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La contracrónica del Barça Atlètic-Reus: Una tarde para recordar

Y para aprender. El conjunto rojinegro cayó con raza y una movilización histórica. Los errores pesaron y hay margen de mejora, pero no borraron la sensación de que el equipo crece en cada reto

Parte del Estadi Johan Cruyff se tiñó de rojinegro, con más de 300 personas.

Parte del Estadi Johan Cruyff se tiñó de rojinegro, con más de 300 personas.Andrés Romero

Joel Medina

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Hay derrotas que duelen menos porque cuentan algo más grande que el marcador. La del Reus en el Johan Cruyff fue una de ellas. El 4-2 final no describe lo que se vivió sobre el césped: un equipo que resistió, se rebeló y volvió a dejar claro que su alma no entiende de jerarquías. El Barça Atlètic impuso su talento en los metros finales, sí, pero el Reus firmó una actuación que reafirma su crecimiento y su convicción de poder competir con cualquiera.

El inicio fue un golpe de realidad. El conjunto de Juliano Belletti arrancó con ritmo y precisión, y el Reus, en esos primeros compases, se vio superado. Faltó calma para salir, contundencia atrás y atención en los pequeños detalles que, en escenarios como este, se convierten en condena inmediata.

Los dos primeros goles azulgranas nacieron de desajustes evitables, momentos en los que el equipo perdió la referencia y el orden. El filial azulgrana se sintió excesivamente cómodo. Estaba en su estadio, en su hábitat natural y, pese a las bajas, es una fuente inacabable de talento. Da igual que sean juveniles. Castigan como los mayores.

Sama Nomoko fue un dolor de cabeza, de muelas y de todo para el carril zurdo de la defensa. El extremo de 17 años trajo a la zaga rojinegra por el camino de la amargura y fue clave en los dos primeros goles para servirle sendos caramelos a Víctor Barberà, que lo único que perdonó fue el penalti que detuvo Pepo Campanera con una estirada magnífica y un balón que envió al palo en la segunda mitad.

Pero si algo distingue a este Reus, lleno de experiencia pese a su juventud como proyecto, es su capacidad para transformar la amenaza en oportunidad. Lo hizo otra vez, y en un feudo en el que no es nada fácil deshacerse del yugo azulgrana. Lejos de desmoronarse, el equipo se rehízo, volvió a tocar, a creer, y encontró en su fútbol directo y en la fe de sus hombres el camino para volver al partido.

El tanto de Dani Homet fue la chispa que encendió a todos. Y no era fácil no dejarse llevar después de un 2-0 en contra en una primera parte excesivamente incómoda. En las gradas, trescientas voces rojinegras rugían como si el Estadi se hubiera trasladado al Gol Nord, que tuvo que aguantar otro golpe. Esta vez fue Brian Fariñas quien aprovechó que la defensa rojinegra no salió a tapar y puso el 3-1 con un latigazo desde la frontal.

Tocaba hacerse grande otra vez. Alberto Benito y Ricardo Vaz certificaron su eterna sociedad para recortar distancias con un gol que mezcló coraje y precisión. Durante unos minutos el Johan se llenó de una sensación extraña: la de que el empate no solo era posible, sino de que estaba más cerca que la sentencia.

Pero el fútbol es cruel con quien concede. Y al Reus, cada pequeño error le pesó como una losa. Es ahí donde está el margen de mejora: en la concentración, en la lectura de los momentos, en evitar que el esfuerzo quede empañado. Pero lo positivo es que hay mimbres. Que el equipo crece con cada golpe.

Marc Carrasco lo dijo sin rodeos, con la serenidad de quien entiende que crecer también es saber perder: "Es una mezcla de sensaciones: dolido, porque nos habría hecho mucha ilusión poder ofrecer esta victoria a nuestra gente, pero también muy orgulloso por la movilización. Si miramos de dónde venimos, debemos estar orgullosos y contentos. Y más por cómo se ha producido el partido, porque hemos sido el Reus hasta el final".

Y lo fueron. Con defectos, pero también con alma. Con errores, pero con una fe que no se apaga. El equipo volvió a demostrar que no se mide solo por los puntos, sino por la manera en que se levanta. Cuando corrija esos fallos que le cuestan caro, cuando consiga traducir su ímpetu en eficacia, especialmente a domicilio, será capaz no solo de competir con cualquiera, sino de vencerlos.

Pero no hay que olvidar que este club, hace no tanto, se recorría los campos de Segunda Catalana. Cada vez empieza a parecerse más peligrosamente al que un día soñó con volver a ser grande, pero derrotas y golpes como estos son parte de un proceso que conviene no pasar por alto, sino disfrutarlo.

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