El ictus llega sin avisar

Reaccionar rápidamente a los síntomas contribuye a mejorar el pronóstico de recuperación

SÍLVIA FORNÓS

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El neurólogo Jordi González Menacho. FABIÁN ACIDRES

El neurólogo Jordi González Menacho. FABIÁN ACIDRES

El ictus afecta, cada año, a cerca de 15 millones de personas en todo el mundo. Por ello cada 29 de octubre se celebra el Día Mundial de la enfermedad con el objetivo de sensibilizar a la población en la prevención y el tratamiento. «El ictus es una enfermedad vascular del cerebro provocada por una lesión repentina de una artería o vena que irriga una zona en particular», describe Jordi González Menacho, neurólogo del Servicio de Neurología del Hospital Sant Joan de Reus, responsable de la atención de pacientes con ictus y profesor asociado de la Facultat de Medicina i Ciències de la Salut de la URV. Él mismo destaca que «estas lesiones se producen, en muchas ocasiones, como consecuencia de otra enfermedad y factores de riesgo, como hipertensión arterial, diabetes, colesterol, algunas enfermedades cardíacas, como la arritmia, tabaquismo y consumo regular de alcohol». Así, cuando una persona sufre un ictus, describe el especialista, «habitualmente buscamos cuál de estas enfermedades o factores de riesgo está detrás, es decir, de alguna forma el ictus es la consecuencia de otra enfermedad».

Asimismo, «el ictus afecta a la función neurológica de una parte del cuerpo, dando lugar a una pérdida de la movilidad, sensibilidad, problemas de visión, dificultades en la capacidad del habla, alteración de la conducta o de la conciencia, dependiendo del lugar del cerebro donde se produzca la lesión», afirma el neurólogo. También puede afectar a cualquier persona de cualquier edad. «Existen muchos factores de riesgo como tomar anticonceptivos y padecer migraña en la población femenina; o el consumo de sustancias estupefacientes entre los casos detectados en la población joven», señala el especialista.

Tipología

Existen dos grandes grupos de ictus: la isquemia y la hemorragia intracraneal. «En la isquemia, conocida también como infarto cerebral, se produce una oclusión de las arterias o venas, mientras que la hemorragia intracraneal es consecuencia de la rotura de la pared de las arterias dando lugar a un derrame de sangre en el tejido nervioso», detalla el neurólogo. «Asimismo, la intensidad y duración también son diferentes, por lo que el especialista asegura que «en el caso de la isquemia la artería, después de quedar taponada, puede quedar liberada espontáneamente en un período que puede ser muy breve, incluso minutos». En cambio, sigue explicando, «si el infarto cerebral se prolonga más de unas horas es probable que queden secuelas, y si la duración supera las seis-doce horas es presumible que permanezca una lesión en el cerebro». Todo ello, lleva al neurólogo a advertir que «a más intensidad y más duración de un ictus más difícil será la recuperación». A su vez, el ictus engloba dos conceptos que son contrapuestos entre sí, es decir, insuficiencia o abundancia de riego sanguíneo, por lo que los tratamientos también son opuestos. «El diagnóstico solo se puede distinguir mediante un escáner cerebral y los síntomas que se presenten dependerán de la zona del cerebro donde se detecte el ictus», afirma Jordi González.

Tratamientos

«En los años 90 se puso en marcha el tratamiento fibrinolítico por vía endovenosa que, siguiendo criterios restrictivos, tiene el efecto de deshacer el taponamiento en las arterias o venas, pero por contrapartida puede provocar un sangrado con mayor facilidad, ya que tiene el peligro de transformarse en una hemorragia». Asimismo, dice el especialista, «es más fácil que aparezca una hemorragia cuanto más tarde se administra el tratamiento, por lo que, salvo en casos concretos, no se aconseja hacerlo después de 4 horas y media». «Transcurrido este tiempo, el tratamiento aconsejable siempre que se cumplan determinadas condiciones es la trombectomía –rescate arterial– que «consiste en introducir un catéter por la arteria y acceder hasta las arterias del cerebro obstruidas y liberarlas. El procedimiento se puede llevar a cabo hasta las ocho horas de sufrir el ictus y se puede utilizar, de entrada, en aquellas personas que tienen contraindicadoa la fibrinólisis», afirma Jordi González.

Actuar a tiempo

A nivel estatal funciona el Código Ictus. «Es un circuito médico que da preferencia a esta emergencia médica para que el paciente sea atendido lo antes posible por un neurólogo, quien decidirá si es un candidato para alguno de los tratamientos, con la intención de disminuir las muertes y las personas discapacitadas a largo plazo», afirma el especialista.

Así, el sistema funciona como un embudo. «Queremos que todo el mundo pueda ser valorado por lo que las personas, ante la sospecha de ictus, deben dar aviso a alguno de los centros de referencia, que en la provincia de Tarragona es el Hospital Joan XXIII y en la zona sur el Hospital Verge de la Cinta de Tortosa. Lo ideal es llamar al 112 quien se pondrá en contacto con el equipo médico, que insistirá en saber cuándo han empezado los síntomas y poder trasladar al paciente inmediatamente al hospital. El equipo médico está entrenado para atender, explorar, hablar con la familia, hacer el TAC y prescribir la medicación en un tiempo menor a 25 minutos», asegura.

El hándicap es que todavía hay pacientes que no comunican a tiempo los síntomas. «Es muy importante que la gente llegue al hospital lo antes posible», recalca Jordi González. De las secuelas, dice que «hay pacientes en los que el proceso es lo suficientemente benigno que desaparece sin más, lo que se conoce como accidente isquémico transitorio, y otras personas quedan con mínimas secuelas, mientras que otras pueden morir directamente por el propio ictus o por las complicaciones de la enfermedad».

En cuanto a la recuperación, comenta el neurólogo, «si se trabaja insistentemente hay personas que pasados tres años del ictus continúan mejorando». Así, se muestra partidario de dedicar los mismos esfuerzos a que los pacientes lleguen al hospital como los recursos necesarios a la recuperación, ya que, en última instancia, después de lograr que sobreviva el paciente, se busca recuperar la calidad de vida y la autonomía, para que su vida siga siendo lo más parecida a antes del ictus».

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