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Oliveirense venga la Champions

Los portugueses levantan la Copa Continental tras superar con contundencia al Reus en la Final (7-4). Se redimen de la final de la Liga Europea del pasado mes de mayo, aunque el sabor y la importancia del premio resulte menor
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Los jugadores de Oliveirense celebran el título. Foto: Gabriele Baldi

Los jugadores de Oliveirense celebran el título. Foto: Gabriele Baldi

Oliveirense vengó la Champions, con un título menor, pero se redimió a fin de cuentas. Repetía final continental ante el Reus, esta vez la de la Supercopa, y la campeonó con autoridad gracias a una actuación muy portuguesa, seguramente To Néves, el técnico, la hubiera imaginado en su fábula particular. Quedó desconocido el Reus, que duró demasiado poco en el partido, sólo lo que resistió a un gol en el marcador. En el juego nunca compareció. Se ausentó en una noche elegida. Extraño de ver en un grupo de jugadores acostumbrados a la exigencia y a los días grandes.

Los de Garcia se encontraron con un escenario antagónico al de la semifinal. El Oliveirense propuso vértigo, un juego que huye de cualquier tipo de tregua. El Viareggio le llevó al terreno ajedrecista, de ritmo cansino y control de los detalles 24 horas antes. Tardó demasiado en darse cuenta el equipo de que le iban a intercambiar golpes y sufrió una barbaridad. El partido se descosió tanto que se transformó en una carrera de galgos, ideal para los portugueses, sobre todo porque encontraron premio pronto. Souto, un interior de apariencia estéril, pero de movimientos venenosos, sorprendió a Ballart en el primer palo, tras conquistar una pelota surrealista en el rincón.

La rotación de Garcia madrugó para transitar caminos más sostenibles y coger el timón del juego. No lo consiguió el Reus, que fue sometido a un ritmo terrible. Oliveirense presume de un fondo de armario inacabable. Puede actuar con ocho miuras de primer nivel. No le preocupa el desgaste. Sólo le ocupa.

A pesar de las sospechas, Torra inyectó oxígeno, recogió encantado un error en la entrega de Burgaya en propia pista, elevó la frente y sirvió al segundo poste. Casanovas la empujó como un malabarista para igualar. Resultó un espejismo para el Reus, que apenas digirió el éxito. Jepi, como exponente fiel en el refresco de Tó Neves, amaneció para culminar una de las inacabables transiciones que fabricó Oliveirense. Arrastró al ángulo tras conectar con Moreira y entregó el confort a los portugueses. Se habían consumido 16 minutos a la velocidad de la luz.

Los lusos alcanzaron la plenitud de autoestima. Una azul a Torra provocó tembleque. Ballart atajó la directa a Cancela, pero no evitó que el gallego le batiera por bajo segundos después, con el Reus en inferioridad. El paisaje amenazaba lluvia torrencial si Garcia no daba con la tecla en el respiro, en esos diez minutos de desconexión y recarga de neuronas.

Jamás ocurrió lo que pedía el técnico ni ninguno de los hinchas desde el salón. Oliveirense gobernó el juego a base de eficacia y precisión. También desde una confianza brutal en su juego. Supo interpretar los momentos y ocupar los espacios, con el Reus desbocado y desnudado. Cada vez que los de Garcia amenazaban con recortar distancias, sentían la respuesta en el siguiente ataque. Entre otras cosas porque se olvidaron de defender, pecado capital para cualquier aspirante a las coronas.

Barreiros golpeó con dureza a los 30 segundos de reanudarse la final y de verdad terminó con ella. Lo que sucedió después respondió a lo natural entre el manojo de nervios del Reus y la entereza portuguesa. A los de Garcia no se les puede reprochar el querer. Su problema no se halló en la actitud. Tuvo que ver con el juego. Salvat, Álex Rodríguez y Casanovas se rebelaron ante la contundencia de Souto y Moreira, pero la distancia resultó sideral e insalvable. Ni la del marcador ni tampoco la del hockey. Oliveirense vengó aquello que se le escapó en mayo en Lleida, aunque el sabor de la Champions sea irrepetible.

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