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El 'prime time' chino y el Clásico entre pinchos

Horario atípico. Nunca un Madrid-Barça fue al mediodía. Los bares se llenaron tras el vermú a base de tapas, bocadillos y rondas de cervezas. La cocina no paró ni con el 0-3, que llenó de resignación a los blancos

Raúl Cosano

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Aficionados del Barça y del Madrid siguen el partido y comen en El Rincón de Ani, bar de Sant Pere i Sant Pau.  Foto: Pere Ferré

Aficionados del Barça y del Madrid siguen el partido y comen en El Rincón de Ani, bar de Sant Pere i Sant Pau. Foto: Pere Ferré

Hay un trajín de tapas de dátiles, jamón y tortilla, chorizos y hamburguesas pequeñas. Los fogones del Rincón de Ani, en la zona más nueva de Sant Pere i Sant Pau, bullen más allá de la hora del vermú, cuando por algunas de las cuatro pantallas del bar se ve soleado el césped del Bernabéu, una estampa insólita, que en verdad es un guiño al consumismo oriental. 

Es la una del mediodía, hora atípica para el Clásico, perfecta para la importantísima audiencia de China, dicen, e ideal para que eclosione la vida, el glorioso yantar del ‘bon vivant’ en Catalunya o en España, ya da igual, porque en eso no hay diferencia. «El partido de momento está igualado, pero parece que el Madrid ha empezado apretando más», arranca César, un asturiano merengue que estos días visita a su familia.

Pide bravas y croquetas de jamón serrano, y el show culinario sigue en este bar que es de distrito obrero pero también con clase, recubierto de madera y con aires hasta dublinescos. Bendice la buena vida un cartel en la pared con la cita de Voltaire: «He decidido hacer lo que me gusta porque es bueno para la salud».

Cazuela y otra ronda
No hay bufandas ni camisetas, más bien sobriedad, pero las primeras ocasiones dejan entrever los equilibrios: hay tantos madridistas como ‘culés’. «Venga Karim», dice uno, desesperándose. Queda apurar el pescado de una cazuelilla, darle un trago más a la cerveza, pedir otra ronda. 

Es la primera parte. Vienen los aplausos al juego del Barça, por una buena conexión entre Messi y Paulinho. «Es el mejor del mundo con diferencia, digan lo que digan», sentencia un poco resignado un merengue sobre al argentino. «Cuidado con el enano», alerta otro, algo menos diplomático, cuando el rosarino se dispone a tirar una falta que luego se estrella en la barrera. 

Se acercan las dos de la tarde, momento raro para este Madrid-Barça, pero fantástico para calmar la gusa. Sigue circulando el vino, y continúan llegando tapas con cada consumición: disponen varias de tortilla de patatas, y otras de morcilla con pimiento. 

Aquí se celebra más la vida que el fútbol, porque se palpa la distensión de la Navidad, el runrún familiar de las comidas que vendrán. Ya se sabe que el amor, los negocios y el fútbol se resuelven mejor en los bares, y este es el caso. En medio de eso y de Papás Noeles colgando en las paredes, son los azulgranas los que se van algo más esperanzados al descanso. En la reanudación los merengues piden a Isco, aunque en esas poco después llega Luis Suárez y hace el primero. Hay alboroto generalizado, abrazos, y alguna rabieta porque no pinta bien el desenlace. Los blancos también piden a Bale, se encomiendan a Keylor y suspiran por un fichaje de invierno en el ataque. 

Luego llegará el penalti de Messi, y el Madrid con uno menos. Eso es casi la sentencia. «Con uno menos ya me dirás», recalca uno, mientras devora uno de los bocadillos grandes que se reparten por las mesas. Luego Ter Stegen acaba de aguar la fiesta y aborta cualquier amago de reacción blanca. «No hay manera», se resignan, aunque sin estridencias ni dramas, porque esto no es un bar de forofos ni de fanáticos. 

Habla Einstein
Hay otro cartel en la pared, que despacha lemas entre los consejos de Jorge Bucay y Mr. Wonderful, pero que al menos es un alegato por el sentido común. La frase, en verdad, es de Albert Einstein: «La mente es igual que un paracaídas. Sólo funciona si se abre». 

La que se abrió luego fue la defensa del Madrid, para que Messi cediera a Aleix Vidal el tercero, y la euforia se desbocara. La cocinera asoma la cabeza por el hueco que da al comedor de la tasca y pregunta: «¿Ya ha terminado?». Queda muy poco en realidad, pero los estómagos no se han detenido, aún hay rugidos de última hora y la tapa de morcilla con pimientos se erige en la triunfadora del descuento, como ese manjar recién descubierto. «Hay que reconocer que el Madrid no está bien. El Barça es justo vencedor. Ha jugado mejor y se merece ganar. La liga para nosotros está perdida», admite César, el asturiano merengue que también habla del equipo de su tierra, el Marino, líder de Tercera División ahora entrenado por Oli, aquel insigne goleador de los 90 en equipos como el Oviedo o el Betis. 

El partido expira pero la cocina no se detiene, como en los bares de infantería. Hay complicidad, buen rollo a las puertas de la Navidad, aunque no falta el chiste político de uno para sacar una sonrisa a los parroquianos madridistas apesadumbrados: «El árbitro iba de amarillo, así que habrá que impugnar el partido». 

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