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¿Tarjetas bancarias para menores de edad?

La digitalización en las transacciones financieras impacta de lleno en las nuevas generaciones. ¿Qué consecuencias tiene para su formación prescindir del dinero en efectivo desde el minuto cero?

Rafael Servent

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FOTO: DT

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La oferta de sistemas de pago electrónicos (no solo las clásicas tarjetas de plástico, sino también los micropagos a través de smartphones) es una constante en algunas entidades financieras para entrar en un segmento de mercado que, visto con perspectiva, es una gran inversión de futuro para estas entidades.

¿Debe tener una tarjeta bancaria un menor de edad? ¿Cómo incide en su educación financiera? Éstas y otras preguntas son a las que responde Elisabet Ruiz Dotras, profesora de los estudios de Economia i Empresa en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

l Marketing
En opinión de esta economista, «detrás de todo esto, lo que hay es una estrategia de marketing. Si tú tienes una cuenta abierta en una entidad financiera, cuando tengas tu primer sueldo lo ingresarás en esa cuenta. Muy pocos se plantearán abrir una cuenta en otro banco. Todavía menos si no tienes conocimientos financieros. Ahí, cuesta mucho cambiar. Es algo que hemos hecho todos».

l Formación
El de la falta de cultura financiera es el problema que explica esa poca capacidad de cuestionamiento. «Los jóvenes -prosigue Ruiz- hoy no reciben formación financiera en las escuelas. No saben lo que es un tipo de interés: es una palabra muy poco familiar para ellos».
Pero matiza: «Los primeros que no tienen conocimiento son los profesores. Y después van los padres». Los déficits en nuestra alfabetización financiera son comunes a toda la sociedad y transversales en todas las generaciones.

l Riesgos
En consecuencia, «la falta de educación financiera no juega a favor de que les facilites a esos jóvenes esa tarjeta», explica esta profesora de la UOC, que hace una analogía: «Vendría a ser como el uso del móvil entre los menores, que por un lado puede tener una parte educativa, pero por el otro tiene una parte negativa».

«Está bien que los jóvenes tengan dinero -prosigue-, pero han de saber gestionarlo. Si pones 20 euros en una tarjeta prepago y le dices a ese menor que los 20 euros le tienen que durar un mes, aquella persona está aprendiendo a gestionar su dinero. Pero puede pasar lo contrario, y que suceda lo mismo que cuando le pones a un menor dinero en el móvil para llamadas de emergencia y a los cinco días ya se los ha gastado».

l Prepago, débito... efectivo
En este contexto, el prepago es una buena opción. Es decir, cargar una tarjeta o un dispositivo con una determinada suma de dinero, que queda a cero cuando se ha gastado de la misma forma que queda vacía nuestra billetera cuando hemos gastado el último billete que llevábamos en ella.

Por contra, una tarjeta de débito vinculada a una cuenta corriente es, de entrada, mucho más difícil de gestionar, a menos que se le dé una función similar a esa cuenta corriente, haciendo imposiciones puntuales de pequeña cuantía y con una finalidad temporal, sin dar pie al acceso a una cuenta con fondos ‘ilimitados’.

Dicho lo cual... ¿Por qué no volver simplemente a los básicos y dar esos 20 euros en mano, en forma de billete bancario, advirtiendo de que le tiene que durar un mes? Elisabet Ruiz reconoce que no hay ningún estudio a día de hoy que analice el comportamiento de los jóvenes en función del sistema de pago que utilicen, pero explica que «nosotros, como adultos, sí que percibimos la diferencia cuando sacamos dinero de un cajero, porque con el pago digital disminuye la consciencia de ese pago».

«Los jóvenes que todavía no han tenido dinero en mano (sea físico o digital) deben tomar consciencia y saber que, efectivamente, les tiene que durar un mes. La clave es entender el valor del dinero, y para eso hace falta educación».

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