Aniversario
The New Yorker: 100 años de periodismo de calidad
La emblemática revista semanal empieza este año un nuevo siglo de vida con sus reportajes de investigación y sus distintivas viñetas humorísticas

Primera portada de la revista.
«Nueva York años 20. Época del jazz y del béisbol, con más de 30.000 bares ilegales. Entonces llegó Harold Wallace Ross. Fumador empedernido y con gran talento para lo malsonante, se juntó con una pandilla de escritores y humoristas precarios que se reunían todos los días en el hotel Algonquin para empinar el codo y charlar entre broma y broma. Todo lo que me gusta hacer es inmoral, ilegal o engorda soltó uno de sus compañeros. Y ahí fue donde Ross y su mujer, Jane Grant, concibieron un nuevo tipo de revista de humor. Según contaban, sería un semanario para la gente sofisticada de Manhattan. No para las ancianitas de Iowa». Era el nacimiento de la revista The New Yorker, en febrero de 1925 que, durante los cien años siguientes construyó un «relato de supervivencia, resistencia férrea, cambios audaces y algunos de los reportajes, relatos y viñetas más influyentes del siglo». Son palabras del documental que Netflix estrenó a finales del año pasado, dirigido por el cineasta ganador del Oscar Marshall Curry, sobre la revista semanal estadounidense que este 2026 empieza nuevo siglo de vida.
Durante las dos primeras décadas, The New Yorker se convirtió en la exitosa revista humorística y literaria con la que había soñado su editor fundador. Desde su deslustrada oficina de la 43 publicaba ensayos con chispa e ironía, viñetas arriesgadas y pícaras. Su mascota, Eustace Tilley, el dandy mirando una mariposa a través de un monóculo, –dibujada por Rea Irvin, la primera editora de arte– se convirtió en un emblema de su estilo: sofisticado, pero siempre dispuesto a burlarse de las convenciones.

Primera portada de la revista. Eustace Tilley, el dandy mirando una mariposa a través de un monóculo.
Sin embargo, todo cambió con la Segunda Guerra Mundial. Tras el bombardeo de Hiroshima el gobierno de Estados unidos prohibió la publicación de cualquier fotografía que mostrase el sufrimiento de la población civil. Sus ciudadanos apenas sabían nada de lo que padecía la gente. Por aquel entonces, la mayoría de artículos hablaban sobre la potencia de la bomba. Pero el joven periodista John Hersey sospechaba que existía una historia que debía contarse.
Hersey se desplazó a Japón y entretejió las historias de seis personas que estuvieron allí el día señalado. A las 8.15 exactas de la mañana... El artículo, escrito con el drama de una historia ficticia, revolucionó el periodismo. Era largo, de 30.000 palabras, por lo que tanto Ross, como William Shawn, el editor general, decidieron dedicar el número entero a esa única pieza. Nada de viñetas, ni ensayos ingeniosos. Era agosto de 1946. La revista se agotó en cuestión de horas y se leyó en directo en las radios, sin pausas publicitarias. Albert Einstein pidió mil ejemplares reimpresos para enviárselos a reputados científicos. A partir de entonces cambió radicalmente la imagen de las armas nucleares y The New Yorker pasó de ser una revista de humor ligero a un ente periodístico de talla mundial, que no abandonó jamás.

Portada tras el atentado contra las Torres Gemelas.
De la guerra a la justicia social
Tras Hiroshima llegaron otros. William Shawn asumió el cargo de editor en 1952. Conocido como «el ratón de hierro», fue un editor valiente que desafió las normas y promovió el periodismo de investigación que se enfrentaba a los poderosos. Un ejemplo fue la publicación, en 1962, de Primavera silenciosa, en formato libro, de la bióloga Rachel Carson, que expuso los peligros del insecticida DDT y su impacto en la vida silvestre. La revista sufrió ataques y amenazas de las empresas químicas y Carson defendió su trabajo ante el Congreso. Pese a todo, Shawn se negó a recular. A raíz de su publicación, se aprobó en Estados Unidos la Ley de aire limpio y la de agua limpia. Y «nació el movimiento ecologista moderno», como recuerdan en el documental.
El artículo sobre Hiroshima, de Hersey, cambió la imagen de la revista
Otro de los hitos en la historia de la revista tuvo lugar en la década de los 60, coincidiendo con el movimiento por los derechos civiles en el país. El editor le pidió al joven novelista y dramaturgo James Baldwin un artículo para la revista, petición a la que respondió con uno de los ensayos más poderosos sobre la raza en Estados Unidos, enfrentándose directamente a los lectores blancos de The New Yorker con su visión cruda de la brutalidad contra los afroamericanos. El artículo catapultaría a Baldwin a la fama y se convertiría en un texto fundamental para la lucha por la justicia racial, que puso los cimientos de su libro La próxima vez el fuego.
A fines de los años 80, The New Yorker enfrentó un periodo de dificultades financieras. La llegada de Tina Brown como editora, desde Vanity Fair, en 1992, marcó un cambio radical. Con una visión audaz, Brown la renovó, dando más importancia a las fotografías y con portadas más arriesgadas. Publicó números dedicados al cine y a la moda, pero también masacres cometidas en El Salvador por tropas entrenadas por Estados Unidos. «Nuestro trabajo es hacer que lo atractivo sea serio y que lo serio sea atractivo», manifestó. Entre otros fichajes, reclutó a David Remnick, su actual editor, quien ha consolidado The New Yorker como un líder en el periodismo de calidad.
David Remnick, editor actual: «A The New Yorker le irá bien durante siglos»
Algunos lo han llamado el Michael Jordan del periodismo. Empezó como redactor en plantilla en The Washington Post, para quienes más adelante hizo de corresponsal en Rusia. El ganador del Pulitzer por La tumba de Lenin: Los últimos días de la Unión Soviética, está seguro de que «The New Yorker es un milagro. Una semana publica un perfil de 15.000 palabras sobre un músico o una crónica de 9.000 palabras del sur del Líbano con humor gráfico intercalado. Y nunca ponemos fotos en la portada, ni bikinis, ni estrellas de cine y aun así triunfamos. Que esta revista exista y le vaya tan bien, y quiero subrayar que le irá bien durante dos o tres siglos, es increíble».