Un canto cósmico a la acción

Lale Westvind se convierte en una invocación, un hechizo capaz de devanar la mirada, de provocar un trance, de causar el paso de las páginas en un arrebato incontenible

| Actualizado a 26 marzo 2022 18:56
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Viaje alucinante

La protagonista de Grip, de Lale Westvind hace lo que todos hemos querido hacer alguna vez, asomarse al intersticio entre dos viñetas. Al vislumbrar una brecha en la pared, no duda en asomarse. Un largo callejón se despliega y le depara una sorpresa insospechada: un torbellino, una exhalación se adueña de ella y la arrastra, con la alegría de una doble visión imaginaria hacia una nueva percepción, vibrante, en la que sus manos, múltiples y palpitantes, son capaces de moldear cualquier cosa, de acometer cualquier tarea, de arrastrarla hacia cualquier aventura.

Como en el arte de las sociedades tradicionales, como en las visiones provocadas por la psilobicina y el LSD, como en las novelas de William Burroughs o las películas de David Cronenberg, la carne se hace vibrante y revela otro mundo de infinitas conexiones, de perfiles fosforescentes que se prestan a ser moldeadas entre dedos palpitantes. Criatu- ra totémica, diosa, superheroína o sacerdotisa del culto de la acción, la protagonista se convierte en una invocación, un hechizo capaz de devanar la mirada, de provocar un trance, de causar el paso de las páginas en un arrebato incontenible.

De igual modo que en cómics anteriores de Westvind, que en Hammer Drop, es el ritmo lo que permite sentir una irrefrenable cadencia percutiva entre las páginas de colores vibrantes de Grip, entre la carne y el misticismo. Con espléndidos textos y entrevistas de Marc Charles y Gerardo Vilches, la edición de Apa Apa Cómics constituye además un objeto bellísimo que da respuesta a la dedicatoria final de la autora: “Para ash Fritzsche de Winona Electric, para las mujeres en los oficios, para cualquiera que trabaje con sus manos”, en un canto cósmico a la acción que parece invocar, después del viaje alucinado, el sentido último de las palabras de Denis de Rougemont, “La verdadera condición humana es la de pensar con las manos”. 

 

Ver una vida

«La puntada anterior y la posterior determinan la forma de la intermedia. A George se le grabó este curioso comentario. Aunque tendrían que pasar otros cinco años para que lo viese claro, leyendo una tira cómica en el periódico. Quizá sea como estas tiras, pensó. Estas viñetas en hilera... Puede que no sean solo una secuencia. A lo mejor la acción de la viñeta central no está determinada solo por la acción de la viñeta anterior. Quizá también le influya lo que deba ocurrir en la viñeta siguiente. Tendrá que completar y anticipar en ambas direcciones. A lo mejor es así como el futuro determina tanto el presente como el pasado», señala la voz del narrador omnisciente en la apertura de George Sprott, 1894- 1975. Para Seth (Gregory Gallant), como para Chris Ware o para Paco Roca, el despliegue infinito de las viñetas es la mejor manera de ver una vida, una y completa, sobre el lienzo infinito del álbum, el modo de contemplar cómo lo inevitable del futuro introduce lo posible en el presente y reescribe el pasado.

Para George Sprott, un viejo y orondo presentador de televisión que todavía vive de sus gloriosas expediciones árticas durante la Gran Depresión, el 9 de octubre de 1975 no sólo comporta la frontera de la muerte, sino también el lugar desde el que reconstruir una vida que Seth convierte en una coreografía de voces narrativas, testigos, entrevistas y un narrador cuya omnisciencia tiene tantas grietas como la propia retícula de la página de cómic.

Si en el tejido del montaje del largometraje Ciudadano Kane Orson Welles identificaba un misterio, la última palabra de Kane, Rosebud, cuya resolución regalaba tan sólo a los espectadores, el de George Sprott es un enigma que se disuelve entre la yuxtaposición de viñetas, como las memorias de los personajes de otra de las películas de Welles, El cuarto mandamiento, cuyos testigos han ido desapareciendo o ya ni siquiera sienten inte- rés en reconstruir la historia.

Las múltiples versiones de Sprott, las de sus seguidores, sus compañeros de profesión, su sobrina, los botones del hotel donde se instala tras la muerte de su esposa y los camareros de los bares que frecuenta dan pie a una figura cuya propia voz aparece ante sí mismo con tantas facetas como las que los demás devuelven.

La maestría de Seth para el ritmo y la composición, el uso de páginas desplegables y la paulatina resolución de un hilo de continuidad en torno a las últimas horas de Sprott se convierte, asimismo en una reflexión sobre cómo reconstruir una vida deudora de la gran tradición norteamericana que va de Scott Fitzgerald a Paul Auster, así como en una bio- grafía melancólica de la cultura canadiense, de las publicaciones para la infancia, los coleccionables, los seriales cinematográficas y la infinidad de horas de emisión, ahora perdidas de manera irrevocable, de las televisiones locales. 

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