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    Tíbet, el viaje imposible

    Tres meses de viaje por el Tíbet en 2018 en plena represión china

    10 julio 2022 12:14 | Actualizado a 10 julio 2022 18:09
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    Haciendo base en Litang, se podía acceder a las extraordinarias ciudades monásticas de la antigua región de Kham (hoy Garzé) y que hoy son de acceso prohibido a extranjeros. Resultaba temerario fotografiar la destrucción masiva por parte del ejército chino. Pero el destino me deparó cruzarme con un loco japonés que iba en moto. A medio camino entre el miedo y la curiosidad, sorteamos, por la noche y campo a través, todo tipo de checkpoints. No es recomendable hacerlo; pero a estas alturas de mi larga expedición himalaya, estaba dispuesto a todo.

    Larung Gar era una enorme ciudad monástica, donde habitaban más de 10.000 monjes, con la peculiaridad de vivir en unas precarias casitas de madera en tonos rojizos, que ocupan totalmente las laderas de las montañas circundantes.

    Es un enclave espectacular. Jamás vi nada igual. Enormes monasterios que rigen las normas de convivencia sobresalían del amasijo urbano.

    Resulta fácil perderse en esta santa ciudad, repleta de monjes, arriba y abajo. Cada rincón, cada detalle, me transportaba al Tíbet más puro y original.

    Vimos ceremonias extraordinarias, procesiones muy solemnes, y también como las excavadoras efectuaban la demolición de barrios enteros. Desde junio de 2016 el gobierno chino ordenó la expulsión de más de 5.000 monjes del monasterio y la demolición de la mitad de sus edificios, con el pretexto de buscar reducir su población y mejorar las condiciones de salud y la seguridad en el lugar.

    La destrucción será total si las autoridades locales no cooperan. Ha habido suicidios, matanzas y desplazamiento masivo de monjes a otras zonas.

    Es una pérdida patrimonial irreparable, que no atiende a ninguna razón.

    Aún con el miedo en el cuerpo, viajamos toda la noche de vuelta al mundo permitido.

    Yarchen Gar

    Sentado en el café de un pequeño pueblo perdido en medio de la nada, unos viajeros chinos me mostraron unas fotos de una fantástica ciudad circular en el meandro de un río, Yarchen Gar.

    La mera visión de la fotografía me impulsó a conocer esa ciudad. Me pareció algo así como volver a las exploraciones del siglo pasado, un sueño irreal. Busqué y busqué, pero no había ninguna información. Era una joya viajera, ajena al turismo de masas, el Cielo en la Tierra. Costaba una eternidad llegar y los caminos eran peligrosos. Nieve y derrumbes, tiempo y dinero, cansancio y aislamiento, alejaban cualquier tentación de acercarse. Estaba completamente fuera de ruta.

    Un viejo gruñón que cargaba provisiones para repartir en las aldeas me dijo que, por 50 dólares, me llevaba, pero me advirtió que estaba lejos y era muy duro. Ni me lo pensé y tiré mi polvorienta mochila sobre la vaca del destartalado cacharro.

    Yarchen Gar es una enorme ciudad monástica de tradición Nyingma, que se encuentra en un valle aislado a 4.000 metros de altura y de muy difícil acceso. Se cree es la mayor concentración de monjas o ‘sanghas’ del mundo, ya que hay unas 10.000.

    Se accede por la parte más alta del valle, y la mera visión del lugar te deja sin aliento. Es una isla en forma de hoja de Bodhi, en medio de un enorme meandro de un río y se respira un aire religioso absoluto.

    Desde la ladera, es como un cuartel de monjas donde las chozas de tamaño reducido construidas con piedras, tierras, ramas, hierbas y láminas de plástico están en un estado ruinoso. No tienen ni un metro de altura y, aparte de las colchonetas, prácticamente no hay nada dentro.

    Algunas monjas logran cavar huecos en el suelo, los cubren con láminas de plástico y lo usan como salas de retiro. Estos habitáculos están expuestos a los vientos fríos del invierno y la nieve, y no tienen servicios básicos. Cada mañana, un reguero de novicias se bañan al aire libre al lado del río, a una temperatura insoportable.

    Me alojé en una de estas cabinas de madera, donde sólo cabíamos mi mochila y yo. Experimenté un aislamiento absoluto en una atmósfera budista, sin tener miedo a las condiciones adversas. Creo que el esfuerzo valió la pena. Hoy también está prohibido ir.

    ‘Entierros en el cielo’

    Un monje anciano, empuñando una vela, apareció desde la oscuridad en el cuarto comunal donde dormíamos. Parecía un ser monstruoso venido de las tinieblas, señalando que los rituales nocturnos habían finalizado y los dos cadáveres estaban listos para volver a la naturaleza.

    Yarchen Gar está en un valle aislado a 4.000 metros de altura. Su mera visión te deja sin aliento

    Era muy temprano y apenas los rayos del sol despuntaban en el horizonte. Me asomé a la ventana y solo vislumbré unas sombras sin identidad moverse por el patio del monasterio. Seguimos a una comitiva de destartalados vehículos por unas pistas de tierra heladas por la escarcha. Llegamos al lugar señalado, donde se habían encendido algunas hogueras. Hacía un frío espantoso. Contemplaba las laderas de las montañas donde miles de banderas multicolor al viento se mezclaban con grupos amenazadores de buitres.

    Se bajaron los cuerpos envueltos en sábanas blancas, y nos abrazamos en un círculo humano. Clavaron unas estacas al suelo y ataron los cadáveres desnudos. Un lama bendijo los cuerpos y comenzó a diseccionarlos hasta formar dados de carne que llegaban a los huesos. Los buitres se acercaron sigilosamente. Nos abrimos un poco, y las enormes rapaces, capaces de cortar un brazo de un picotazo, comenzaron a efectuar su trabajo. En cinco minutos no quedó absolutamente nada. Las aves desaparecieron poco a poco, con la cara ensangrentada.

    No me resultó fácil asimilar estos rituales, pero mi parte animal pudo vencer a mi parte racional.

    Me pareció una idea poética devolver a la naturaleza, a través de los buitres, un envoltorio temporal que tomamos para transitar por la vida. Fui consciente de haber vivido un momento único. Estamos cerca de la extinción de este rito ancestral.

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