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Deportes FÚTBOL

CD Morell. 'La obra de Pallarès'

El técnico del CD Morell nunca manejó exceso de recursos ni presupuesto lujoso. Lo cambió por entusiasmo y un proyecto riguroso. Sus jugadores le han creído. Dos ascensos consecutivos le cargan de razón
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Joan Pallarès es manteado por sus jugadores tras lograr el ascenso en Sant Ildefons. Foto: CD Morell

Joan Pallarès es manteado por sus jugadores tras lograr el ascenso en Sant Ildefons. Foto: CD Morell

 

Joan Pallarès (El Rourell, 1977) conquistó la banda izquierda en aquellos días de disfrute sobre el verde. Nunca le distinguió el fútbol de rasca y pon. Se acercó más al de los finos violinistas. Su guante zurdo le permitía muchas licencias. Ponía el balón donde quería. Esos ejercicios de precisión resultaban milimétricos. De joven le pasó el tren de la élite cuando el Levante quiso firmarle. El Nàstic no le dio salida. Por suerte para el fútbol provincial. En Tarragona y Reus disfrutaron de sus centros de escuadra y cartabón. Marcó época, aunque el idilio con la pelota terminó. 
Pasaron los años y el CD Morell su cruzó en su camino. Al lado de casa, pensó. Mató el gusanillo en activo en el municipal, justo antes de emprender la nueva aventura. Con una pizarra en la mano, se vistió de estratega. En el último bocado de 2013 cogió a un equipo deprimido. A siete jornadas para el final no pudo evitar lo que era una muerte anunciada. El Morell descendió a Segunda Catalana. Pallarès se lo tomó como un aprendizaje y ganó tiempo para preparar el siguiente desafío. Volver a Primera se presentaba como una obligación, aunque rápidamente se dio cuenta de que necesitaría algo más que buenos jugadores.
En el Morell se respira ese fútbol de pueblo de toda la vida. El club no dispone de una estructura majestuosa. Sus recursos son escasos. No sobra presupuesto, a pesar de que la cercanía de las petroquímicas pueda generar confusiones.
El entrenador diseñó un grupo casi nuevo para el regreso. Lo hizo escapando de utópicos y apoyándose en un proyecto riguroso. Así convenció a gente como Samu, su máximo artillero con más de 20 dianas ese año, o el ex del Reus Borja Abénia, entre otros. El Morell ascendió tras una promoción solvente ante el Gironella. El club recuperó prestigio y terreno perdido. Se abría un horizonte repleto de comodidad, pero Pallarès odia el confort. Como entrenador ha heredado ese gen competitivo y quisquilloso que le impiden acudir al conformismo.
El del Rourell se encerró en verano de 2014 para volver a convencer a los chicos. Premió al bloque del ascenso y completó el plantel con futbolistas de postín para la categoría. Aparecieron por El Morell Sangrà, Jordi Roca, Marc Carrasco y más tarde Sergi Moreno o Saddick. Todos bajo el liderazgo del capitán, Sergi Giralte. La plantilla desprendía aroma lujoso, pero la Primera Catalana no perdona a las bailarines sin carácter. La derrota en La Ràpita (4-0) en la jornada inicial se convirtió en un aviso para navegantes.
Pallarès mandó su mensaje. «El que quiera jugar pachangas se ha equivocado de lugar». Exigió máxima profesionalidad a un grupo en el que nadie dispone de ese estatus. Todos los jugadores terminaban su jornada laboral para entrenar por la noche. Ni el frío del invierno les bajó los brazos. Su entrenador les atrapó. El Morell despegó. 19 jornadas sin perder le coronaron en  la tabla. La Tercera División pasó de sueño a realidad.
Ni siquiera las dudas tras las tres derrotas consecutivas ante Torredembarra, Reddis y Santboià en la segunda vuelta cortaron a un grupo que se ha distinguido por su calidad humana. Su reacción marcó, de nuevo, registros asombrosos. En los últimos siete partidos, el Morell ganó seis y empató uno. 19 de 21 puntos que consolidaron un ascenso que hace poco más de un año era visto como un milagro. En Sant Ildefons, los chicos de  Pallarès encumbraron su trabajo.
Mientras, el míster saborea lo justo el éxito. Ya ha renovado y piensa en el nuevo desafío con el Morell en Tercera, por primera vez en la historia. Su obra no ha terminado.

