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Obra maestra

El CF Reus acaricia la Segunda División después de conquistar, con una exhibición memorable, el Sardinero. Ni el imponente escenario, con más de 20.000 hinchas cántabros, evita la lección de personalidad de los rojinegros

Marc Libiano Pijoan

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Los jugadores del Reus celebran el triunfo en el Sardinero con los cerca de 200 aficionados rojinegros que viajaron a Santander. Foto: Xavi Guix/CF Reus Deportiu

Los jugadores del Reus celebran el triunfo en el Sardinero con los cerca de 200 aficionados rojinegros que viajaron a Santander. Foto: Xavi Guix/CF Reus Deportiu

El rock and roll más genuino del Reus deleitó oídos en el imponente Sardinero, una especie de Las Ventas para Bruce o el mismo Elvis. Fue una exhibición repleta de belleza elitista ante 20.000 almas ahogándole la garganta. Apenas importó esa amenaza. Los chicos de Natxo sintieron la felicidad absoluta nada más bajarse del autobús y oler el inmenso pasto de Santander. Descubrieron resquicios para combinar mil y una veces, espacios para lucir chaqué con pajarita como en los Óscar y exhibir esa versión que encandila a los puristas de este juego. Los primeros 60 minutos del Reus se arroparon en la melodía del I’ll remember you del rey Presley.

Natxo había guardado en su mesita de noche el esbozo mágico. No quería que nadie descubriera su plan. Soltó a sus tres niños diabólicos para que conquistaran el frente de ataque. Con Vítor, Fran y Haro no existen referencias para ningún enemigo de anatomía gigantesca. El luso ejerce de mariscal para servir bandejas de caviar. Fran y Haro utilizan el vértigo para expresarse. Con el balón van al grano. Sin él, muerden para secuestrarlo de nuevo. El dibujo, con pincel gourmet, volvió a completarse con Rafa en la cocina, como socio de Folch y López Garai. Esta vez, con Ramon como punta del triángulo mágico, muy al estilo del jefe de la NBA, Phil Jackson. En realidad, al reusense le da igual dónde le pongan. Es un especialista en generar sociedades. Ya sea en una baldosa, en la panadería, o con sus sobrinos, en la playa de Cambrils.

En las botas del cerebral canterano se gestó un éxito demoledor. Folch acompañó la presión de los puntas y recuperó en tres cuartos de cancha. Vio a Benito acelerar por la autopista derecha y se la cedió, justo antes de recibir un recadito violento. Benito, lejos de detenerse, se animó a gambetear como Jairzinho, en el delicioso Brasil de los 70. El carrilero hasta halló la pausa para enviar el balón a la larga. En el segundo palo se había instalado Vítor, muy a su estilo, con esa pose despreocupada que miente. Vítor acabó con una maestría hasta insultante. Fue hielo entre un incendio de sentimientos. Los paralizó por segundos. De primeras, con la derecha, convirtió lamiendo la madera. Sólo se habían consumido 10 minutos.

El Racing quedó noqueado para siempre. Vio anestesiada esa extrema energía que pretendía enseñar en la inauguración de la tarde. Incluso, por momentos, admiró esa categoría del Reus para trasladar el balón de un costado a otro, a menudo con el criterio como recurso innegociable.

Los rojinegros olfatearon rápido la sangre. Entendieron que el partido pedía una dosis máxima de contundencia. David Haro, con un remate en la cueva del gol, obligó a Santiago a convertirse en peonza. Solventó el problema el arquero, aunque no pudo responder a un balón parado que sirvió Vítor, prolongó Rafa y culminó, a un toque, Dinis, ese central discreto, de hablar poco. Justamente con ese talante, con un exceso de moderación, pareció celebrarlo.

Los primeros reproches de El Sardinero y la desmesura del resultado obligaron al Racing a descubrirse. Choca que su excelente nómina de actores no disponga de una cohesión táctica indispensable en Segunda B. Tiende a descoserse demasiado el histórico Santander. Y su rival se alegró.

Porque probablemente pocos equipos en ese universo tan complejo del bronce manejan la pelota como el Reus. De hecho, es la esencia de su existir. No entiende el fútbol sin la jerarquía en el juego. En el respiro, el equipo prefirió no mirar hacia otro lado y evitar el confort que le otorgaba el resultado. Se arropó en la ambición para no dejar vivir al Racing, porque a los grandes no se les puede obsequiar con segundas oportunidades. De ahí que la idea ni tampoco el guión quedaron modificados. Sólo la sociedad supersónica de Fran y Haro agrandó el tránsito idílico del Reus. Esa conexión convirtió piedras en flores cuando la acción parecía estéril. Prolongó al espacio Fran y David echó a volar. Con un toque evitó chocar con el enemigo y sorteó a Santiago con una ligereza inocente. Luego la empujó con aire de misterio.

El castigo provocó angustia desmesurada a un Racing entre dos aguas. Convivía entre su querer y no poder y algunos gritos de repulsa de sus hinchas, que no querían entender nada. Incluso Edgar, alteró sus tenebrosos estados con una finta a lo Gasol y un remate que se estrelló en las manos de Santiago, un reparador de averías de caro coste. El Reus dignificó su actuación con un final a lo épico. Con futbolistas presos de calambres. No importó. Su obra ya es inmortal.

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