el Delta

10 marzo 2023 17:23 | Actualizado a 11 marzo 2023 07:00
Roberto Villarreal
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La investigación iniciada a raíz del caso ‘Mediador’ por presunto tráfico de influencias y desvío de fondos públicos a bolsillos privados, con el general de la Guardia Civil Francisco Espinosa en prisión preventiva y otros cinco altos mandos bajo la lupa de Asuntos Internos, causa un profundo daño a la imagen del instituto armado con carácter general, pero cala de un modo especial en Cataluña, donde –sin llegar a los extremos del País Vasco– la tarea de la Benemérita se escruta con mayor exigencia.

Con 200 contratos de obras –la mayor parte para el mantenimiento de los cuarteles– bajo sospecha, no se ha hecho esperar el cuñadismo de taberna que aprovecha la tormenta para poner a caldo a los del tricornio con generalizaciones bastante absurdas. Corruptelas, caspa, fachas fora de Catalunya, donde estén los Mossos que se quiten los picoletos, etc... Seguro que les suena la verborrea habitual de los que siguen viendo a la Guardia Civil como un símbolo de la opresión franquista.

Les advierto que yo pasé mi adolescencia en un ambiente –Eibar, años 80–, extremadamente hostil hacia todo lo que tuviera que ver con los del Duque de Ahumada. Mi propio hermano vivió una pesadilla en un control nocturno –en aquel tiempo se parecían a los del ejército británico en el Ulster– cuando regresaba a casa de las fiestas de Zarautz.

Tampoco fueron nada amables conmigo en el peaje de Miranda de Ebro –yo ya trabajaba en el Diario de Burgos– en una época en que cruzaba con mucha frecuencia la frontera francesa en dirección a Bidart. A toro pasado, vista la caída de la cúpula de ETA en ese pueblecito vascofrancés, me encajó algo más el celo con que se emplearon.

Con todo, entenderán que no les tuviese excesiva simpatía, más bien ninguna. Sin embargo, recuerdo perfectamente un punto de inflexión. En los últimos dos años de Periodismo en la Universidad de Navarra, me matriculé en un máster de guión audiovisual.

El trabajo final era hacer un cortometraje, y con la inconsciencia propia del novato, en lugar de rodar en interiores, se nos ocurrió ir a la sierra de Urbasa. En concreto, al precioso nacedero del Urederra –visítenlo si no lo han hecho–, la misma zona en la que el cineasta Montxo Armendáriz rodó su aclamada Tasio.

Una mañana, sin hacer caso de unos nubarrones más que amenazantes –no existían las actuales apps meteorológicas–, subimos el pesado equipo para filmar a la protagonista junto a una de las balsas color turquesa que forma el río en su descenso.

Antes del mediodía se desató la tromba de agua, y el idílico escenario se convirtió en una trampa en forma de lodazal. El nivel del río comenzaba a subir y corríamos el riesgo de perder cámaras, focos, grupos electrógenos... ¿Saben quién nos sacó de allí? Mis ‘amigos’ del Grupo de Montaña de la Guardia Civil. Recuerdo que los recibimos, casi entre vítores, como ángeles de la guarda.

La formación, la profesionalidad y el trato de aquellos tipos alteró por completo mi percepción. Años después, el trato personal como periodista con algunos mandos, cada vez más preparados, fue consolidando esa impresión positiva.

Tarragona también sufre el sórdido mundillo de las lanchas rápidas y los fardos. La tarea que realiza la Guardia Civil es admirable

También ayudaron lo suyo las novelas de Lorenzo Silva, con su famosa pareja de investigadores (Bevilacqua y Chamorro), y alguna buena película como El Niño, que da una idea de la lucha de David contra Goliath que afrontan los agentes antidroga en el Estrecho de Gibraltar.

Tarragona, además de un gran puerto industrial (Algeciras, por su ubicación estratégica, es el de mayor tráfico de toda España), comparte con ellos el sórdido mundillo de las lanchas rápidas y los fardos. La tarea que realiza la Guardia Civil es admirable; de hecho, siempre me ha llamado tanto la atención que incluso forma parte de mis novelas.

Para quienes no lo conozcan, les presento al sargento Sergio Galván, «enemigo público número uno de un buen número de narcos que le tenían en sus oraciones desde la capilla de la cárcel, había recibido varias condecoraciones por su pericia en las operaciones contra el tráfico de drogas que la Guardia Civil montaba frecuentemente en el área de las playas y caletas de las Terres de l’Ebre... La zona del Delta del Ebro, aunque menos famosa que la del Estrecho, también era muy frecuentada por planeadoras de setecientos caballos en busca de un lugar tranquilo para desembarcar los cientos de kilos de cocaína que entran cada año en España con rumbo a los mercados del centro y el norte de Europa».

La formación, la profesionalidad y el trato de aquellos agentes de la Guardia Civil alteró por completo mi percepción

En estos días en que se avivan las hogueras alimentadas por un escándalo mayúsculo que sacude los cimientos beneméritos, no puedo dejar de pensar en todos los Sergios Galván que se la juegan para preservar nuestra burbuja de bienestar. Por supuesto, deben depurarse responsabilidades y, una vez probadas, castigar conductas tan repugnantes; a partir de ahí, toca insuflar mesura al discurso. ¿Por qué? Me van a permitir que les conteste a través de otro de mis protagonistas: «En España, en general, y más en Cataluña, el Ejército y la policía caen fatal. Imagino que es la herencia de cuarenta años de franquismo. Somos un país de progres, pero de boquilla. En situaciones extremas, y lo sé porque las he vivido, la ley del más fuerte es la única opción; hay mucha gente que solo se da cuenta cuando la mierda le llega hasta el cuello».

«La demagogia y la palabrería barata se acaban con robos, palizas o violaciones cuando te tocan de cerca. Entonces va muy bien tener a alguien a mano que se juegue el cuello y se encargue del trabajo sucio».

Es la opinión de un modesto policía local, mi querido Néstor Azcona, que le desea suerte y paciencia al jefe de la Comandancia de Tarragona, el teniente coronel Jordi Verger.

«Un cobarde es una persona en la que el instinto de conservación aún funciona con normalidad».

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