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Pinceladas de acuarela

Pintora y profesora de música, Lala Aloguín expone en el Tinglado 1 ‘Quan l’aigua i el color dibuixen’ 

Gloria Aznar

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La tarraconense Lala Aloguín, en la galería. Foto: Fabián Acidres

La tarraconense Lala Aloguín, en la galería. Foto: Fabián Acidres

«Hay muchos músicos que son buenos dibujantes y pintores porque existe una asociación entre el color, la masa, el volumen, la línea, la forma y el ritmo. Por ejemplo, la línea sería la melodía y la textura de la pintura, la armonía», señala Lala Aloguín. Ambas disciplinas van de la mano en la trayectoria artística de esta tarraconense, que creció entre pinceles y colores, pero también entre instrumentos y composiciones. 

Pintora y profesora de música, Aloguín expone hasta el próximo domingo en el Tinglado 1 del Moll de Costa Quan l’aigua i el color dibuixen, una pincelada en acuarela de su extensa obra, en una muestra que rinde homenaje al cuarteto de cuerda. «Primero está el sonido de la naturaleza, después la voz humana y en tercer lugar el cuarteto de cuerda, que me parece sublime y del que Beethoven dijo que era una conversación entre personas sensatas», apunta. Una aseveración, la del músico alemán, que preside una de las paredes del Tinglado.

Más de un centenar de obras conforman la muestra de la tarraconense.

Frutas y verduras; el perro, el mejor amigo del hombre; oficios y trabajos; Nueva York vs Tarragona; la moda o el mar son algunas de las temáticas que recorren la galería con vistas al mar, ese catalizador y fuente de inspiración. Así, el visitante contemplará pinturas de parasoles coronando la arena o de las inmejorables vistas desde el Pretori romano.

Foto: Pere Ferré

«Tengo sal en las venas», dice. «Mi abuelo vino a Tarragona y compró la casa del número 3 de la plaça dels Carros. Allí nacimos y vivíamos mis abuelos, nosotros y mi tía. Todos. Cuando subía al terrado, veía el mar, hasta la punta del Miracle y pintaba. Era un juego de colores. Y las noches de tormenta, su rumor nos acompañaba hasta la cama. Una maravilla», cuenta la artista, quien siempre ha estado relacionada con el Mediterráneo entre la playa, el Club Nàutic y patines catalanes. «Entonces no había muchas más cosas. Podías pasear por el puerto, el paseo arqueológico, la Rambla o ir hasta la Catedral».

Justamente el templo cristiano o el anfiteatro romano son dos de los exponentes de esta muestra en la que ha querido reflejar su ciudad natal, de la que  escribe: «Nuestra Tarragona reverbera por su propia claridad», en referencia a esa luz que cautiva a tantos artistas. También a ella.

Foto: Pere Ferré

Chapotear con el agua
La acuarela es el vehículo de expresión de Lala, esa misma que «introdujo en España el insigne pintor reusense Marià Fortuny», como revela. El motivo de la elección, como en tantas ocasiones, no fue buscado. «Una no se plantea si será fácil o difícil lo que se propone hacer, su trabajo o sus pasiones. Cuando eres pequeña te regalan acuarelas y chapoteas con el agua».

Después también quiso probar el óleo, aunque su olor y las manchas que deja la hicieron desistir. Así las cosas, todos aquellos que se acerquen hasta Quan l’aigua i el color dibuixen transitarán por entre más de un centenar de piezas en las que Lala juega con las percepciones, con la transparencia de los colores y la textura del papel. Un paseo entre formas dinámicas que se desvanecen. Obras en de las que se vislumbra el trazo espontáneo de la artista y, en ocasiones, el esbozo, el dibujo bajo los llamativos tonos.  

Foto: Pere Ferré

Como no podía ser de otra manera, entre los cuadros hay referencias a la música, así como una serie de retratos. La muestra es también una reacción al mal gusto y en pos de una elegancia, quizá de otro tiempo. «Dedico un panel a las señoras porque echo de menos la moda de cuando era niña, aunque ahora hay una alta costura maravillosa», defiende. En sus cuadros todas ellas poseen color y una flor, pero carecen de rostro. Y en este sentido, Lala aclara que «muchas no tienen cara porque no me interesaba tanto como los trajes, los vestidos».

Y finalmente, las flores, tan recurrentes, que son un canto a su madre. «Todas estas señoras llevan un clavel granate o una rosa y esto se debe a que mi madre era muy aficionada a las flores. En el balcón tenía unos claveles que olían muy bien y a veces, desde la calle, le pedían algún esqueje. Y con esta anécdota, que muy posiblemente ocurrió en un par de ocasiones, a mí me da la impresión de que mi madre tiraba claveles desde el balcón», comenta. Son los caprichos de la memoria.

Foto: Pere Ferré

Y si su madre la incitaba a pintar, fue su padre quien le enseñó la perspectiva, a partir de unas carabelas dibujadas por ella misma. «Y lo hizo con el semanario ‘Destino’ y un anuncio de ropa interior de caballero», rememora. «La infancia, tan importante para todos», exclama Lala. En su caso, comenta que creció en un hogar apasionado del arte. «La cultura era muy importante. Nos llevaban a conciertos y a todas las exposiciones».

La muestra se puede visitar de martes a sábado (de 10 a 13h y de 17 a 20h); y los domingos y festivos (de 11 a 14 horas).

De tal manera que en la festividad de reyes siempre recibía pinturas o un xilófono, un tambor, una armónica... Se inició así un camino que ha sido paralelo y complementario durante toda su vida. «Yo quería ser Sorolla, pero cuando me di cuenta de que no iba a poder ser, pues se trataba de ser Chopin», afirma divertida. «También me interesaba ordenar sonidos en el tiempo. Quería descubrir cómo conseguían los compositores transmitir la tristeza, la alegría o la súplica. Quería conocer las notas, por lo que leía las partituras en el salón de mis abuelos. No se podía entrar y lo hacía a escondidas, pasaba ratos entre aquellos libros antiguos», evoca. Al final tuvo que decidirse por una disciplina, aunque en ningún caso fue excluyente.

Quan l’aigua i el color dibuixen se puede visitar hasta el próximo domingo en horario de martes a sábado (de 10 a 13 horas y de 17 a 20 horas); y domingos y festivos (de 11 a 14 horas). 
 

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