Escritores muertos que siguen hablando

El placer de leer entrevistas profundas a escritores brillantes

25 junio 2021 18:59 | Actualizado a 26 junio 2021 19:40
Se lee en minutos
Participa:
Para guardar el artículo tienes que navegar logueado/a. Puedes iniciar sesión en este enlace.
Comparte en:

Durante varios meses, publiqué en estas mismas páginas una serie de conversaciones entre autores que admiro. Gil de Biedma con Szymborska,  Clarice Lispector y Bioy Casares, etc. El juego era poner a conversar a escritores muertos que, en vida, quizás no habían tenido la oportunidad de hablar en entre ellos, ya fuera por vivir en épocas o contextos distintos, o por falta de interés en el otro. El procedimiento consistía en extraer declaraciones registradas en entrevistas, diarios o artículos y ponerlas en diálogo unas con otras. El resultado eran conversaciones brillantes sobre la escritura. Eran ficticias, pero “reales” al mismo tiempo. Eran póstumas, pero estaban muy vivas.

En una nueva vuelta de tuerca al género de la entrevista literaria, se edita en España Entrevistas de ultratumba (Libros del Kultrum), una serie de conversaciones entre autores vivos y autores muertos. En este caso el procedimiento aumenta las dosis de ficción y las más exitosas son aquellas en las el autor vivo lleva al límite ese improbable encuentro con el muerto. Un Geoff Dyer puesto hasta las cejas entrevista a Friedrich Nietzsche y le suelta perlas como ésta: ¡Enhorabuena! A todos los efectos te has convertido en el gran hermano de la influencia filosófica perdurable. Dyer juega con los conceptos filosóficos de Nietzsche y consigue que éste confiese que “lo que más me perturbaba del eterno retorno era la posibilidad de reencontrarme con mi hermana”. Es un combate desigual. Dyer suple sus carencias con la ventaja de campo que da entrevistar desde el futuro. “¿Piensas que de algún modo, con todas esas cosas que escribiste sobre Dioniso y tanto bailoteo alrededor del fuego... crees que anticipaste de algún modo el festival Burning Man?” 

El que parece estar sorprendentemente sobrio es el escritor mexicano Carlos Velázquez, que entrevista al añorado escritor argentino Rodolfo Fogwill. Su estrategia consiste en hacerle decir a Fogwill verdades que muchos pensamos y casi nadie se atreve a publicar para ahorrarse polémicas y/o demandas. Estamos de acuerdo: un libro póstumo debe ser un hallazgo, no una carga. El caso Bolaño confirma lo que predijo Fogwill: “Un día las editoriales se desharán de los autores”. Velázquez opina que en la historia del archivo Bolaño hay de todo: traición, dinero, infidelidad, menos buena literatura. La cagó en no destruir su archivo. Fogwill, en cambio, se decanta por “dejarles algo a las viudas y a los hijos”. 

Mi preferida es la de Michel Faber a Marcel Duchamp, que confirma nuevamente que su legado e ideas no es que sigan vigentes, es que son el pivote sobre el que giran muchos de los debates del arte contemporáneo, más de cien años después. “Los artistas de hoy son unos adictos a la crítica Ha dejado de importarles lo que ocurre o deja de ocurrir cuando una persona se planta delante de sus obras. Solo ansían las reseñas”. Por Duchamp nos enteramos que todo el “puñetero” cielo está decorado con Rothkos, lo cuál hace que le entren ganas de quitarse la vida, aún estando muerto. Su última genialidad es escoger a Jack Vettriano como el artista moderno de quién coleccionaría su obra. Ante el pasmo de su entrevistador, Duchamp lo justifica porque los personajes de sus cuadros saben vestir. 
Entrevistas de ultratumba es un artefacto explosivo que bien podría encontrar su lugar en la biblioteca al lado o entre los dos tomos de The Paris Review (Entrevistas). Publicado por Acantilado, los dos volúmenes son tanto un inagotable taller literario como un perfil desviado de algunos de los escritores más relevantes del siglo XX. 

Sorprende, en muchos casos, la agresividad del periodista, a la que ciertos autores responden con desdén o mayor descaro. Así, Hemingway boxea con Plimpton y le suelta crochets a la mandíbula: “el autor escribe para ser leído, y cualquier explicación o disertación debería ser innecesaria. No le quepa la menor duda de que en un libro siempre hay mucho más de lo que se capta en una primera lectura y, como creador, el escritor no tiene por qué explicar nada o andar ofreciendo visitas guiadas por los parajes más complejos de un texto”. 
En otros casos, la conversación parece fluir con placidez, como si ambos disfrutaran del intercambio. Es el caso de Joan Didion respondiéndole a Linda Kuehl. Dice Didion: El escritor siempre está intentando engañar al lector para que escuche su sueño. Dice Didion: Las mujeres dejan que los hombre se suiciden. Dice Didion: Para mí escribir cualquier cosa es como caminar por la cuerda floja. 

Para los que vieron la floja serie sobre los Durrell les recomiendo la entrevista a Lawrence. La manera cómo Gene Andrewski y Julian Mitchell lo presentan es de traca: “Lawrence Durrell es bajito pero en absoluto pequeño. Va vestido con tejanos, camisa escocesa, chaqueta de marino; tiene el aspecto del dirigente de algún sindicato menor que hubiera logrado fugarse con los fondos”. Durrell explica  por qué tuvo que alejarse de su Inglaterra natal para hacerse escritor. Durrell no soportaba el modo de vida inglés, siempre preocupado por la perfección o la ruina moral. En cambio, en Francia o Grecia uno se siente como un buen o mal queso. “La actitud hacia el arte de un francés es la actitud de lo que es viable, comestible, por decirlo así. Es algo perfectamente arraigado en la tierra, terre à terre”. Durrell también regala una definición de artista como “alguien que excava, desentierra y profundiza en partes de la experiencia accesibles a cualquiera, pero él las exhibe como un espantapájaros para mostrar lo que es posible hacer con ellas”. 

Termino con la indomable Dorothy Parker, a quién es imposible no querer: “Nadie es capaz de escribir con tanta ironía sin tener un profundo sentido de la injusticia; la injusticia que sufren aquellos miembros de la especie que son víctimas de la estupidez, las pretensiones y la hipocresía”.

Comentarios
Multimedia Diari