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El día que se perdió la confianza

El entorno cambia y debemos actualizar nuestras estrategias evitando las reacciones exageradas

| Actualizado a 23 mayo 2022 12:11
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Si alguien me pregunta qué significa para mí ‘business’, mi respuesta sería ‘confianza’. La confianza es la esperanza que una persona tiene en que algo suceda, sea o funcione de una forma determinada. Y es firme, es decir, esta debe ser estable, constante, inquebrantable e invariable.

Compramos productos de ciertas marcas porqué confiamos en que nos van a proporcionar aquello que anhelamos a una relación calidad-precio presupuesta; guardamos el dinero en los bancos porque confiamos en que Fainé, Botín o el CEO del banco que sea no se llevarán nuestro dinero, y realizamos negocios entre nosotros esperando que uno ofertará adecuadamente un servicio a un precio razonable. Sin embargo, me aventuro a decir que hace un tiempo que la confianza escasea.

El 8 de noviembre de 2016, Donald Trump ganó las elecciones presidenciales y nada volvió a ser lo mismo. Bajo el lema de ‘America first’ construyó un muro inútil para separarse de México y puso el foco en China, iniciando una guerra comercial de la que tampoco saldrían indemne las demás economías mundiales. Se comenzó a sembrar la desconfianza entre las distintas economías, la subida de aranceles y el encarecimiento de los productos se convirtieron en algo cotidiano, las fake news estaban a la orden del día y la sociedad, aún resentida por la última crisis, empezó a interiorizar los discursos populistas (hecho que se puede apreciar con el Brexit y el auge de los partidos de ultraderecha en Europa). La confianza entró en decadencia.

Pero quién nos iba a decir que a finales de 2019 una serie de casos de neumonía en un remoto lugar del mundo, Wuhan, expondría todas las fragilidades de la globalización. Y es que durante la pandemia empezamos a comprender lo vulnerables que éramos y la interdependencia tan grande entre empresas y naciones. A medida que el virus se propagaba, las cadenas de suministro críticas se iban degradando, y a medida que la situación mejoraba, la demanda crecía y la oferta se expandía, restringida tanto por los límites normales en que se puede recuperar la capacidad productiva como por los repentinos cierres de fábricas, puertos e incluso ciudades. Este cóctel produjo retraso en los envíos y roturas de stock, y las empresas tuvieron que empezar a contemplar ajustes en sus estrategias globales volviendo a relocalizar parte de su cadena de suministro.

No es seguro cuándo empezó a gestarse este ambiente (tal vez todo comenzó en la crisis de 2008), pero lo cierto es que está enfriando las relaciones a todos los niveles. La creciente falta de suministro, así como la subida de precios (en parte, también, por la guerra en Ucrania), están tensionando las relaciones entre clientes y proveedores.

Si el cliente no cree que le vayan a suministrar a tiempo, tenderá a penalizar a su proveedor actual, mientras que si el proveedor no cree en la capacidad de compra del cliente o en que no le vaya a penalizar, tenderá a diversificar la cartera o a sobreprotegerse para obtener un mayor margen. Sea como sea, la ecuación es desfavorable para ambas partes.

Debemos seguir evaluando nuestras estrategias globales, cuyo cometido es navegar entre las oportunidades y amenazas que se manifiestan tanto en las barreras como en los puentes de entrada de los mercados. El entorno cambia, y debemos actualizar nuestras estrategias evitando las reacciones exageradas, generadoras de incertidumbre y suspicacia.

Y ahora, ¿Qué pasará con el sistema SWIFT si de repente las normas han cambiado? ¿Y con el dólar como moneda patrón? En un escenario en el que la esperanza ha sido quebrantada, va siendo hora de volver a tender puentes de confianza.

Carles Romero, profesor de ESIC Barcelona.

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