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Canción de cámping

El cantante de cámping se sube noche tras noche al escenario para enfrentarse a un género musical a menudo olvidado, para nada sencillo

Rafael Servent

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El cantante de cámping trabaja a conciencia su puesta en escena.

El cantante de cámping trabaja a conciencia su puesta en escena.

Hay un género musical a menudo olvidado aunque para nada menor, que en estos meses veraniegos goza de gran predicamento en lugares como la Costa Dorada. Así, en español, pronunciado a lo alemán (arrastren las erres un poco para darle la musicalidad correcta, porrr favorrr). Nada de Costa Daurada ni inventos. Costa Dorada de arena, solazo y salitre.

Es ahí, en ese marco de referentes culturales robustos e inequívocos, donde podemos encontrar ese género denostado por la ignorancia del gran público, pero de difícil ejecución y altísimo riesgo artístico cuando se observa con atención y empatía, sin prejuicios culturales. En efecto, hablamos de la canción de cámping, conocida también como canción de resort o crucero. Pero hablamos, sobre todo, de sus mitos. Porque el profesional que se aplica a esta disciplina tiene un nombre: el cantante de cámping. Y merece un respeto.

Muy pocos en este mundo tienen lo que hay que tener para ponerse ante un público a base de ingleses y rusos de bañador apretado y tirante holgado

Porque muy pocos en este mundo tienen lo que hay que tener para ponerse ante un público a base de ingleses y rusos de bañador apretado y tirante holgado, de señoras alemanas de piel requemada y calores acalorados. Muy pocos.

Por eso, el cantante de cámping suele trabajar a conciencia su puesta en escena, con sofisticación pero con sobriedad, arreglado pero informal. Un chaleco de cuero negro o, mejor aún, de polipiel brillante (Shiny, shiny, shiny boots of leather, cantaban en la Velvet Underground), unas botas camperas y una camisa ajustada con un pantalón bien apretado son el vestuario perfecto para la audiencia.

El recorte de mangas a lo Bruce Springsteen es opcional, pero los arreglos capilares son innegociables. Luzca barbas, patillas o perillas (mejor perilla, siempre, bien pegada a los noventa), éstas habrán pasado, invariablemente, por una concienzuda sesión de recorte y peinado. Y, si se tercia, teñido. Pelo engominado o con laca, el movimiento no es opción, a menos que se luzca melenaza al viento o flequillazo. Por último, algo de maquillaje nunca es mal compañero.

Carátula del disco Born in the USA

¿Instrumentos? El cantante de cámping se basta y se sobra con su chorro de voz. Un micrófono, un teclado para darle a las bases rítmicas y unos buenos altavoces (buenos significa que suenen fuerte y se hagan oír desde la segunda y tercera línea de autocaravanas) es todo lo que necesita para desplegar su talento.

Una tarimita y unos focos de colores completan la escenografía. Eso sí: el micrófono, si no es inalámbrico, ha de llevar un buen cable. Lo suficientemente largo como para acercarse a las mesas de la terraza del chiringuito de los helados donde se llevará a cabo la función. Para susurrarles al oído a las señoras mayores un You’re My Heart, You’re My Soul de los Modern Talking que erizará los pelos de la nuca al más insensible.

Ser un cantante de cámping requiere cultivar repertorios variados y moldeables, encadenando sin despeinarse (a menos que se luzca pelazo con melenaza, como ya se ha apuntado, en cuyo caso el cantante de cámping se desmelenará como una fiera salvaje) los grandes éxitos de Coyote Dax, Eurythmics, Georgie Dann, Frank Sinatra y Carlos Vives.

Y hacerlo ante un público sentado en mesas y sillas de plástico blanco, que sorben sangrías con pajita mientras un puñado de niños y niñas de no más de seis años bailotean solitarios, helado en mano, en el espacio creado entre el cantante de cámping y ese público que aplaude con tibieza.

A veces, los niños se encaraman al escenario y se lanzan atropelladamente a ese espacio vacío

A veces, los niños se encaraman al escenario y se lanzan atropelladamente a ese espacio vacío: la cuarta pared que el cantante de cámping tiene que romper noche tras noche presentando con voz ronroneante y sugerente el próximo temazo que va a interpretar.  

Reconocer el trabajo de estos profesionales (con una mención especial a sus fieles teclistas, que le dan con pasión a los botones de las bases rítmicas y de los coros en falsete) es de justicia. Noche a noche, otra campaña turística más, siempre en la carretera. Camino de otro cámping. Del próximo resort. Como Willie Nelson, On the Road Again.

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