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Costa Entrevista

Rafa Pérez: «Viajar es la mejor escuela posible»

El fotoperiodista afincado en El Vendrell invita a reflexionar sobre la manera de visitar el planeta y, de momento, propone un paseo desde el sofá 

Gloria Aznar

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El fotoperiodista Rafa Pérez en el glaciar Pía, en la Patagonia chilena.

El fotoperiodista Rafa Pérez en el glaciar Pía, en la Patagonia chilena.

Rafa Pérez es un fotoperiodista que como él mismo manifiesta «intenta entender el mundo a través de los viajes». El confinamiento lo pilló en Estados Unidos, pero todavía pudo coger un avión de regreso a Tarragona. «Ahora tendría que estar en Chile», revela, aunque reconoce que «tampoco es una cosa que me esté costando porque cuando no estoy de viaje estoy acostumbrado a trabajar en casa». El asturiano residente en El Vendrell explica qué se puede hacer cuando la pandemia lo permita. Pero, de momento, invita a ver el mundo desde el sofá del salón (Instagram: @rafaperez).

¿Volveremos a viajar?
Sin duda. Eso sí, deberíamos reflexionar sobre nuestro modo de hacerlo. No podemos seguir viajando todos a los mismos sitios en los mismos meses. Tenemos que aprender a mirar el mundo con más curiosidad y dejar de verlo como el decorado para el selfie que publicaremos en Instagram. Por supuesto, tendremos que tomar las medidas sanitarias oportunas. Viajar es la mejor escuela posible. 

¿Qué lugares recomendaría visitar tras el confinamiento?
Dos destinos. El primero Patagonia, ya que en ningún otro lugar del mundo he sentido la ausencia de límites espaciales como allí. El viajero tiene la sensación de que Patagonia nunca se acaba. El segundo sería Bangkok, una ciudad bulliciosa, con mucha vida en la calle, puestos de comida por todas partes, calor. Una ciudad en la que volver a sentir el contacto con la gente, en la que volver a sentirnos vivos.

Para paisaje me quedo con Chile. De Marruecos, con su gente y en Tailandia se demuestra el valor de una sonrisa como comunicación

¿Cuál es el lugar más raro en el que ha estado?
Soy bastante mitómano y un poco fetichista. He hecho viajes siguiendo los pasos de pintores como Vermeer, Van Eyck o Klimt. He seguido a poetas como Neruda, a escritores como Pessoa, Pamuk o Kafka. Si lo que hablamos es de rarezas, podría nombrar la Cripta de los Capuchinos en Roma, decorada con huesos de los monjes y el mensaje ‘Éramos lo que sois y lo que somos seréis’. 

Marrakech, Marruecos. Foto: Rafa Pérez/cedida

¿Experiencias diferentes?
He dormido en un hotel de hielo en Noruega, me he bañado en la laguna que se forma en el interior del cráter de un volcán en la isla nicaragüense de Ometepe, he compartido un bollo de pan con el farero del Cabo de Hornos y he ascendido al glaciar del Chimborazo, en Ecuador, siguiendo a la última persona en el mundo que va a buscar bloques de hielo para venderlos en el mercado.

Un lugar para descubrir la antigüedad. Egipto no sirve.
Camboya y el conjunto arqueológico de Angkor. La mayoría de gente visita solo los tres recintos principales y a las mismas horas. Pero si se hace el itinerario al revés, se puede tener el privilegio de verlos con muy poca gente. Y si te vas alejando de Siem Reap, el núcleo habitado más cercano a esos tres recintos principales, puedes visitar verdaderas joyas de la arquitectura jemer en completa soledad. Otra recomendación sería el norte de Guatemala, el departamento de Petén, donde se pueden ver lugares arqueológicos mayas como Tikal, Yaxhá, Quiriguá o Uaxactún.

Mitomanía
También es posible seguir a pintores como Vermeer, Van Eyck y Klimt. O a poetas de la talla de Neruda y escritores como Pessoa, Pamuk o Kafka.

Un destino inolvidable por su gente.
Marruecos. Es un país al que he viajado más de una veintena de veces. La gente siempre me ha acogido de manera muy amable, en casi todos los viajes he acabado comiendo un buen cuscús o un tajine en casa de algún desconocido. Y de esos viajes han salido grandes amistades. En el otro lado del mundo me quedo con Tailandia, donde se demuestra el valor de una sonrisa como forma de comunicación. En la mayoría del país, especialmente cuando sales de Bangkok, nadie habla inglés, por lo que la sonrisa y el gesto son el único medio de entendimiento posible. Y en Tailandia no dejan nunca de sonreír.  

Kioto, Japón. Foto: Rafa Pérez/cedida

¿Costa Rica es pura vida?
Es mucho más. Costa Rica es, probablemente, el mejor destino para disfrutar de la fauna, que es muy variada y cercana. Puedes ver aves como el quetzal o los tucanes, reptiles tan curiosos como el basilisco, perezosos, monos, ranas de ojos rojos, tortugas, ballenas.  

Otro destino de naturaleza.
Para el paisaje me quedo con Chile. En sus más de 4.000 kilómetros de longitud (sin contar hasta el Polo Sur) cuenta con paisajes tan diversos como el desierto de Atacama, la Región de los Lagos, los glaciares y el Parque Nacional Torres del Paine, con algunas de las montañas más hermosas que he visto. 

Hay que mirar más al cielo, por ejemplo, desde el que nos llegan algunas de las cosas más impresionantes del planeta

¿Y gastronómico?
Se suele decir que en ningún lugar se come como en España. El que eso afirma es que ha viajado poco. Es cierto que nuestra gastronomía está entre las mejores del mundo, pero también la de Tailandia, Perú, Marruecos, la cocina cantonesa de Hong Kong con los dim sum o Japón, que es mucho más que sushi. El uso de especias, de diferentes técnicas de cocción o de ingredientes desconocidos para nosotros, hacen que la gastronomía de estos países sea tan deliciosa y variada como la nuestra.  

El Roque de los Muchachos, La Palma. Foto: Rafa Pérez/cedida

¿Qué ver antes de morir?
Más que ver, aprender a mirar más y mejor. A mirar más al cielo por ejemplo. Nuestro estilo de vida nos cobra un alto peaje: nos han robado las estrellas y del cielo nos llegan algunas de las cosas más impresionantes del planeta. Hay que viajar a La Palma, al Roque de los Muchachos que, tras el desierto de Atacama en Chile, es el mejor lugar del mundo para ver las estrellas. Cuando anochece tienes la sensación de que el cielo se te cae encima. Otro fenómeno que recomiendo es el de las auroras boreales en Noruega, Finlandia o Islandia. Es muy emocionante ver esas luces, con tanta carga simbólica para los samis, danzar en el cielo.

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