La UE: liderazgo cuestionado

Las críticas se han centrado en la insuficiente capacidad de presión por parte de la UE para lograr el cumplimiento de los compromisos adquiridos por las empresas farmacéuticas

Joan Pedrerol

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Joan Pedrerol. Ingeniero químico

Joan Pedrerol. Ingeniero químico

El incumplimiento contractual en la entrega de vacunas a la Unión Europea (UE) ha generado un alud de críticas a su gestión de compras. Con cerca de 450 millones de habitantes, la UE de 27 países después del Brexit ha visto como se retrasaban sus calendarios previstos de vacunación en los primeros meses de este año. Entretanto la vacunación en el Reino Unido -67 millones de habitantes- o en Estados Unidos -330 millones- ha avanzado y sigue avanzando a gran ritmo.

Las críticas se han centrado en la insuficiente capacidad de presión por parte de la UE para lograr el cumplimiento de los compromisos adquiridos por las empresas farmacéuticas. Súbitamente hemos percibido que la UE no tiene el poder que imaginábamos dentro del concierto mundial. Y menos cuando hasta algunos de sus países, e incluso regiones autónomas -aunque éstas por razones de política populista tan común hoy en día-, han realizado gestiones para proveerse de otras vacunas. En definitiva, los innumerables repartos de poder en toda la UE han destapado en esta crisis el débil liderazgo de la cúpula de Bruselas.

Pero más allá de las deficiencias que puedan haber habido en las gestiones de compra y suministro, la raíz del retraso en la disponibilidad de vacunas para el conjunto de la UE reside en el hecho de que en ninguno de sus 27 países se haya desarrollado una vacuna propia al mismo tiempo que lo lograron a finales de 2020 el resto de potencias mundiales como EEUU, China y Rusia. La posibilidad más cercana fue la de la empresa anglosueca Astrazeneca con sede en el Reino Unido, pero el Brexit hizo que la UE perdiera gran parte del control sobre la misma.

Las empresas farmacéuticas occidentales que ya habían desarrollado una vacuna -las norteamericanas Pfizer y Moderna y la anglosueca Astrazeneca- comenzaron a producirla en las plantas de producción de distintas partes del mundo con las que disponen de acuerdos. Entre ellas, en las 47 existentes en la UE que, desde el inicio de las vacunaciones, ha desempeñado en los primeros meses de 2021 el papel de fabricante de vacunas desarrolladas por terceros al no disponer de vacuna propia apta para fabricar en grandes dosis.

A partir de aquí, la desventaja de no disponer de una vacuna propia junto a razones geopolíticas que han limitado el foco a vacunas ‘occidentales’, además de probables luchas comerciales, han estado detrás de que el abastecimiento de vacunas a la UE no haya comenzado a fluir hasta que las necesidades de los países occidentales desarrolladores de las primeras vacunas no se han satisfecho inicialmente.

La aplicación del conocimiento básico para la solución de esta crisis no ha estado al nivel que esperábamos de la UE considerando los niveles de inversión de sus países líderes en I+D que se sitúa en el 3% de su PIB. No nos sorprende en nuestro entorno inmediato con unos niveles del 1,25% del PIB en el caso de España o del 1,4% en el caso de Cataluña.

Aquí, la mayoría de nuestros políticos y políticas se han dedicado a hacer grandes aspavientos pretendiendo dar la imagen de grandes estrategas cuando en realidad no han sido más que simples encargados de distribuir las vacunas que han ido llegando por mucho que aparezcan frecuentemente tan encantados de haberse conocido.

Esta crisis ha demostrado qué sucede cuando no se dispone del control de un bien desde su origen hasta su distribución al usuario final. Hay que fiar la estrategia a asegurar su suministro desde los lugares de procedencia, pero esta seguridad nunca es plena. En caso de escasez del bien, primero se abastecerá quien tenga el control en origen. Además, se está a expensas de factores económicos y, más importante todavía, de factores geopolíticos.

Recuperar la desconfianza que ha generado el proyecto europeo debido a la crisis de las vacunas es posible. La vía para lograrlo es la gestión de sus necesidades de energía que ya viene desarrollando desde antes de la Covid19. La UE es deficitaria en su conjunto en la disponibilidad de materias primas energéticas de origen fósil. En 2018 importó el 58,4% de la energía primaria que consumió. A su dependencia de un suministro clave se une la crisis climática que lleva inexorablemente a la transición energética. La UE tiene la oportunidad de liderar esta transición a nivel global con independencia de lo que hagan otras potencias como EEUU –segundo país emisor del planeta por detrás de China- que, de la mano de Biden, ha anunciado su compromiso de reducir al 50% sus emisiones en el 2030. Excelente compromiso si se lleva a cabo. Pero aún así no es óbice para que la UE, como consumidor neto de energía, ejerza su liderazgo y personalidad frente a potencias como EEUU que, como productores, pueden tener conflictos claros de intereses.

En el caso de la UE, apostar por las energías renovables en el propio territorio comporta, además de combatir el cambio climático, ganar en seguridad de suministro de energía y ganar también capacidad de maniobra frente a los intereses geopolíticos. En otras palabras, significa desarrollar su propia vacuna energética.

Joan Pedrerol es ingeniero químico

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