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El cante jondo de los flamencos del Delta

Carlos de Hita registra el susurro de la vida salvaje en ‘El sonido de la naturaleza’, un recorrido sonoro con más de 70 códigos QR.

Gloria Aznar

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Flamenco. Ilustración de Francisco J. Hernández.

Flamenco. Ilustración de Francisco J. Hernández.

«Gruñen, gimen y borbotean, al tiempo que levantan el cuello y sacuden la cabeza, los picos, de un lado a otro, como banderas agitadas por el viento». Son los flamencos, habitantes de la Llacuna de la Tancada, en el Delta de l’Ebre, cerca del Trabucador «donde el mar, muy cercano, brama con fuerza».

Las voces de estas características aves resuenan junto a las de otros cientos de animales en El sonido de la naturaleza. Calendario sonoro de los paisajes de España, un volumen de Carlos de Hita, ilustrado por Francisco J. Hernández (Anaya Touring).

Cuenta De Hita cómo se fusiona con la naturaleza para registrar su palpitar, una vida de la que somos parte y no señores. Relata cómo es tolerado entre zorros y manadas de lobos, cómo los animales, sabios, no lo perciben como una amenaza. No lo es. «El camuflaje y el sigilo, la capacidad de esconderse, son fundamentales si se quiere observar la vida salvaje. Pero no hay nada comparable a la sensación de ser observado», escribe el autor.

De Hita es especialista en la grabación del paisaje sonoro y con El sonido de la naturaleza invita a abandonar el sofá y los bloques de cemento de la gran ciudad para adentrarse en el silencio ruidoso del campo, del bosque. Para los más reticentes, ya lo hace él por ellos a través de más de 70 códigos QR con los que el lector podrá realizar un recorrido inédito por los sonidos de los paisajes naturales de toda la península.

El gran concierto se expresa a través del aullido del lobo, del croar destemplado de los anfibios o de las canciones de las aves, el mugido del avetoro o el ulular de los búhos, todo ello en un viaje por las cuatro estaciones. 

Así, julio, en pleno verano, es tiempo de aprendizaje. «Pajarillos volantones, dependientes todavía de los padres, los jóvenes aprenden las bases de su idioma, las frases y modulaciones, el uso de las pausas: sus signos de identidad». Igual que ocurre con los humanos, «unos, memorizan una canción que repetirán toda la vida. Otros, los más viajeros, reciben una educación más libre, abierta a los acentos de los lugares que vayan conociendo».

Carlos de Hita con un lobo.

Como si nada aconteciera, agosto es el reino de los insectos y el zumbido de las moscas. Mientras, septiembre es el mes idóneo para observar a los flamencos en el Delta, el único lugar de Catalunya donde nidifican. Aunque «no están solos» en La Tancada, destaca De Hita.

Les acompañan «cientos, quizá miles de fochas, negras sobre el agua azulada, gaviotas reidoras, fumareles cariblancos y algunos ánades frisos. Y muchos patos azulones, de cabeza verde, nadando y parpando casi entre las patas rosas, entre la vegetación de la orilla». Sin embargo, pese a todos estos pobladores, «en esta esquina del Delta, sobre el paisaje sonoro, se imponen los hondos quejidos de los flamencos».

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