La Terra Alta y las múltiples expresiones del vino

La mayoría de las bodegas visitables de la Terra Alta ofrecen la posibilidad de ver sus viñedos y catar sus vinos durante las visitas

Roser Regolf Cazorla

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Interior de la bodega cooperativa de Gandesa, en la Terra Alta.  FOTO: Joan Revillas

Interior de la bodega cooperativa de Gandesa, en la Terra Alta. FOTO: Joan Revillas

La elaboración y disfrute del vino forman parte de una cultura milenaria que todavía se trabaja en sitios como la Terra Alta. Un proceso que, hace años, solo podían disfrutar los privilegiados que se encargaban de su elaboración.

Para la enhorabuena de los amantes del vino y de la enología en general, des de hace un tiempo las bodegas familiares han abierto sus puertas para dar a conocer el proceso de elaboración del vino, así como su filosofía de trabajo y es en la Terra Alta dónde se encuentran la mayoría de bodegas, algunas de ellas de tradición centenaria. 

Entre las más espectaculares bodegas modernistas se encuentra la Catedral del vino de Pinell de Brai, una obra maestra del arquitecto Cèsar Martinell i Brunet , discípulo de Gaudí. De estilo novecentista, destaca por su fachada con decoraciones cerámicas pintadas y las arcadas parabólicas e hiperbólicas interiores. Para visitarla, hace falta reserva previa pudiendo contratar también la cata de vino y hasta una comida gastronómica en las mismas instalaciones.

Por otro lado, la segunda más importante de este estilo de la comarca es la bodega cooperativa de Gandesa, construida también por Martinell i Brunet. La bodega se alzó en solo un año adoptando técnicas de construcción locales. También abierta a visitas, se pueden concretar las citas con la misma cooperativa.

Además de estos dos templos de la elaboración del vino, hay también una treintena de bodegas privadas que ofrecen múltiples servicios como visitas a los extensos viñedos, catas y experiencias relacionadas con la enología que harán que veas la Terra Alta y sus tierras de otra manera.

La Batalla del Ebro, un pasado del que aprender

El 25 de julio de 1938, pasado un cuarto de hora de una noche sin luna, las fuerzas republicanas empezaron el paso del río entre Mequinensa y Amposta, sorprendiendo al enemigo y dando paso a la mayor batalla de la guerra civil. Fueron 115 días los que los mejores unidades de los ejércitos republicanos y franquistas se enfrontaron en tierras ebrenses en la que fue la más sangrienta, dura y decisiva batalla de toda la guerra. La Batalla del Ebro se cobró 30.000 muertos entre los dos bandos, pero también arruinó los pueblos y campos en los que se libró, hasta tal punto que hoy en día aún podemos encontrar las cicatrices bien presentes por todo el territorio.

Con un gran número de centros de interpretación y espacios históricos, hay la opción de recorrer el itinerario con vehículo privado o a pie y de forma libre o en una visita guiada y comentada, según los gustos y la preferencia de los visitantes. En cualquiera de los casos, os dejamos con los espacios más simbólicos de imprescindible visita, como el Museu del Centre d’Estudis de la Batalla de l’Ebre, las trincheras de la Cota 402 o el memorial de les Camposines.

Pero si solo se puede destacar uno por su carga simbólica es el Poble Vell de Corbera. Las ruinas y las fachadas marcadas por la metralla son un icono del horror que se vivió durante la Guerra Civil, pudiéndose observar la iglesia de Sant Pere como centinela de los restos de un pueblo que hasta 1938 estaba lleno de vida. 

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