David Callau, trazos en el gran Bolshói

Arte. El talento del artista cambrilense ha aterrizado en Moscú para colaborar con el ballet ruso

Marc Libiano

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Foto: Jesús Umbría

Foto: Jesús Umbría

Galina Stepanenko se cruzó en la vida de David Callau (Cambrils, 1973 ) un mes de agosto de 2019, simplemente por una cuestión de azar. Suele ocurrir en los artistas. El cambrilense jamás pensó que aquella gala solidaria contra el Alzheimer en la Casa Sant Josep de la ciudad, le abriría una puerta estratégica para expandir su carrera. En ese lugar, Stepanenko descubrió, junto a un grupo de amigas, el talento de Callau, que pintó en directo para los curiosos que se acercaron el recinto. Lo que pudo haber significado una simple anécdota se convirtió en un idilio prestigioso para David, que al día siguiente de la gala recibió una visita inesperada en su galería personal, en la calle Drassanes de la villa marinera. Stepanenko compareció con una traductora para disfrutar de nuevo de una exhibición artística del pintor. Con mayor intimidad, claro. 

Lo que el cambrilense desconocía es la autoridad popular de Stepanenko en el mundo de la danza clásica. Considerada como una de las mejores bailarinas de los últimos 25 años, la rusa ejerce actualmente como subdirectora del Gran Teatro Bolshói, un auténtico templo del ballet, con sede en Moscú. Galina quedó tan asombrada de las habilidades de Callau que le invitó a pasar una semana en el recinto, a convivir con los ensayos y las coreografías del ballet y a colaborar con sus trabajos en el escenario y con una exposición en el futuro. El primer viaje a Moscú significó una experiencia vital formidable para Callau. «Desde pequeño me gustó mucho el ballet, de hecho quería bailar pero no tuve mucha oportunidad. De ahí que esto sea como un sueño para mí», advierte.

Callau, en el gran Teatro Bolshói

David descubrió el prestigio de Galina Stepanenko en una consulta en el buscador de Google, justo después del primer contacto en Cambrils. El privilegio del que disfruta ahora mismo sólo dispone de una razón; la magia de sus manos. 

En esos siete días de toma de contacto en la capital rusa, se hospedó en un hotel cercano al Bolshói, acudió a los ensayos para pintar los murales mientras el ballet se desplegaba y estampó los ropajes de viaje de sus integrantes. La firma de David Callau ya forma parte de una de las compañías de danza más tradicionales del mundo, un escenario que ni se había planteado.

En la estancia en Rusia no sólo hubo espacio para la labor, también para una Master Class con el coreógrafo ruso Azari Plisetski, con excelente trayectoria en el mundo de la danza y en el ballet de Cuba. «Él me avisó de la suerte que tengo de poder trabajar con Galina». En uno de los ensayos previos al estreno de «Giselle», sólo dos personas presenciaron esa prueba. Callau fue una de ellas. «Estoy viviendo situaciones maravillosas. El Bolshói es todo un mundo. Un lugar que impresiona», refleja.

El próximo viaje
El estatus vital de este artista se encuentra prácticamente en un avión mensual. Su vida es un viaje lejos del acomodo y la zona de confort. Mezcla bohemia conceptual y lujo. Dignifica cada paso rutinario del oficio, en todo el esplendor de esa palabra. Acaba de aterrizar de una experiencia laboral en Tailandia para regresar, durante la tercera semana se marzo, a Moscú, donde todavía no ha completado su influencia. 

Foto: Jesús Umbría

De forma paralela a sus experiencias lejos de España y Catalunya, el cambrilense ya ha instalado su nuevo espacio de influencia en Madrid, concretamente en el barrio de Salamanca. Allí reluce la galería «Desearte», un precoz proyecto que le ha permitido dar paso a un inédito mercado y centralizar sus habilidades «Tenía claro que o abría en Madrid o en París, que es donde pasan muchas cosas a nivel de arte», refleja. No han tardado en llegar los frutos. Ha exportado sus trabajos a países como Colombia o Estados Unidos.

Eso sí, Cambrils permanece vigente. «Quiero seguir allí, porque me siento de allí y me han ocurrido situaciones fantásticas», reconoce. Por ejemplo, la maravillosa casualidad rusa. Sus trazos ya presumen en el Gran Bolshói.

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