«¿Y si nos comemos al negro del séptimo?»

Una guerra espanta más que un virus chungo. También lo creían en Shanghái, China, y ahora es una ciudad de 26 millones de almas confinada 
 

12 abril 2022 05:30 | Actualizado a 12 abril 2022 10:10
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¡Hola vecinos! Una semana y podremos aparcar un poco la mascarilla en interiores. El tapabocas, escriben los periódicos. Ese adminículo imprescindible para la vida cotidiana desde que nos llegó la pandemia, gracias al cual hemos sabido de la existencia de hermanos, primos, amigos, comisionistas y jetas en general que se lo han llevado muerto mientras los demás se morían en el más crudo sentido de morirse. Absortos como estamos ahora ante la barbarie vesánica de un sangriento Goliath ruso contra un firme David ucranio, parece que damos por hecho que al Covid le queda medio telediario y ya hemos superado –con cierto éxito– el trance vírico mundial. Una guerra espanta más que un virus chungo.

También lo creían en Shanghái, China, y ahora es una ciudad de 26 millones de almas totalmente confinada. Algo no cuadra entre lo que ocurre en Shanghái y la alegría con que aquí nos aprestamos a vivir unas vacaciones de Semana Santa –que de santa cada vez tiene menos– y un relajo social en materia de tapabocas, distancia de seguridad, gel higiénico y lavado de manos. Hay voces con criterio que pronostican un posible retorno a medidas estrictas de convivencia si se diera el repunte de casos de Covid que ha llevado a las autoridades chinas a cerrar Shanghái.

Mi amiga Carmen Nogués vive en Shanghái y en sus mensajes de WhatsApp se despide mandando «besos desde la ciudad donde todos estamos en casa». Sí, sí. No se puede salir del domicilio, todo está cerrado en el exterior y, si te descuidas, convierten tu edificio en una ratonera de la que es imposible huir. Le ha ocurrido a Carmen. Durante un testeo a domicilio, piso por piso, la vecina del quinto dio positivo. La llevaron –a la del quinto– a un centro de cuarentena y a los demás vecinos se les consideró personas de contacto. ¿Solución? Una tranca gorda en la puerta del portal y clausura de la salida de emergencia. Si quieres salir, solo queda tirarse por el balcón cual guiri británico en Magaluf. Carmen es ingeniera y tiene un máster en Seguridad. Pero, sobre todo, es maña. E hija de Florencio Nogués. Montó tal pollo que en menos de 24 horas las autoridades quitaron la tranca del portal y dejaron expedita la salida de emergencia. Eso sí: la Nogués llamó hasta a la cónsul de España y removió Roma con Santiago. O sea: removió Beijing con Shanghái. No conocen a Carmen Nogués.

Es imposible comprar o vender de manera individual.  Solo puede ser a través del comité vecinal y el Excel 

El río Huanpu divide Shanghái en dos: Pudong y Puxi. Se cortan los puentes entre ambas zonas. Hay vallas para tapar las fachadas de los comercios y que no se acceda a los negocios. No existe transporte público ni privado salvo con permiso especial para circular de un determinado lugar a otro. Cien mil médicos y enfermeras procedentes de diversos lugares del país se han incorporado al servicio sanitario de la ciudad. Son despedidos y recibidos como héroes y heroínas. También ha llegado un importante contingente militar a la estación de Hongqiao; hace unos días se produjo una manifestación de protesta en el área de Pudong y no vaya a ser que a la gente le dé por enfadarse. ¿Y cómo sobreviven los encerrados habitantes de Shanghái?, os preguntaréis.

Pues sobreviven gracias a la gestión de los comités vecinales y a una aplicación de Excel en Internet, que permite hacer la compra de forma virtual. Es imposible comprar o vender de manera individual. Solo puede ser a través del comité vecinal y el Excel. Cada familia escoge lo que necesita de entre la oferta que le permite la aplicación, lo encarga, el comité vecinal lo gestiona en el marco de una compra común a tenor de las personas que componen la familia, un camión autorizado para circular lo trae al edificio y lo deja en la calle, en el suelo, posteriormente se desinfecta la totalidad del envío y, por fin, se reparte por los pisos. Reparto sin hora, puede ser a las tres de la madrugada. Si se trata de una familia de dos, te llevan para dos. Si es de cinco, para cinco. Cada bolsa va con una nota que refleja el número del bloque de viviendas, el piso y el nombre de la familia. A Carmen, como lo de Carmen les suena raro, le ponen: ‘Laowai’, o sea ‘extranjero’. Al no haber otros extranjeros en su bloque, las bolsas de víveres no tienen pierde alguno.

Estos días hay mucha risa allí con un ‘laowai’ negro. En una comunidad vecina a la de Carmen no llegaba la compra comunal. A través del grupo de ‘wechat’ (el whatsapp chino), un vecino pregunta qué van a comer y él mismo se responde: «¿Nos comemos al negro del séptimo?». El propio extranjero –y negro del séptimo–, Jacobie Kinsey, responde: «Why do you want to eat me? Don’t eat me» (¿Por qué me queréis comer? No me comáis). Jódo, pobre laowai negro. Vaya acojone.

En tal circunstancia, de ser yo vecino de Carmen pediría comernos a Carmen. Sé que ella lo entenderá. Y que estará rica.

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