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Análisis

Venezuela descubre el nuevo Gran Juego: Estados Unidos contra China

Trump liquida el orden mundial multilateral y abierto nacido en 1945 para regresar a la estructura colonial decimonónica y la política como negocio. Venezuela solo es el primer capítulo en su afán por contener a China en el escenario global

Xi Jinping y Donald Trump

Xi Jinping y Donald TrumpEasyPeasyAI

Antoni M. Piqué

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La actual decadencia de la industria petrolera venezolana —su producción es apenas el 30% de la de 2010 como consecuencia de la mala gestión, la falta de inversión y las sanciones internacionales— fue un argumento recurrente en el discurso de Donald Trump del sábado 3 de enero, en el que el presidente estadounidense justificó la intervención militar en Venezuela y la captura de su presidente, Nicolás Maduro. Conceptos como elecciones limpias, derechos humanos o libertad para los presos políticos no fueron mencionados, pero Trump no ocultó su intención de que las petroleras estadounidenses asuman el control del sector energético del país caribeño.

Las declaraciones de Trump o las de su secretario de Estado, Marco Rubio, dan pie a entender la operación militar como un atraco a mano armada a gran escala: robar el petróleo de un Estado en lugar del dinero de un banco. Sin embargo, en la lógica del gobierno de Trump y la de sus ideólogos y promotores, se justifica como una decisión de vida o muerte para su país. ¿Por qué?

Estos días se repite que Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo —303.000 millones de barriles, un 20% del total—, según el Instituto de Energía de Londres. Se dice menos que esas reservas están compuestas principalmente por crudo pesado y extrapesado, variedades de las que Estados Unidos ha incrementado enormemente su dependencia. En 1980, este tipo de petróleo representaba entre el 10% y el 20% de las importaciones estadounidenses; hoy alcanza el 70%. En contraste, la producción interna estadounidense es mayoritariamente de crudo ligero y medio, lo que explica su intensa búsqueda de crudo pesado en el exterior. 

Estados Unidos es el mayor productor y consumidor de petróleo y energía del mundo, el segundo mayor importador —después de China— y el principal exportador de petróleo, fundamentalmente en forma de derivados, productos y subproductos. Hasta ahora, las importaciones procedentes de Canadá compensaban la ausencia del crudo venezolano, pero ya no son suficientes. Estados Unidos necesita más crudo pesado, y Venezuela concentra vastas reservas mal explotadas en la faja del Orinoco, a unos 5.000 kilómetros de las costas de Texas y Luisiana, donde se ubican las seis mayores refinerías de crudo pesado del mundo. «Reconfigurar el acceso a la producción venezolana es un objetivo estratégico de Washington», resume eufemísticamente Adam Kobeissi, un analista de referencia del sector.

Petróleo, activo político

El petróleo sigue siendo un activo político de primer orden, algo que Venezuela conoce bien. Junto con Arabia Saudí, Irán, Irak y Kuwait, fue uno de los países fundadores de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en 1960, un actor económico y geopolítico decisivo desde la crisis energética de 1973. Entonces, la OPEP cortó el suministro a los países occidentales que habían apoyado a Israel en la guerra del Yom Kippur contra Egipto. Al término del embargo, en marzo de 1974, el precio del barril se había disparado un 300%, de 3 a 12 dólares (hoy ronda los 60 dólares).

En Estados Unidos, la inflación se desbocó. La crisis provocó la devaluación del dólar, la caída de la demanda y de la producción, y un aumento del desempleo. Fue también un factor clave en la derrota republicana en las elecciones presidenciales de 1976. En la memoria colectiva estadounidense, la crisis de 1973 ocupa un lugar comparable al de la hiperinflación de los años veinte en Alemania.

Refineria en el Houston Ship Channel, Baytown, Texas

Refineria en el Houston Ship Channel, Baytown, TexasBaytownbert

Venezuela ha entendido históricamente que el petróleo es su carta de presentación ante el mundo. El 1 de enero de 1976, bajo la presidencia de Carlos Andrés Pérez —un populista que se presentaba como socialdemócrata—, el país nacionalizó su industria petrolera con la creación de Petróleos de Venezuela, S.A. (Pdvsa). En la década de 1990, el sector se abrió a la inversión extranjera. Tras la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, Pdvsa pasó a tener la propiedad mayoritaria de todos los proyectos petroleros y, con el objetivo de impulsar la producción, estableció empresas mixtas con Chevron (Estados Unidos), la Corporación Nacional del Petróleo (China), ENI (Italia), Total (Francia) y Rosneft (Rusia), entre otras. (Repsol se juega 13.000 millones de dólares en Venezuela, su segunda mayor fuente de reservas y producción de hidrocarburos, según el diario Expansión).

Pdvsa era entonces una empresa sólida y profesional. Citgo, su filial de distribución de combustibles, tenía una presencia relevante en Estados Unidos y en otros países. Proteger a Pdvsa del nepotismo y de la corrupción fue durante años el único consenso respetado por los distintos gobiernos populistas que ha conocido Venezuela desde 1976. Para el país, Pdvsa equivalía a lo que representa para Noruega y su estado del bienestar la energética Equinor, la antigua Statoil.

