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La canción del verano que habla de Prades y La Mussara

El tema del compositor reusense Miquel Vilella no va de playa ni de bikinis, sino del amor en las plazas, La Mussara y el cava

Raúl Cosano

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El músico reusense Miquel Vilella, en una imagen promocional. Foto: C. Fargas

El músico reusense Miquel Vilella, en una imagen promocional. Foto: C. Fargas

«Es atípico. Es bonito. Es romántico. Es verano». Lo dice Miquel Vilella, compositor de Reus, que anunció así su última creación, una canción del verano que no es una canción del verano. Porque aquí no hay playas, ni sol, ni windsurfing, ni nadie en bikini. Tampoco sonará masivamente en las terrazas ni en discotecas, pero bien pudiera hacerlo en las verbenas de interior, por la noche, cuando se abre el cielo, refresca y se agradece la rebequita, y hasta la manta en la cama. 

Bien podría ser el preludio de la fiesta mayor en esas plazas pequeñas, que se vuelven pronto bulliciosas con la danza en familia y la luz tenue de los farolillos. El tema se llama 'Amor a la plaça (res s’acaba)', y uno imagina a Miquel Vilella, orfebre abonado al pop épico y complejo, enfrascado en su piso con vistas al ábside de la Prioral y abordando el desafío de componer una canción del verano, pero a la vez con ganas de dinamitar la etiqueta. 

La canción es un encargo para la emisora iCat, en pleno festejo estival para celebrar su vuelta a la FM en septiembre. A Miquel también le picó hace unos años darse cuenta de que a estas alturas de carrera –varios discos en su haber– todavía no había compuesto una canción de amor. Le dio vueltas a ese hueco en su repertorio y a partir de ahí, espoleado, vertebró su último trabajo. 

La radio, la voz que acompaña los viajes del verano en coche, está presente en esta nueva canción, pero también esos referentes ineludibles cercanos y siempre inspiradores por su aura mágica. No falta La Mussara, y su repetidor del Camp de Tarragona, refugio de parejas que van a intimar. Definitivamente, la montaña de los mil climas, embriagadora y esotérica por excelencia, se ha convertido en una musa recurrente, en un rinconcito no sólo para la leyenda sino también para la literatura.

Si no, que se lo digan a Fito Luri, que vivía a los pies, en Vilaplana, y la miraba cuando quería echar un ojo al cielo y enfilar Cassiopea. Y La Mussara aparece en el discurso de Vilella, casi como atalaya desde dónde mirarlo todo o sitio al que escaparse a veces. 

No importa que su anterior álbum lo pariera en el palpitar metropolitano de un cuartito de Brooklyn, en otro verano pegajoso. «Madrid, Nueva York, Barcelona, el Camp de Tarragona. No hay diferencia. No separo. Los personajes funcionan en Castellvell del Camp y en Nueva York», decía él. 

¿Pero qué personajes? Y, es más: ¿de qué va 'Amor a la plaça', esa canción atípica y romántica del verano, luminosa y vitalista?. De una pareja que ha pasado un mal invierno y que, al llegar el calor, saca la caravana del garaje para rehacer su amor, con éxito. Pero hay más ingredientes, y bien cercanos.

La letra recupera esa euforia veraniega, en la que todo parece nuevo o a punto de estallar. Habla de vasos de plástico, de Prades, de la fiesta, de la fuente y del cava que emana. ¿Qué más quieren que tenga una canción del verano que huye del cánon habitual?. ¿Rulots de segunda mano?. Las hay. ¿Ovnis? Pues también. 

Todo ello, envuelto en esa melodía gloriosa, ‘in crescendo’, expansiva y, sobre todo, pegadiza, porque no olvidemos que es condición innegociable en el género, por solemne que se ponga a veces Vilella. Él, que de niño tocó salmos y aleluyas en la iglesia de la Puríssima Sang, en Reus, ha actuado hace unos días en la iglesia románica de Forès, ese mirador de la Conca de Barberà que también es un lugar privilegiado. Porque al de Reus le gustan, le retan las alturas, a pesar de que se reconozca como alpinista de sofá. De ahí que en su último álbum, 'La línia màgica', se inspire en la ‘magic line’ del K-2, la expedición mítica encabezada por Òscar Cadiach.

Los imaginarios transitan rápido, y van de la Serra del Montsant al K-2, o de Williamsburg a la Vila Vermella. Miquel Vilella le canta a todo eso pero también al amor, aquella vieja cuenta pendiente que ahora no para de surtirle. «Quizás es porque aún no sé cómo funciona el amor, pero tengo el consuelo de que mucha gente a mi alrededor está igual», decía hace un tiempo. 'Amor a la plaça (res s’acaba)' es una canción de amor, sí, pero también de encenderse y venirse arriba, de comenzar a comerse el mundo empezando por una noche cualquiera de verano

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