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Huérfanos de balón

El chiringuito de Pedrerol se esparce como semillas en época de siembra

Jordi Cabré

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Entre los souvenirs, siempre hay camisetas de fútbol  en primer plano. Foto: Pere Ferré

Entre los souvenirs, siempre hay camisetas de fútbol en primer plano. Foto: Pere Ferré

A los que nos gusta el fútbol, el verano se nos hace eterno. Es cierto que los Mundiales, Eurocopas o la Copa Confederaciones de turno, que terminó el domingo, son un chispazo agradecido en época de canícula, playa, cerveza en la terraza y una parrilla televisiva que provoca bostezos sin parar.

¡A los que nos gusta el balón, la ausencia de fútbol es como una tortura crónica estos días!

A partir de ahora, el desierto balompédico es infinito. La Liga, que empieza en agosto, parece un espejismo. Sí es cierto que la pretemporada está a la vuelta de la esquina y que la rumorología de los fichajes llena este vacío existencial.

Hasta la fecha el affaire Cristiano, el culebrón Verrati y a ver dónde colocamos antes de empezar la competición a James o a Turam son parte de la salsa de unos días sin árbitro al que criticar por sus decisiones. Son épocas de memeces. Si la sonrisa de éste delata compromiso eterno al club que lo pretende; si el gesto fruncido del otro implica enfado irreversible; si las fotos de la boda de Messi y los ausentes significan algo.... Vaya, el chiringuito de Pedrerol se esparce como semillas en época de siembra.

Nada de todo ello es comparable a volver a disfrutar de un partido de verdad, un match con puntos en juego. Para llegar a este nivel de tertulia de expertos en balompié, todavía falta el Despacito en directo de las Nits Daurades.

Adictos al sofá

Mientras esta adicción al mullido sofá y mando a distancia no llega, uno se debe entretener en contar cuántos son de mi equipo o del rival los que pasean arriba y abajo por el paseo marítimo.

¡Somos tan transparentes! La equipación masculina de vacaciones nos delata allá donde vamos: bañador, chancletas y por encima de todo –saquemos pecho–, la camiseta de fútbol de nuestro equipo del alma.

Propongo al lector que se tome un tiempo sentado en un banco cualquiera de un paseo marítimo de la Costa Daurada o Terres de l’Ebre y se ponga a contar zamarras de fútbol hasta que se canse.

Camisetas clásicas: Barça, Real Madrid, Atlético, Real Sociedad, Sevilla, Betis, Athletic de Bilbao. Pasemos a Europa: Chelsea, Manchester, PSV, Ajax, Liverpool, PSG... Vayamos a nuestra división: Mirandés, Huesca, Real Zaragoza, Alavés, Nàstic o Reus Deportiu. Perderá la cuenta en pocos minutos. Me apuesto una jarra de cerveza.

Oficial u oficioso

Los más afortunados lucen la elástica oficial, la que cuesta un riñón adquirirla en la tienda oficial del club, pero no les importa hacer cola el primer día de ponerla a la venta. Sus nombres de verdad o sus ídolos resaltan en la parte superior trasera y la publicidad del patrocinador esconde la barriga de muchos.

Otros lucimos la camiseta que todavía conservamos del pasado. Aquellas en las que invertimos capital y que la barriga de los años venideros hace que quede corta y en muchos casos inapropiada. La culpa es de los lavados, que encogen. Nosotros estamos igual de figurines. Los años no han hecho mella. ¡Iluso!

Y entre toda esta pasarela de moda deportiva a pie de playa, no pueden faltar los tenderetes con el último modelo de zamarra en el escaparate. Son comerciantes que te consiguen la camiseta de tu ídolo antes de que éste ya la sude en el primer entrenamiento de verano. Unos hachas del márketing.

En un viaje pretérito a Argentina me vendían la camiseta de Boca y River a diferente precio en función de si empezaba el Torneo Clausura o el Apertura. Ninguna de ellas era la oficial. En la Costa Daurada pasa lo mismo. Hay camisetas del Barça patrocinadas por Rakuten antes de que la firma japonesa diera permiso a imprimir su sello.

Pero a muchos turistas extranjeros les cuelan estas camisetas y lucen su tipazo rojo gamba con estos tesoros balompédicos nacionales. Aunque usted sabe que no es la oficial, sonría, que él es feliz.

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