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Cambio de ley

El Reus conquista el derbi ante el Nàstic con un solitario gol de Fran Carbia en el segundo tiempo. Las expulsión de Molina en el minuto 47 debilita a los granas, en un partido noble y poco amable

Marc Libiano Pijoan

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El capitán Ramon Folch y otros jugadores del CF Reus celebrando el gol del equipo. FOTO: ALFREDO GONZÁLEZ

El capitán Ramon Folch y otros jugadores del CF Reus celebrando el gol del equipo. FOTO: ALFREDO GONZÁLEZ

Badia secuestró el tesoro tras un despliegue del Nàstic por la izquierda. El arquero conectó el radar para ceder con ternura a Folch, que activó la zancada de camión transportista para coronar yardas. El capitán del Reus interpretó la obra con la enciclopedia en mano. Ésta aconseja trasladar el balón a zonas vacías de enemigos. Mossa, el guardián izquierdo grana, se había quedado descolgado en la ofensiva. Se descubrió un paisaje goloso en la zurda. Querol olió la grieta y pidió el balón. Allí se lo mandó Folch. Puntual. Con severidad. Sin alardes.

Querol aceleró y por el retrovisor contempló la energía de Molina, ese central poderoso que vive de la solidaridad constante. Molina ejerció de guardaespaldas de Mossa. Fue al corte con tanta bravura que olvidó que le habían tomado la matrícula. Andaba sobre aviso. David Querol perfiló la maniobra con una decisión sencilla. Clack, punterazo con suavizante para visitar el fondo. Cuando sintió el contacto besó el suelo y el juez, con mirada desafiante, señaló a Molina. Lo envió a casa. Se habían consumido 47 minutos. El derbi ardía en llamas.

Hasta ese instante transitaba bajo el trance «del que se equivoque, pierde». Había desencadenado en una partida de ajedrez que hubieran soñado Kárpov y Kaspárov, los maestros legendarios del juego sobre el tablero. Y eso que el Reus consiguió plasmar su plan en una media hora inaugural fascinante. Descubrió un registro que apenas había enseñado. Aprovechó la anatomía de Edgar para arroparse en su armario ropero en ataques directos. El ‘nueve’ se transformó en pívot de baloncesto para jugar en el cielo, mimar la pelota y descargarla con cariño. Fue como Pat Ewing en los Nicks de los 80 y 90. A falta de estética combinativa, los de Natxo acudieron al manual de practicidad. También el Nàstic colaboró. Blindó pasillos interiores con Tejera y Zahíbo, muy rigurosos. Incluso Madinda, que partía en la derecha, ayudaba en tareas de fontanería y albañilería. Compromiso indiscutible. Moreno demostró que en la Budallera, los hábitos sanos del oficio resultan innegociables.

Edgar se acercó al gol a la vera del cuarto de hora. Un lío horroroso en la boca del lobo, con Fran como experto artesano del barro, cayó en sus pies. Acabó de primeras, pero Valentín había colocado imán en su cuero fluorescente. La escupió en la misma línea de gol. Provocó alivio en alteraciones cardíacas. Edgar y Molina no tardaron en cuerpear en la cocina. El defensor cometió infracción y sintió la primera amenaza del juez. Justo después de un disparo punzante de Jorge Díaz, que precisó de una estirada de plastilina de Dimitrevski. La jerarquía inaugural del Reus murió en un penalti de Valentín a Edgar que el encargado de la justicia pasó por alto. El Nàstic mandó el partido al congelador y creció.

Sobre todo alrededor de Muñiz, un actor que se rebeló ante la soledad y que se ha convertido en una especie de Robin Williams. Se expresa con tanta dulzura que conmueve. Cada aparición del enganche fabricaba trascendencia, para romper líneas o para generar pausa. Sus socios se relamían.

Amenaza grana

Álex López se incorporó a la hoja de servicios y rozó el premio con la amenaza del respiro. Molina desterró un cuero frontal a la luna. Nunca pensó en que iba a construir un servicio maravilloso a campo abierto. López se acomodó entre Babic y Pichu y en lugar de esperar desenlaces, atacó. Cambió combate físico por astucia. Venció con elegancia. Finalizó con un remate al primer palo. Badia respondió sin pestañear.

El castigo a Molina abrió la frontera. Dinamitó la propuesta grana. Reaccionó Moreno con Djetei por Zahíbo para suturar el descosido, pero no impidió la gloria rojinegra.

Emergió tras una transición colectiva que se originó en el criterio alemán de Folch. Recibió el centrocampista con el frente de ataque en el periscopio. Analizó el despegue imponente de Benito, a la espalda de Mossa. La ejecución de Folch, siempre por delante, facilitó la maniobra de Benito, que se abrazó a la lección de EGB para acabar su concierto. Alzó la frente y la rosca tomó dirección hacia el éxtasis. Edgar marcó el movimiento a la corta y Fran esperó paciente con el horizonte transparente. Convirtió con la testa. Otra vez él. El agitador. El conquistador insaciable de sueños. A simple ojo parece no tener nada. Lo tiene todo.

El 1-0 precedió una caída de Juan Muñiz dentro de la zona de riesgo reusense que debió ser y no fue. La moviola volvió a traicionar al colegiado. Quisquilloso. A veces desesperante.

La inferioridad no descompuso al Nàstic, que lógicamente necesitó el riesgo para hallar argumentos. Respuestas a esas preguntas que siempre deja en el aire una expulsión. ¿Qué hubiera pasado? Daría para debates enfermizos. En todo caso, los granas compitieron con dignidad, pero murieron en la orilla. Apenas crearon pánico. En cambio sólo la clemencia del Reus en los últimos metros impidió males mayores. Los de Natxo han convertido en una costumbre preocupante no acabar con los partidos. Se abrieron espacios idílicos para los amantes del contragolpe. Miramón, uno de los exponentes de la rotación, apostó por el adorno cuando el guión pedía fiereza. Decidió mal ante Dimitrevski en dos acosos definitivos.

En todo caso, el Reus no lamentó imprevistos porque en la contención fue militar. Bajo las órdenes de un general invisible como Garai. Alejado del virtuosismo personal, disfruta por el bien grupal. Ni siquiera la imprudencia de Chrisantus en la agonía marchitó a un Reus que modificó la historia.

 

 

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