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Atasco mental (Zaragoza B 1 - 0 CF Reus)

El CF Reus sufre una nueva derrota en Zaragoza víctima de su inestabilidad. Los rojinegros exhiben un buen nivel en el primer tiempo, pero se caen en el segundo. Al filial maño le basta con una acción de estrategia para alcanzar el éxito
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Imagen del partido disputado este sábado por la tarde. Foto: CF Reus

Imagen del partido disputado este sábado por la tarde. Foto: CF Reus

Ni siquiera un rival tierno, repleto de miedos y urgido de éxito fue propicio para el Reus. Los de Natxo exhibieron inestabilidad y regresaron a la tristeza en Aragón. Mostraron virtudes en el primer tiempo. Se cayeron de forma preocupante en el segundo. Su ‘enemigo’, en zona de descenso, no necesitó mucho para hacerse dueño del botín. Le bastó con una estrategia que el Reus protegió mal. En el minuto 69, Pombo mandó un servicio exquisito al corazón del área. Alcanzó la precisión absoluta, porque aquella pelota no cayó en la cabeza del futbolista más físico del Zaragoza B. La definió Santigosa, un centrocampista con aires de llegador. Puso por delante a los maños. Santigosa andaba liberado. Sin cadenas tácticas ni vigilancia férrea.

Lo cierto es que ese premio se empezó a gestar un poco antes. Edgar Badia sacó a pasear su etiqueta de héroe en dos ocasiones consecutivas. Su curso de reflejos emergió primero ante un disparo en boca de gol de Isardi. Acto seguido, se agrandó en otro remate después de otro saque de esquina. Tras el 1-0, Edgar levantó los brazos preso de la desesperación. Pareció pedir clemencia a sus compañeros. El Reus se había descosido. Poco antes, su pose, por lo menos, transmitía firmeza.

 

La carta de presentación

Y es que los rojinegros entraron bien en el partido. Su puesta en escena invitó a una sonrisa. Su fútbol no halló la exquisitez, pero sí el rigor. También el poder del juego. Con el paso del tiempo, el Reus gobernó la pelota. Con Ramon Folch en plan moderador. Solucionaba situaciones pensando rápido. Sus soluciones parecen sencillas pero no lo son. Toque rápido y ágil. El fútbol reusense empezaba en él y culminaba en Vítor. Se sintió protagonista entre líneas. Por eso conectó rápido. Su magia, eso sí, no terminaba en opciones de gol. Al Reus se le apagó la luz en tres cuartos de cancha. O elegía mal o se precipitaba. Todas las situaciones de superioridad que fue capaz de generar no terminaban en amenaza.

Sólo Fran, cerca de la media hora, pudo acercarse al gol. Conectaron Folch y Vítor y rompió al espacio el ‘guaje’. Llegó muy apurado y no pudo sortear la salida del arquero Víctor. Ahí terminó el bagaje del Reus. Del rival hubo pocas noticias. Sobrevivió refugiado en sus sistema defensivo. Apenas propuso riesgo.

El escenario cambió a la vuelta del respiro, porque el Reus, en parte, perdió la pelota. Su rival eligió cuidar más su figura a través de la posesión y empezó a disfrutar de confianza.

Fue más protagonista el Zaragoza. Se cayó el Reus, que intentó no desorganizarse, aunque el gol le dolió en el alma. La estrategia local atacó la autoestima rojinegra. Santigosa culminó una actuación personal notable con aquel cabezazo definitivo. Prácticamente en la cara de Edgar. Se abrió una luz de esperanza en el arrebato final. Había que ir con todo. Ya no quedaba espacio para la contemplación.

 

La expulsión

Pombo cometió un error de juventud con una falta innecesaria. Vio la segunda amarilla y debilitó a su equipo. Con un cuarto de hora por delante. Se desbocó el Reus. Con un toque de épica necesario. Sellarès disparó con la izquierda cerca del poste, aunque Fran quiso convertirse de nuevo en salvador con el 90’ amenazando. Ñoño se incorporó como un extremo a la antigua usanza. Utilizó su izquierda para poner un balón goloso. Cualquier delantero sueña con él cada día. Apareció en la acción Fran. Cabeceó fuera. Fran utilizó la sorpresa para llegar, pero definió mal. En realidad, el Reus no hace más que pagar su inocencia. Su mirada no lleva sangre.

La tarde acabó tan mal como quiso. Con una expulsión de Natxo González y una amarilla para Olmo por simular penalti, siempre según el colegiado. Olmo pedía pena máxima a gritos. Alberto Fuente no le creyó.

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