Caballero Bonald: desaprenderse hasta el final

El Premio Cervantes, polifacético representante de la Generación del 50, falleció en su casa de Madrid a los 94 años

| Actualizado a 29 mayo 2021 06:25
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Hace pocos días, en Madrid, le entró a José Manuel Caballero Bonald, o Pepe para sus amigos, el apetito de morirse. Estaba en su casa de Madrid, padecía un cáncer de piel, pero nadie reparaba en su edad ni en la enfermedad porque el poeta jerezano formaba todo el buen paisaje de este género y parecía que sería eternamente insumiso también con la muerte. Pero hasta aquí llegó. El hombre que entendió la existencia como un pulso con esa palabra precisa que ensancha el mundo, dejo de empujar para su lado, y la palabra, ahora sí, ganó para siempre. Se murió el poeta que solo con su nombre hacía poesía. No importaba si ya no escribía, tampoco quizá que se le haya leído mucho o poco: la poesía necesitaba que estuviera vivo, que siguiera vigilante, festivo como él sabía celebrar un día de sol en una sobremesa. La muerte de Caballero Bonald es el final de un amante de la vida por encima de la poesía, como apuntó antes Vicente Aleixandre, y es que para el poeta madrileño la poesía era un el viejo arte de lanzar la memoria a un futuro misericordioso. 

A pesar de ganar los premios más importantes, incluido el Cervantes en 2012 –del que dijo con toda su chulería gaditana que es que era su turno–, el autor vivió en los márgenes más pacientes de la literatura. No impuso su voz, sino que propuso su poema con una voz que ocupaba todo el espacio sin robar sitio a nadie. 

No importaba si ya no escribía, tampoco quizá que se le haya leído mucho o poco: la poesía necesitaba que estuviera vivo, que siguiera vigilante, festivo como solo él sabía celebrar un día de sol en una sobremesa

Entregó en el año 2015 su último libro de poemas, Desaprendizajes (Seix Barral), desde el que rendía homenaje a su pasado, a esa tradición que impulsó su libertad y su compromiso. El libro recoge poemas en prosa que no son, a pesar de todo, una colección de sentencias firmes, ni de hartazgos, ni de puñetazos en la mesa, sino más bien un minucioso ajuste de cuentas levantado con precisión desde el conflicto del poeta con la seguridad de la historia, y contra la realidad bananera de aquellos días, que son nuestros días. «Imposible volver al punto de partida, imposible seguir hasta el final», escribió, y sí que continuó hasta ese límite, que más que final aguarda nacimiento. Ahora que no está, quizá reparemos con más cuidado en esta poesía de corte simbolista, como la de aquellos franceses a los que tanto siguió en la poesía y en la bebida, y de los que precisamente aprendió a desaprenderse y a vivir en armonía con esa duda que protege de fundamentalismos.

Entregó en el año 2015 su último libro de poemas, Desaprendizajes (Seix Barral), desde el que rendía homenaje a su pasado, a esa tradición que impulsó su libertad y su compromiso

Ya en un libro anterior, La noche no tiene paredes (2009), incluía un poema titulado «Desaprendizaje», donde se preguntaba: «¿Qué zona / es la más vana, más baldía / de todas las que ocupan los espacios / nocturnos del no tiempo?». O en otro texto del mismo libro donde reconoce ese devenir de la duda, esa vía ágil a la espesura del conocimiento: «Cada vez me visitan más preguntas». Seguramente su obra no hubiera alcanzado la absoluta plenitud de no ser por ese rechazo a la conformidad, a los trucos de viejo maestro. Incluso antes, en Manual de Infractores (2005), ya apuntaba hacia estas dudas arquitectas: «¿Sólo podrá alcanzar a ser creído / quien descrea de todas las verdades?». Es su caso. La labor del poeta puede que no sea otra que entender la poesía como «la réplica / a ese interrogante / que ha quedado aún sin contestar». Y es ese interrogante el bastón para que el camino se confirme como camino, y no como ruta guiada, para así ignorar lo que se sabe (necesariamente poco) para recuperar esa «constancia prenatal de la sabiduría» que lo elevó como uno de los imprescindibles de nuestra literatura.

Defendió la poesía como una mezcla de música y de matemáticas, de rigor y entusiasmo. Desde esa ambivalencia vivió su aventura poética y su propia vida, entre la música cercana de los gaznates de Cádiz y las ciencias más rigurosas que ofrecen el amor y la noche. Fue padre, esposo, poeta. Fue un hombre que miraba al mundo con estremecimiento y asombro. Un clásico y un moderno que, por mucho que se mudara de casa, siempre ha estado en el mismo lugar, en esa sombra de la palabra desde la que su principio y final coinciden. 

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