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La angustia de sentirse desconectado

Siete de cada diez adolescentes españoles asegura que lo pasa mal si se queda sin conexión a internet. ¿Qué papel juegan los adultos en este escenario?

Mònica Just

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Los adolescentes tienen la necesidad de sentirse conectados. Foto: Pixabay

Los adolescentes tienen la necesidad de sentirse conectados. Foto: Pixabay

Los adolescentes tienen una intensa relación con internet y las redes sociales. Muchos confiesan estar enganchados. El último informe Pisa sobre el bienestar de los estudiantes señala que el 70% de los adolescentes españoles reconocen pasarlo «realmente mal» si no tiene conexión. Hay quien se escandaliza y dice que siete de cada diez son muchos. Y que tres horas al día, también. Pero la primera pregunta a plantear sería: ¿Qué hacemos los adultos?

Es una reflexión que pone sobre la mesa Natàlia Cantó- Milà, socióloga y profesora de los Estudis d’Arts i Humanitats de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). «Es una cuestión curiosa. A veces nos alarmamos si vemos que los adolescentes se pasan tres horas al día conectados a internet, cuando la mayoría de adultos las superamos de lejos», explica. Por ello, insiste en que es importante ir más allá de contar las horas y analizar el tipo de uso que se le da. 

La socióloga lamenta que no se ha dedicado suficiente tiempo a explicar los usos distintos de tecnologías como los móviles o tabletas. «Para mucha gente es una herramienta de trabajo. Otros lo utilizan para leer. No todo son redes sociales o juegos. Y que nuestros hijos tengan un dominio altísimo como usuarios y sean nativos digitales no significa que tengan también un dominio altísimo de las posibilidades de estos dispositivos», insiste.

Los expertos insisten en que no se ha dedicado suficiente tiempo a explicar a los jóvenes los usos de las nuevas tecnologías

Cantó- Milà también manifiesta que es clave tener en cuenta cómo se comunican las cosas. «Los adolescentes no aprenden de sermones, sino de lo que ven, de lo que hacemos nosotros. Y lo caricaturizan. A veces hay una contradicción radical entre lo que hacemos y lo que les decimos que hagan», apunta. Y son este tipo de acciones las que generan más rechazo. «¿Cómo le digo yo que no esté conectado al WhatsApp de los compañeros de clase si yo estoy en el de padres?», plantea, añadiendo que, ante todo, la sensación de sentirse conectado con otros no solo gusta a los niños y jóvenes, sino a todos.

«A veces no entendemos que una parte importante de las relaciones sociales de los adolescentes –igual que ocurre con las nuestras– pasan por las redes. Organizan cenas, salidas... Todo pasa por aquí», explica la socióloga. Es aquella sensación de perderse cosas. De sentirse alejado del mundo. Y los adolescentes quizás tienen menos herramientas que los adultos para aprender a gestionarlo.  La forma de afrontar esta desconexión es distinta. Para muchos adultos es un lujo. Para la mayoría de adolescentes, una tortura.

Los adolescentes tienen menos herramientas para gestionar la desconexión. Para muchos adultos es un lujo. Para ellos, una tortura

‘Ya no sabemos aburrirnos’

Lo que sí que le preocupa es que mucha gente, sobre todo los jóvenes, ya no sabe aburrirse. «La gente es incapaz de quedarse mirando la pared, pensar e inventarse cosas. Esto sí que es una pérdida. Pero si tienes un adulto al lado que cada vez que tiene un momento libre saca el móvil, es difícil aprender a no hacerlo», insiste.

La socióloga remarca, ante todo, que es «un gran error» demonizar a los padres que dan el móvil o la tableta a sus hijos para que se entretengan. «A veces no tienen otra alternativa. Criticar a un grupo grande de padres desde una posición de superioridad, sin entender las causas intrínsecas que les llevan a hacerlo, no es bueno. No hay que poner etiquetas. Quizás es su única opción para poder ir a poner la lavadora», concluye.

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