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Deportes FÚTBOL

Garai y la huella de Paco Jémez

El pivote del Reus compartió aventura con el técnico en Córdoba (2011-12). En el Arcángel, el centrocampista tocó techo como futbolista, con un ascenso a Primera incluido, en aquel partido de la invasión en Las Palmas, un 22 de junio de 2014

Marc Libiano Pijoan

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Garai, sentado a la izquierda, observa a Paco Jémez, en la época del Córdoba. Foto: El Día de Córdoba

Garai, sentado a la izquierda, observa a Paco Jémez, en la época del Córdoba. Foto: El Día de Córdoba

El teléfono de Paco Jémez da señal. A los tres avisos descuelga con una naturalidad sorprendente, poco habitual en las alturas vedettes en las que se maneja el fútbol de élite. Paco acepta el reto. El motivo de la consulta contiene nombre y apellidos; Aritz López Garai (Basauri, 1980). Sonríe porque los recuerdos le traen añoranza y un colegueo que perdura. Tampoco duda. «Es un futbolista de enorme valor, no sólo por lo que aporta en el campo, también fuera de él. En el vestuario tiene carisma y resuelve conflictos, para un entrenador es básico». Sobre el verde, «no brilla mucho, pero ofrece lo más importante en este juego. Sabe qué hacer en cada situación. Siempre anda bien colocado, vive para el compañero».

Queda en el aire si Jémez conoce la estima personal que le mantiene Garai. El centrocampista del Reus le ha situado en el altar de elegidos y eso que en su currículum abundan las experiencias y las personas. Con Paco coincidió sólo en la 2011-12. En el histórico Córdoba, ese club que no conoce el término medio. Con el viento a favor, desborda la alegría. Cuando vienen curvas, el clima resulta desmesuradamente incómodo.

El Córdoba disfrutó con Jémez de una promoción de ascenso a Primera, aunque el Valladolid frustró el sueño. Garai viajó con mucha frecuencia en el once y aprendió el método de ese técnico amante del fútbol combinativo. La cercanía con sus jugadores, el carácter alegre y la honestidad que transmitía al vestuario caló en el Arcángel. Eso sí, Paco no negociaba el trabajo. Las sesiones desprendían una exigencia profesional al límite. En la ciudad de la Mezquita, Jémez instaló el germen de una cosecha repleta de bonanza. Garai lo comprobó. En esas tierras alcanzó la plenitud.Antes de la despedida, al míster no le despierta ni un rasgo de sorpresa el rendimiento de Aritz en el Reus, a los 36 años. «Se cuida mucho. Es ejemplar. La edad no está en el carnet, sino en la cabeza de cada persona». La sentencia finaliza con un amable «oye, un placer. Si lo ves, dale un abrazo». Genio y figura.

Garai culminó una relación idílica con el Córdoba un 22 de junio de 2014, en aquel célebre cruce del ascenso a Primera en Las Palmas y la surrealista invasión de los hinchas locales antes del pitido final, con 1-0 a favor de los isleños. Uli Dávila, en el descuento, hundió la euforia amarilla y encendió el éxtasis andaluz. Poco pudo celebrar sobre el césped el Córdoba. Incluso de camino a vestuarios, los futbolistas del Xapì Ferrer sintieron algún que otro porrazo de los radicales de Las Palmas. Curiosamente, Garai acababa de estrenar segundo ciclo en el club. Regresó con el curso iniciado y el equipo en plena crisis. El ascenso borró tiempos revueltos.

El centrocampista cuidó la integridad del equipo en el Bernabéu, el 25 de agosto de ese 2014. En el estreno en Primera vigiló a Bale en los córners, necesitó sostener la inmensidad del galés, ese tren físico imparable. Compartió césped con su gran referente, Xabi Alonso, que ese día vistió por última vez la camiseta del Madrid. Una charla en euskera previa al duelo completó la velada de Aritz. El rojinegro cautivó a un sector de la hinchada cordobesa, que le creó un club de fans particular que hoy todavía se mantiene activo por las redes. Su hijo pequeño, Noah, nació en ese lugar con embrujo. El domingo,eso sí, desafiará a su pasado más brillante.

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