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El acordeonista de la Part Alta

‘Bésame mucho’, ‘Oh sole mío’ y ‘Los pajaritos’ son algunos de los clásicos 

Núria Riu

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Johnny, el acordeonista de la Part Alta.

Johnny, el acordeonista de la Part Alta.

Estás en casa y de repente escuchas las primeras notas, y es en este preciso momento cuando uno se da cuenta de que el verano ha llegado a Tarragona. El sonido del acordeón forma parte de estos meses de canícula en nuestra ciudad. Un período en el que miles de personas pasean a paso lento, y en el que las cámaras de fotos han sido sustituidas por los palos de selfie.

Johnny Maros es un mítico del verano en Tarragona. Es el acordeonista de la Part Alta. Con su música, acompaña y crea un ambiente entrañable  para los cientos de turistas que llenan las terrazas tanto al mediodía como a partir de la noche. Pero también entre los vecinos, que por unos momentos disfrutan de unas melodías que se cuelan por las ventanas abiertas, silenciando los últimos volantazos del Procés en el telediario.

Este es el décimo verano que Johnny Maros pasa en Tarragona. Una ciudad que tan solo conoce en los meses de bochorno. Los inviernos los pasa en Galati (Rumania), donde vive con sus padres. Y cuando llega abril coge el avión e inicia su periplo. Primero con la  recogida de la cereza en Tivissa. Después pasa cuatro meses enTarragona, siempre acompañado de su acordeón, y en septiembre, cuando la ciudad se sumerge en la fiestas, coge de nuevo sus pertrechos y se marcha hacia Falset, para participar en la vendimia. 

A los diez años ya tocaba en  bodas y empezó los bolos con una orquesta

Con el inicio del frío se suma a la recogida de la oliva y, cuando la actividad en el campo se ha acabado, vuelve a su país para pasar el largo invierno. Todos los años el ciclo es el mismo. Medio año en Catalunya, el otro medio en Rumania. Sin ganas ni voluntad de echar raíces definitivamente en ninguno de los dos sitios. «Allí la vida es muy dura, pero tengo mi familia», reconoce. ¿Y en Tarragona? «¿Qué hay en Tarragona después del verano?». Su modus vivendi es el turismo, y la ciudad empieza a hibernar después de las fiestas de Santa Tecla.

Músico de profesión, aprendió a tocar el acordeón a los ocho años. Viene de una familia de músicos en la que el abuelo tocaba el violín, su progenitor el acordeón y el hermano el saxo. A los diez años ya tocaba en  bodas. Hizo los estudios de música y se fue de bolos con una orquesta que ha amenizado todo tipo de fiestas y celebraciones. De hecho, ésta sigue siendo su actividad esporádica en invierno, cuando vuelve a su país de origen. «Aprovecho para estar en casa tranquilo con la familia y puedo comprar patatas, cerdo y otra comida para estar todos justos», describe. 

Empieza la jornada a las dos de la tarde. Su periplo comienza en la Rambla Nova, para después seguir hacia la Plaça de la Font, la Plaça del Rei y del Fòrum. Siempre con el acordeón colgado en la espalda, el mismo que le ha acompañado durante más de treinta años. «Es mi mujer y mi hijo», bromea. Y ese cariño que siente hacia su compañero de aventura hace que nunca lo haya abandonado por el saxo o el piano, otros de los dos instrumentos que sabe tocar. Marcos es cautivo del sonido de un aparato que con su melodía transporte la imaginación de los que lo escuchan hasta lo inimaginable. 

Llega a sacarse una media de 30 euros al día

En el repertorio tiene algunos clásicos.  ‘Bésame mucho’, ‘Oh sole mío’ y ‘Los pajaritos’ son algunas de las piezas que no faltan nunca. Puede llegar a tocarlas hasta cuatro veces en un mediodía, y otras tantas en el pase de la noche. Sin embargo, asegura que el repertorio es mucho más amplio y que no tiene un no para una petición que le llegue de una de las mesas. «Si no la conozco llego a casa, la busco en internet y en media hora ya la tengo», describe.

Con su eterna sonrisa pasea después entre las mesas a ver si su esfuerzo es recompensado. «A veces hay suerte, otras no, pero no pasa nada», afirma. Llega a sacarse una media de 30 euros diarios, una suma que le da para vivir y para mandar unos ahorrillos a la familia. Acepta con fair play la suerte. Asegura que ha visto un notable incremento del turismo en la ciudad en los últimos tiempos y que hace dos o tres años los visitantes iban con el bolsillo más suelto.

A sus 46 años se ha convertido en un clásico del verano en Tarragona. «Mucha gente ya me conoce», concluye.

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