Estados Unidos fue durante mucho tiempo el principal comprador del petróleo venezolano. Tras la imposición de sanciones a partir de 2014, durante la presidencia de Nicolás Maduro, China ocupó ese lugar y se convirtió en el principal socio, aliado y prestamista del régimen chavista. Hoy, Venezuela debe unos 10.000 millones de dólares a Pekín. Y atención: las sanciones fueron promovidas por el entonces senador por Florida, Marco Rubio (hoy secretario de Estado), junto a su colega demócrata por Nueva Jersey, Robert Menéndez, hoy condenado por corrupción y cohecho.

Desde 2024, China compraba crudo venezolano eludiendo el uso del dólar. Utiliza el renminbi y criptomonedas referenciadas al dólar, con pagos que se depositan en China para evitar controles. En 2025, según fuentes del sector, China ya absorbía el 84% del petróleo venezolano destinado a la exportación.

Alarma en Washington

Esta situación, unida al temor a una escasez de crudo pesado, encendió todas las alarmas en Washington. Venezuela amenazaba con debilitar el circuito del petrodólar, surgido tras la crisis de 1973 como una protección adicional para la economía estadounidense: la OPEP puede abrir o cerrar el grifo del petróleo, pero siempre en dólares, cuyo control último reside en la Reserva Federal. De este modo, Estados Unidos mantiene bajo su influencia a la mayoría de los países exportadores de crudo, que acumulan grandes reservas de dólares, con tres excepciones: Irán, Rusia y Venezuela, todos ellos alineados con China.

Para mayor inquietud de Washington, la vía china emprendida por Venezuela empezó a ser considerada por otros dos grandes productores: Arabia Saudí y Brasil. La petrolera pública brasileña Petrobras es, además, el mayor especialista mundial en la extracción de crudo en aguas profundas, especialidad técnica que vendría de perlas a las energéticas estadounidenses en su exploración del Golfo de México.

Una degradación del dólar como moneda de referencia en el mercado de hidrocarburos podría traducirse en un encarecimiento del coste de la vida en Estados Unidos, un factor históricamente asociado a derrotas electorales republicanas, como ocurrió en 1976 (ganó Jimmy Carter), 1992 (Bill Clinton) y 2008 (Barack Obama).

Este conjunto de factores aperentemente disímiles —el ascenso de China y el deterioro de las perspectivas económicas— ayuda a explicar la obsesión de Trump con el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, y el apoyo al rival populista, Jair Bolsonaro. También explica el trato complaciente dispensado al príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, hasta el punto de excusarlo públicamente («son cosas que pasan») por el asesinato de Jamal Khashoggi, un periodista crítico de The Wall Street Journal, a manos de los servicios secretos saudíes.

Putin sí; Europa no

La misma lógica subyace al trato relativamente benévolo de Trump hacia Vladímir Putin en relación con la agresión rusa contra Ucrania. El nacionalismo agresivo de Rusia sirve a Estados Unidos para mantener bajo presión a la Unión Europea, a la que Trump aspira a neutralizar como actor político, económico y cultural, por ser uno de los principales impulsores de la transición energética y del abandono de los combustibles fósiles.

El trumpismo confía además en que esta estrategia debilite los vínculos de Rusia con China y la India, visibles en la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái celebrada en septiembre de 2025 en Tianjin. Allí, Xi Jinping se presentó como líder del mundo en desarrollo y defensor de la estabilidad y la paz, mientras la imagen de Xi, Putin y Narendra Modi conversando distendidamente proyectaba una unidad de tres potencias frente a unos Estados Unidos cada vez más distantes de las organizaciones internacionales y enfrentados al mundo por su política arancelaria y su errática diplomacia.

Regreso al siglo XIX

Con Venezuela bajo control y Brasil neutralizado —y el resto de América Latina intimidada—, favoreciendo a Rusia en Ucrania y apoyando a la ultraderecha euroescéptica y próxima a Moscú en Europa, el siguiente objetivo de EE. UU. en su intento de contener o aislar a China —su único rival real, especialmente en África— sería Irán. Para ello, Washington cuenta con Israel, que obtendría el doble beneficio de debilitar a su principal enemigo regional y recomponer su relación con EE. UU.

La caída de Irán también satisfaría a Arabia Saudí y a Turquía, que ampliarían su influencia en Asia Central y Oriente Medio a cambio de respetar el sistema del petrodólar y al Estado de Israel. Los estrategas de Trump consideran incluso que China podría ser apaciguada concediéndole Taiwán y una amplia esfera de influencia desde Indochina hasta el Pacífico Sur.

Este es el tablero que deja al descubierto la intervención estadounidense en Venezuela, primer capítulo de un nuevo Gran Juego geopolítico global. Un juego que ya no se rige por normas consensuadas en instituciones multilaterales como el FMI o la OMC, herederas del orden liberal surgido en 1945, sino por la ley del más fuerte y la consideración de la política —también las relaciones internacionales— como un negocio, guiado más por las necesidades de los poderosos que por los intereses nacionales o globales.

Con la operación en Venezuela, Trump ha cambiado de bando a Estados Unidos —al menos ha hecho visible ese cambio. El mundo que propone no remite a la conferencia de San Francisco que dio origen a las Naciones Unidas en 1945, sino al mundo del Congreso de Viena de 1815, que articuló el viejo orden colonial muerto con la Gran Depresión y la II Guerra.

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