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Deportes FÚTBOL

Bienvenida realidad. La crónica del CF Reus

El Reus cae por la mínima en el estadio de Santo Domingo de Alcorcón, donde ofrece su versión más confusa. El colegiado le anula un gol legal a Ramon Folch tras un saque de esquina y con 0-0. Tercera derrota consecutiva de los rojinegros

Marc Libiano Pijoan

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El portero del Alcorcón ataja un balón ante el intento de remate de Folch. Foto: La Liga 1,2,3

El portero del Alcorcón ataja un balón ante el intento de remate de Folch. Foto: La Liga 1,2,3

El mundo lloró la pérdida de Leonard Cohen, el artista polifacético más influyente de la era moderna, con una nostalgia infinita. Caló en poesía y en el oficio musical, donde convirtió canciones en himnos y textos en maravillosas influencias para generaciones talentosas. El Reus no pareció ajeno al shock mundial en el estadio de Santo Domingo, donde probablemente firmó su actuación más gris, más gélida, como consternado por la pérdida de Cohen.

La Segunda División no perdona ni siquiera a los exponentes más excelsos del entusiasmo. El Reus se había presentado en la categoría bajo el síndrome de Peter Pan, esa eterna juventud que transforma piedras en lirios blancos y que soporta excesos con naturalidad abrumadora. La presentación de credenciales resultó tan paradisíaca que tres tardes de confusión le han devuelto a la tierra. A la realidad más absoluta. Tarde o temprano iba a ocurrir. El fútbol no escapa de las rutinas. Sólo a veces.

El Alcorcón incomodó gracias a un exceso de energía que conquistaba disputas e intimidaba piernas. En el arte del cuerpeo, los alfareros iban a vencer casi siempre. Va en sus genes. De ahí que la puesta en escena generara vértigo. David Rodríguez mandó al tercero A del bloque situado en el fondo sur una pelota golosa. Tras un córner. En el primer bocado del partido. De hecho, en diez minutos, los locales habían generado tres saques de esquina y le habían rascado una amarilla a Benito. Condicionante capital, porque Benito no es un actor de reparto en el Reus. Es un star system.

Sólo secuestrando el balón y acudiendo a la cordura, el Reus podía amansar el juego. Lo consiguió, en parte porque Folch inauguró su repertorio de sociedades. Muy arropado por Garai, ese guardaespaldas que conecta la alarma mientras sus compañeros combinan para atrapar vigilancias y que se abraza a la sencillez extrema cuando precisa darle agilidad al juego. Folch halló espacios para conectar a Carbia, Máyor y Miramón, socios imprescindibles para que las aventuras cobraran sentido. El Reus, incluso, llegó a finiquitar el primer tiempo con entereza. Sin enamorar a las palomas, pero firme como un militar gigantón y con cara de pocos amigos.

Incomprensible castigo

Se habían consumido 38 minutos cuando el juez, ayudado por un asistente quisquilloso, decidió ver como ilegal una maniobra sin sospechas aparentes. Se dirigió a la esquina Miramón, un francotirador dulce, de apariencia amable para el enemigo. Antes de servir la estrategia se acarició la cabeza para indicar el plan. Miramón la puso en el primer palo. La testa con pelo al cero de Pichu prolongó la pelota al segundo. Allí emergió Folch, que vio en la sorpresa la clave del asunto. También con el cráneo culminó. Era gol para todos los humanos menos para los tres justicieros. El asistente no paró de asegurar que el balón se había perdido por el fondo. La tele mandó a los escombros su decisión. Folch pensó en las maldades divinas. Segundo gol que le birlan en dos semanas.

Ni siquiera el mal cuerpo que se le quedó hasta al conductor del autobús rojinegro descosió la fisonomía de un Reus fiel al manual. Máyor cazó una pelota mordida en el balcón del área para ejecutar de primeras. Obligó a Dimitrovic a estirarse a lo chicle y escupir el balón. Natxo observó con el periscopio como se habría el paisaje para las transiciones. Sus chicos perdieron la brújula cuando asomaban en la boca del lobo. En esos últimos 30 metros diferenciales, las decisiones se alejaron de la precisión. Mal asunto.

En cambio, la eficacia coronó a Pablo Pérez cuando observó un resquicio idílico por el pasillo interior. Desplegó su figura con elegancia y decoró el tránsito con un testarazo estético. De esos de girar el cuello mientras la melena se autopeina con el viento. Fue gol. Le envió una carta de amor Óscar Plano desde la izquierda.

Natxo modificó el dibujo para hallar superioridad por dentro y encontrar progreso a través de la posesión. Colocó a Guzzo como interior junto a Folch. Garai se disfrazó de conductor entre los centrales. El triángulo ofensivo era para Chrisantus, Miramón y Máyor. No hubo espacio para que la idea fluyera. En parte porque el rival acabó con el juego. Fue un especialista de la guerra fría. Dejó al Reus de nuevo en la antesala del premio. Hasta el punto que pareció escribirle a la victoria aquello que Cohen le creó a su amada Marianne: “Que sepas que estoy tan cerca de ti que si estirases tu mano, creo que alcanzarías la mía”.

 

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