Joan Pallarès (El Rourell, 1977) conquistó la banda izquierda en aquellos días de disfrute sobre el verde. Nunca le distinguió el fútbol de rasca y pon. Se acercó más al de los finos violinistas. Su guante zurdo le permitía muchas licencias. Ponía el balón donde quería. Esos ejercicios de precisión resultaban milimétricos. De joven le pasó el tren de la élite cuando el Levante quiso firmarle. El Nàstic no le dio salida. Por suerte para el fútbol provincial. En Tarragona y Reus disfrutaron de sus centros de escuadra y cartabón. Marcó época, aunque el idilio con la pelota terminó. 

Pasaron los años y el CD Morell su cruzó en su camino. Al lado de casa, pensó. Mató el gusanillo en activo en el municipal, justo antes de emprender la nueva aventura. Con una pizarra en la mano, se vistió de estratega. En el último bocado de 2013 cogió a un equipo deprimido. A siete jornadas para el final no pudo evitar lo que era una muerte anunciada. El Morell descendió a Segunda Catalana. Pallarès se lo tomó como un aprendizaje y ganó tiempo para preparar el siguiente desafío. Volver a Primera se presentaba como una obligación, aunque rápidamente se dio cuenta de que necesitaría algo más que buenos jugadores.

En el Morell se respira ese fútbol de pueblo de toda la vida. El club no dispone de una estructura majestuosa. Sus recursos son escasos. No sobra presupuesto, a pesar de que la cercanía de las petroquímicas pueda generar confusiones.

El entrenador diseñó un grupo casi nuevo para el regreso. Lo hizo escapando de promesas utópicas y apoyándose en un proyecto riguroso. Así convenció a gente como Samu, su máximo artillero con más de 20 dianas ese año, o el ex del Reus Borja Abénia, entre otros. El Morell ascendió tras una promoción solvente ante el Gironella. El club recuperó prestigio y terreno perdido. Se abría un horizonte repleto de comodidad, pero Pallarès odia el confort. Como entrenador ha heredado ese gen competitivo y quisquilloso que le impide acudir al conformismo.

El del Rourell se encerró en verano de 2014 para volver a convencer a los chicos. Premió al bloque del ascenso y completó el plantel con futbolistas de postín para la categoría. Aparecieron por El Morell Sangrà, Jordi Roca, Marc Carrasco y más tarde Sergi Moreno o Saddick. Todos bajo el liderazgo del capitán, Sergi Giralte. La plantilla desprendía aroma lujoso, pero la Primera Catalana no perdona a las bailarines sin carácter. La derrota en La Ràpita (4-0) en la jornada inicial se convirtió en un aviso para navegantes.

Pallarès mandó su mensaje. «El que quiera jugar pachangas se ha equivocado de lugar». Exigió máxima profesionalidad a un grupo en el que nadie dispone de ese estatus. Todos los jugadores terminaban su jornada laboral para entrenar por la noche. Ni el frío del invierno les bajó los brazos. Su entrenador les atrapó. El Morell despegó. 19 jornadas sin perder le coronaron en  la tabla. La Tercera División pasó de sueño a realidad.

Ni siquiera las dudas tras las tres derrotas consecutivas ante Torredembarra, Reddis y Santboià en la segunda vuelta cortaron a un grupo que se ha distinguido por su calidad humana. Su reacción marcó, de nuevo, registros asombrosos. En los últimos siete partidos, el Morell ganó seis y empató uno. 19 de 21 puntos que consolidaron un ascenso que hace poco más de un año era visto como un milagro. En Sant Ildefons, los chicos de  Pallarès encumbraron su trabajo.

Mientras, el míster saborea lo justo el éxito. Ya ha renovado y piensa en el nuevo desafío con el Morell en Tercera, por primera vez en la historia. Su obra no ha terminado.

 

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