Cultura

De ruta por La Mussara

Paquita Ferran asegura ser la última persona viva que llegó a residir en el antiguo pueblo de La Mussara. Vivió en el despoblado los suficientes años como para atesorar un sinfín de recuerdos que comparte

Paquita Ferran en la actualidad.

Paquita Ferran en la actualidad.Santi Garcia

Santi García

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Paquita Ferran asegura ser la última persona viva que llegó a residir en el antiguo pueblo de La Mussara. Aunque no nació allí, pues su cuna fue el Mas de Mariner de Vilaplana, vivió en el despoblado los suficientes años como para atesorar un sinfín de recuerdos que comparte con generosidad. A través de sus vivencias, esta vilaplanenca de 85 años nos abre una ventana a una faceta olvidada de La Mussara: la del día a día en un lugar al que nunca llegaron ni la electricidad ni el agua corriente. Esta semana, nuestra ruta nos lleva al corazón de La Mussara de la mano de Paquita Ferran y de Josep Magrané, el penúltimo niño que nació en la localidad, allá por los años cincuenta.

Cal Ferrer, la casa natal

La casa en la que vivió Paquita Ferran se encuentra en el núcleo de población de La Mussara, donde un grupo de viviendas orbitaba la iglesia de Sant Salvador y la bassa, dos de los elementos más reconocibles del conjunto. Cal Ferrer, sin embargo, era el inmueble más alejado. En palabras de Ramon Amigó en Onomàstica de l’antic terme de la Mussara, era «la casa més allunyada al nord-est […]. És la primera que es troba pujant pel camí de les Tosques. En el darrer temps, coneguda per cal Veuetes». Quien la busque no la encontrará: sus piedras sirvieron a la construcción del actual refugio excursionista, inaugurado en el año 1989 con ánimo de reemplazar al malogrado Xalet de Les Airasses. La ocasión sirvió de reencuentro de los mussarencs. Así describía el evento Josep Estivill, natural de La Mussara en El Francolí: «és fàcil imaginar l’alegria que sentíem de trobar-nos tots junts allí. Abraçades i besades amb irreprimibles esclats de joia, tant pel retrobament en sí, com pel goig de veure que al poble hi torna a ressurgir una guspira de vida».

Paquita Ferran y su hermana, paseando por el núcleo de población, junto a un niño.

Paquita Ferran y su hermana, paseando por el núcleo de población, junto a un niño.Foto: Josep Prunera Sed— / Fototeca Municipal, Reus

La vida en La Mussara

Paquita recuerda cómo era la vida en La Mussara, donde vivió junto a sus padres, Ramon Ferran y Serafina Olivé, y su hermana Teresa hasta la adolescencia. Como la electricidad nunca llegó a la localidad, la jornada se organizaba siguiendo las horas de sol. Al caer la tarde, tocaba cenar y reunirse alrededor del foc a terra. A la hora de dormir se recogían en las habitaciones, situadas en ese mismo piso, con las piedras que habían calentado en las llamas para mitigar el frío. Un frío que ya se temía con los primeros copos de nieve y que, cuando esta llegaba, debía de sentirse con especial crudeza, como a continuación nos recordará una mussarenca nacida en cal Cintet.

Aunque hoy la nieve es una rareza en el Baix Camp —como bien demuestran las colas que se forman cuando la montaña aparece cubierta, de manera excepcional, por una fina capa blanca—, en el pasado era muy distinto. Emilia Estivill, de ca l’Estudiant, madre de Josefina y Josep Magrané, dos de los últimos niños nacidos en la localidad, recordaba en un programa de radio de 1999 cómo la nieve llegaba a colarse por las rendijas de las ventanas. En una ocasión, contaba, nevó tanto que quedaron atrapados dentro de casa. Finalmente lograron salir por una de las ventanas con ayuda de los vecinos y, una vez fuera, se pusieron a retirar la nieve a golpe de pala: una escena más propia del Pirineo que del Baix Camp.

La familia de Paquita Ferran Olivé.

La familia de Paquita Ferran Olivé.Paquita Ferran

Un sinfín de motes

En este pueblo situado a 980 metros sobre el nivel del mar, tan lejos como cerca de Reus por culpa del desnivel, proliferaban los renoms, o apodos. Algunos de los más conocidos eran el Veuetes, de Ramon Ferran Poblet, el Cassoles, de Salvador Cavallé Abelló, o Joan Maletines, de Joan Magrané Juanpere. Se desconoce el origen de muchos de estos motes, que en ocasiones eclipsaban el nombre real de la persona. Es probable que solo los mussarencs ya desaparecidos supieran descifrar su significado. Si con ellos se perdió una parte de la memoria del pueblo, ¿qué caerá en el olvido cuando se marchen Paquita Ferran o Josep Magrané? Cada nombre que escribimos, cada historia que reconstruimos y cada recuerdo sobre el que los vecinos del Camp de Tarragona arrojamos luz es una forma de alargar la presencia de los hijos de La Mussara.

La herencia invisible

Quienes visitan La Mussara suelen sentirse fascinados por los vestigios de un despoblado que da rienda suelta a la imaginación. En la memoria de Ferran y Magrané, sin embargo, La Mussara cobra vida: no como un lugar abandonado, y mucho menos como un pueblo de ultratumba, sino como una puerta abierta al pasado inmaterial del Baix Camp. Mientras alguien recuerde los nombres de los vecinos, mientras alguien valore la fidelidad que demostraron viviendo en esta suerte de atalaya de la que tanto se podría escribir, La Mussara seguirá viva.

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