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El Reus habita en las finales

Los de Garcia disputarán mañana (20.30 horas) la quinta en el último año tras vencer al Viareggio (2-1) en un partido cardíaco, en el que Candid Ballart se gradúa en Europa. Los rojinegros se medirán al Oliveirense para levantar su segunda Continental

Marc Libiano

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Raúl Marín celebra el segundo gol del Reus. Foto: Gabriele Baldi

Raúl Marín celebra el segundo gol del Reus. Foto: Gabriele Baldi

El Reus habita en las finales, se ha acostumbrado a ponerse el frac en la gala de los Óscars. Mañana, a partir de las 20.30 horas, comparecerá en la quinta en un año. Esta vez luchará por el trono más incuestionable del firmamento europeo, la Copa Continental. Para ello precisó acabar con la resistencia del Viareggio, un anfitrión con varios artistas cercanos a los Rolling, poco afines a las bromas y con miles de cicatrices a sus espaldas. Su recorrido no les alcanzó para enterrar la jerarquía de los rojinegros, actuales campeones continentales y con el hambre intacto. Quieren seguir ganando. Su obra parece no haber terminado.

El Reus enseñó personalidad en medio de una emboscada. Ardía el Pala Barsacchi y el Viareggio afiló los cuchillos. Fue una noche para valientes, no apta para los tibios de vocación. Casanovas y Bancells cosieron el juego desde el estricto orden. No concedieron nada. Ni una pelota, ni un balance defensivo. Ballart convivió con el confort porque el Reus acudió a la solidaridad en los regresos. En todo caso no bastaba con un acto de rigurosidad, el Reus no podía renunciar jamás a su esencia. La naturaleza de sus actores suplica el ataque.

Un remate de Marín tras crear sociedad con Bancells inauguró el ramillete de situaciones. El mismo Bancells, tras una puerta atrás estética, se plantó ante el arco de Barozzi y arrastró a la madera. La bola salió escupida, como un conejo saltarín. El Reus mandaba en el partido, se sentía poderoso, con sus posesiones geométricas y sus colmillos hambrientos. Recogió botín. En este caso desde la rotación. Había ingresado Àlex Rodríguez y quedó liberado en el corazón del gol. También con el registro del arrastre estrenó el marcador. Lo merecía el Reus, muy imponente él.

El Viareggio pedía auxilio, una varita mágica que le ofreciera alivio. La encontró en Mirko Bertolucci, un revolucionario que hace tiempo que viaja por el mundo sin DNI. Compareció en la noche y le explicó a Ballart que el hockey es para listos y que en la élite no hay espacio para el exceso de confianza. Empató en su primer contacto con la pelota. Convirtió un ataque sin sentido en Port Aventura. Sorprendió al joven portero del Reus por el primer palo. Mirko regresó rápido al foco, provocó un tiro directo tras amagarle a Marín, aunque Ballart le demostró haber aprendido la lección. En realidad Ballart tomó una incidencia descomunal en el partido. Lo gobernó cuando su equipo le pidió auxilio.

El Reus ni pestañeó ante la incomodidad. Se marchó el respiro con ventaja porque Marín es el rey de la precisión. De falta directa, sometió a Barozzi. Esa acción cerró el grifo del gol y dio paso al recital del precoz portero rojinegro, sobre todo en las acciones de bola parada, determinantes en el juego actual.

Ventura, ese viejo rockero que resiste a abandonar, se chocó con Candid, que se graduó en una noche fetiche, de esas que otorgan prestigio en Europa. Le adivinó al portugués dos disparos directos y sujetó al Reus, que padeció de incomodidad en un segundo tiempo intransitable. Cementoso.

Una azul a Casanovas provocó que los de Garcia sobrevivieran en el refugio, aunque gestionaron con jerarquía la inferioridad. En esos finales agónicos que ofrecen las noches a todo o nada salió vencedor el Reus, que ha instalado su casa en las grandes finales.

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