasta el castillo de San Jorge por todos sus mares, merced que espera de la Real clemencia de V.M.».

Pedro Otiña explica que la pesca del bou en Catalunya se introduce a lo largo del siglo XVIII y parece ser que sería una evolución de la pesca del gángil –ver grabado–, que era el mismo sistema de arrastre, pero con una sola embarcación. A lo largo del siglo XVIII, la demanda de súplicas fue en aumento. El crecimiento de la población motivó que la posibilidad de una pesca abundante fuera un recurso natural a explotar. En este contexto, Antoni de Gimbernat pidió el favor real, que le fue concedido en 21 de junio de 1792 en Aranjuez, sede de la corte en aquellos años.

Gimbernat obtuvo permiso para dos parejas que gestionó élñ mismo o delegó en personas de confianza los primeros años. La súplica fue por un año y se fue renovando por trienios. La petición de perpetuidad fue rechazada, explica Otiña. Con el fin de la Guerra de la Independencia –Guerra del Francès en Catalunya–, Antoni de Gimbernat cayó en desgracia. El recorte de privilegios promovido por las Cortes de Cádiz, en 1812, anuló la súplica al médico una vez falleció.

Los matriculados

A partir de Felipe V, todo pescador debía obtener un permiso, una matrícula para pescar, ser patrón de barco o comerciar con cabotaje. Para obtener esta licencia, primero debía servir a la Armada y una vez licenciado, uno de las ventajas era la posibilidad de pescar.

Antoni de Gimbernat, en su súplica, no sólo pensó en su interés económico y en dejar un negocio emergente a sus descendientes. Táctica que no logró. También fue un factor decisivo en el desarrollo de la pesca en su Cambrils natal y en el crecimiento y transformación del barrio del puerto.

Gimbernat explicaba en su súplica que deseaba contribuir a todo el bien que puede regular a favor de sus vecinos, y compatricios. Si éstos podían hacerse a la mar, por tanto matriculados, significaba que antes acudirían a reforzar la marinería de la Armada y por tanto, ganaba la corona en tropas y la ciudad en futuros pescadores.

Los datos que ha investigado Otiña reflejan que esas primeras dos parejas de barcas motivaron un rápido crecimiento de la pesca de arrastre en la ciudad y una obligada transformación de un barrio demasiado vulnerable hasta entonces a corsarios y piratas del Mediterráneo.

La zona portuaria de la villa marinera tenía 40 matriculados en el año 1737; 87 en 1765; 119 en 1840. Durante el primer tercio del siglo XIX la población se asentó en la orilla del mar con 122 familias que representaban 511 personas, el 90% de la ciudad y su gran mayoría trabajando en relación a la pesca.

«Gimbernat cayó en desgracia en sus últimos años, pero merced a obtener la súplica real para la pesca de arrastre, logró transformar un sector que a día de hoy todavía es uno de los principales motores de la ciudad», concluye Pedro Otiña.

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