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Dune, la serie que quiso ser

Hacia el final de la nueva versión de “Dune”, el protagonista afirma con contundencia: “esto es solo el comienzo”. Y así es, o así debía ser.

Violeta Kovacsics

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“Dune” de Jodorowsky

“Dune” de Jodorowsky

La adaptación que el cineasta Denis Velleneuve ha hecho del clásico de ciencia ficción de Frank Herbert nacía con una clara vocación serial. Así, el “Dune” que ahora llena las salas de cine de paisajes arenosos y conspiraciones de aristócratas futuristas apenas es la primera parte, cuyo final invita a una segunda parte. La continuación, sin embargo, tendrá que esperar: la batalla entre Villeneuve y Warner, a raíz de la decisión de gran productora americana de estrenar la película tanto en cines como en HBO Max. Purista de las salas de cine, como Christopher Nolan, otro director entre el mainstream de altos vuelos y la mirada autoral, a Villeneuve no le sentó bien que su película, una exaltación visual, se pudiera ver directamente en formato doméstico. Y así, aquel “esto es solo el comienzo” ha quedado extrañamente en entredicho.

“Dune” de Villeneuve
“Dune” de Villeneuve

Pero el pulso serial de “Dune” no es exclusivo de su final abierto, sino que se desparrama por toda la película: las secuencias se van entrelazando, avanzan bajo el principio del gancho serial, se dan pie las unas a las otras, sobre todo aquellas que tienen que ver con las intrigas palaciegas. En el fondo, la historia de Paul y su familia, los Atreides; la conspiración del barón Harkonnen; y las creencias en el mesías de los Fremen ya estaban pensadas originariamente como una saga. No es extraño, en este sentido, que la nueva “Dune” con sus “casas” de familias nobles y sus oscuras intrigas, recuerde a “Juego de tronos”: seguramente, el universo de George R. R. Martin le debe mucho al de Herbert. A la vez, el “Dune” de Villeneuve le debe mucho a la narrativa serial de sagas televisivas como “Juego de tronos”. Se cierra así un círculo.

Villeneuve, de hecho, parece empeñado en adecuar las estéticas y narrativas del pasado a los nuevos tiempos. Hizo lo propio con “Blade Runner 2049”, en la que el impasible Ryan Gosling miraba a los ojos de un Harrison Ford que se aparecía como el fantasma del pasado cinematográfico. En “Dune”, se aparecen los recuerdos de la versión ochentera que dirigió un por entonces joven David Lynch. “Dune”, de hecho, ha pertenecido siempre al dominio de un cine radical: Lynch trasladó el planeta arenoso a su habitual territorio de lo extraño; y Alejandro Jodorowsky intentó sin éxito adaptar la novela de Herbert, con la idea de emular cinematográficamente los efectos del LSD. Para Lynch, aquella película supuso una disputa con el productor, el tycoon europeo De Laurentis. Para Jodorowsky, “Dune” quedó en el cajón de los proyectos fallidos y malditos, dando pie a un maravilloso documental, “Jodorowsky’s Dune”. Ante este panorama de cineastas de universos excéntricos, la película de Villeneuve es de una limpieza rotunda: con un dominio absoluto de los efectos digitales, el universo que retrata, tanto cuando se instala en los interiores palaciegos como cuando lo hace en el vasto desierto. Es más, ya en “Sicario” había probado sus capacidades para desplegar la fascinación a partir de espacios abiertos y áridos; y en “La llegada” supo crear un universo propio.

Las capacidades estéticas de Villeneuve resultan conmovedoras, especialmente, y de ahí su persistencia en creer en el lienzo enorme de la gran pantalla cinematográfica. En “Dune”, no solo traslada a la contemporaneidad la estética del planeta Arrakis. Si en el “Dune” de Lynch los personajes dominantes eran hombres blancos, Villeneuve insiste en acentuar la diversidad. Los Fremen todavía se presentan con ojos azulos, pero con facciones racializadas; y aunque el padre de Paul Atreides sigue jugando un rol importante y ciertamente buenista, la madre del héroe que crece para descubrir si acaso es el mesías del que tanto hablan cobra un peso especial. Encarnada por Rebecca Ferguson, su papel es quizá de los más ambiguos en una película que tiende a la simplicidad en el retrato de sus personajes. Su capacidad para el matiz, para la sutileza, para decir cuando calla, contrasta con la figura de Thimotée Chalamet, joven estrella del cine independiente. Este es su primer papel principal en una blockbuster. Aquí ya no está en el universo neurótico de Woody Allen, ni en el romanticismo veraniego de Luca Guadagnino; ni en los mundos femeninos de Greta Gerwig. Aquí su misión es la de aguantar el peso de un viaje mesiánico bajo el lienzo de los efectos especiales. Acostumbrado a encarnar una juventud sofisticada, no sabe trasladar ese don a un espacio tan peculiar como el del planeta Arrakis, acostumbrado quizá a los paisajes de Lombardía o de Nueva York. Para ser justos, sin embargo, cabe decir que tampoco Kyle MacLachlan, actor fetiche de Lynch, logró transmitir el viaje de un joven que comienza como un torpe aprendiz y termina como la gran promesa de Arrakis, un final por el que habrá que esperar a una incierta segunda parte.

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