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Capacidad de adaptación

La globalización y la interconexión en las comunicaciones han acelerado la velocidad de los cambios que vivimos como sociedad
 

Joan Pedrerol (Ingeniero químico)

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Capacidad de adaptación

Capacidad de adaptación

Hemos dejado atrás el 2020. Un año en el que ha irrumpido un factor nuevo que ha obligado a adaptar nuestras vidas personales y las de infinidad de empresas y negocios bajo un nuevo escenario. Este escenario seguirá en este nuevo año. Confiemos en que no lo ocupe en su totalidad.

La crisis ha puesto de manifiesto la necesidad de poseer, a nivel personal, una de las habilidades y competencias transversales cada vez más demandadas en el mundo laboral: la capacidad de adaptación. El mundo y nuestro entorno cambian muy rápidamente. La globalización y la interconexión en las comunicaciones han acelerado la velocidad de los cambios que vivimos como sociedad. Unos a la contra, como la velocidad de expansión del virus. Otros a favor, como el acceso a otros mercados de la denominada aldea global.

Con sus pros y sus contras, la interconexión global y las comunicaciones inmediatas son un hecho irreversible. Seguir y ajustarse a la velocidad de los acontecimientos que ello provoca supone tener una gran capacidad de adaptación. Es una condición necesaria para la supervivencia de una empresa o negocio. No es una garantía, pero sin capacidad de adaptación lo que está prácticamente garantizado es su desaparición.

La misma evolución nos lo enseña: no sobreviven los más fuertes sino los que mejor se adaptan a ella. El futuro no está escrito ni nadie lo inventa. Algunos, grandes y fuertes, intentan y pueden llegar a influir en él pero afortunadamente no es monopolio de nadie y para sobrevivir también deben adaptarse.

La capacidad de adaptación implica tener la capacidad de aceptar y saber gestionar las incertidumbres. Implica tener también la capacidad de percibir la necesidad de mis productos y/o servicios en el mercado –su valor- y la validez de la forma o canales a través de los cuales se satisface esta necesidad. Todo ello exige anticipación. Supone tener un sistema de análisis y revisión del valor que aportamos al mercado para confirmarlo, incrementarlo o encontrar otras maneras de aportarlo si decae.

En absoluto la capacidad de adaptación significa dejarse llevar por los acontecimientos de los mercados. En lugar de una competencia estaríamos entonces ante una incompetencia: la inacción.

Una empresa o negocio tendrá capacidad de adaptación siempre y cuando esta capacidad esté presente en las cualidades de las personas que la integran. De ahí que sea una competencia cada vez más demandada en el mundo laboral. Es una competencia que en absoluto significa adaptarse exclusivamente a lo que el jefe quiere. En este caso tampoco hablaríamos de una competencia. Al contrario, hablaríamos de dos incompetencias desafortunadamente bastante extendidas: el egocentrismo de un jefe y la sumisión buscada que provoca.

La capacidad de adaptación estimula que una empresa o negocio se adecúe a las variaciones y cambios de las exigencias del mercado. Hay múltiples ejemplos acerca de cómo la escasez de esta capacidad ha llevado a grandes empresas a su práctica desaparición. Kodak, en el campo de la fotografía, o Nokia, en el de la telefonía móvil, son ejemplos claros y recientes. Tuvieron la oportunidad de adaptarse pero no así la capacidad de hacerlo. La fotografía y la telefonía móvil siguen estando presentes con fuerza en nuestras vidas. Kodak y Nokia ya no.

La crisis ha puesto de manifiesto la necesidad de poseer la capacidad de adaptación

La capacidad de adaptación permite a una empresa luchar por su supervivencia. Una de las peores características de la crisis que seguimos viviendo ha sido dejar a multitud de establecimientos y negocios sin la oportunidad de hacerlo a pesar de haberlo intentado muchos de ellos.

Se lo ha impedido la obligatoriedad del cese de la actividad total durante determinados períodos de tiempo con el fin de preservar la salud pública. Asimismo, desde el punto de vista personal, todos los pequeños empresarios, comerciantes, etc. afectados han visto impedido su derecho al trabajo en estos períodos de tiempo en beneficio del conjunto de la sociedad. Una limitación de derechos que se ha unido en su caso a la limitación de la movilidad y libertades a la que ha sido sometido el conjunto de la población.

Es más que razonable que todos estos casos tengan derecho a ser compensados económicamente y son las administraciones públicas quienes tienen la obligación de hacerlo. Con inyección económica directa y no de modo indirecto repartiendo las pérdidas entre los contribuyentes –como por ejemplo entre arrendatarios y arrendadores de bienes inmuebles- o con créditos blandos o moratorias de impuestos que a fin de cuentas no son más que posponer un gasto cuando los ingresos perdidos no se han pospuesto.

Dicen que no somos tan ricos como otros países que compensan directamente estas situaciones. Quizás la ‘pobreza’ esté más en muchos de nuestros gobernantes. Ya sabemos que a la larga nos tocará a todos pagar los costes de esta crisis. No será la primera vez. Pero, sin duda, es preferible contribuir a compensar el derecho al trabajo perdido por estos sectores en beneficio de la salud general que la contribución que realizamos en diversas socializaciones de pérdidas en este país que previamente fallaron en la obtención de beneficios privados.

Las empresas y negocios origen de estas socializaciones de pérdidas tuvieron la oportunidad de ejercer su capacidad de adaptación. Los sectores obligados a cerrar por la crisis actual no la han tenido.

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