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La habitación roja: los últimos románticos, en Tarragona

La banda que convirtió L´Eliana en Manchester, que conquistó el FIB y que despachó himnos generacionales a tutiplén, se sobrepone a mitificaciones, 20 años de carrera y a la distancia entre sus miembros para seguir en la brecha. Recién aterrizados desde Chile, donde han actuado, el grupo valenciano vuelve este viernes la Sala Zero de Tarragona para presentar las canciones de ´Sagrado corazón´

Raúl Cosano

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La habitación roja: los últimos románticos, en Tarragona

La habitación roja: los últimos románticos, en Tarragona

-¿Cómo se ve la música cuando se llega a los 40 años?

-Cuando uno empieza a tocar hay grandes dosis de inocencia. Luego la costumbre te desgasta y tienes que intentar mantener intacta esa ilusión que al principio es innata. Hemos buscado formas de seguir ilusionándonos: tocar en Latinoamérica o grabar discos en Estados Unidos. Veo la música con más serenidad. Cada día es un regalo.

 

-¿Les llega la admiración de los grupos jóvenes que les citan como referentes?

-Fuimos unos de los primeros grupos que empezaron a cantar en castellano. Hicimos un puente entre los referentes de los 80, yo era fan de Radio Futura, Golpes Bajos o La Dama Se Esconde, y lo posterior: recogimos eso y lo actualizamos con toda la música anglosajona. Sí nos llega esa admiración, de gente que quiere sonar como nosotros, y eso es de agradecer.

 

-Han creado escuela.

-Mantenemos un equilibrio entre una vocación popular, porque somos un grupo de corte clásico, pero sin embargo con una coartada intelectual, con un plan de cambios coherentes y revoluciones tranquilas.

 

-Son pioneros del indie, junto con Los Planetas.

-Somos los pocos que han aguantado con un discurso coherente, sin dar bandazos, sin ser un grupo que aparece y desaparece. Cuando empezamos, comenzaron a surgir los festivales, los fanzines que hablaban de este tipo de música. Hemos pasado desde el ‘Do it yourself’ total a lo de hoy, cuando empieza a haber un trasvase de la independencia para llegar a un público más masivo.

-El público ha crecido con sus canciones.

-Sí, ya somos un grupo intergeneracional. Cuando haces giras en salas viene un público más maduro que en festivales. Me gusta esa mezcla. Es bonito darte cuenta de que tus canciones significan mucho para la gente, y de que han sido su banda sonora. De repente tus temas suenan en bodas o en funerales.

 

-¿Cuándo ven que lo que tienen entre manos es un hit?

-Como oyentes nos encantan los hits, esa canción de tres o cuatro minutos que te pone la piel de gallina, una letra que te dice cosas de tu vida que te hace reír o llorar. Las canciones más redondas son las que salen muy rápido. Estás incubando algo durante unos días, en una especie de estado entre melancolía y urgencia por sacarse de dentro algo, y de repente lo vomitas ahí en 15 o 20 minutos.

 

-¿Y se detecta rápido?

-Con nuestro mayor hit, Ayer, lo vi tan claro que al día siguiente escribí en Facebook: ‘Jorge Martí ha hecho un puto hit’. Que es por el grito de guerra que me recuerdan los amigos de Sidonie. Sabes que tiene algo que va a trascender el paso del tiempo y que puede formar parte de la vida de la gente. Hay que tener oficio y talento, pero también espontaneidad. Me interesa la inmediatez. Me gusta no desnaturalizar el chispazo. Las canciones son un fogonazo.

 

-¿Para qué sirve una canción?

-El camino más corto a la gente es la introspección, mirar dentro de uno mismo. No somos tan distintos. No voy a decir que hacer canciones me ha salvado la vida, pero sí me ha hecho salir adelante. Convertir cosas que me afligen en canciones me ha hecho superarlas. Los músicos hacemos reciclaje emocional de la basura.

 

-Dicen que buscan la canción atemporal perfecta.

-Me gustan los grupos capaces de trascender, esas canciones que pueden ser universales. La perfección no existe. Hay que ser perfectamente imperfectos. Es un poco como la vida. Uno aspira a la perfección pero nunca llega a ello, y por eso sigue adelante. Nos interesa sublimar la belleza, contra las cosas chungas que nos salpican.

 

-¿Cómo sale adelante un grupo con los miembros viviendo en ciudades distintas?

-Hemos aprendido. Pasamos mucho tiempo juntos, llevamos 50 conciertos este año. Nos juntamos a temporadas, preparamos la gira, tenemos periodos de barbecho, de airearnos y coger fuerzas. Ni Erasmus, ni cambios de ciudad, ni novias, nadie ha conseguido romper esto, y eso es buena señal.

 

-¿Por qué les gusta la etiqueta de ‘últimos románticos’?

-Porque define a alguien que se dedica a la música con todas las circunstancias, al hecho de hacer muchas cosas por amor, por encima de estrategias comerciales. Es importante mantener el espíritu amateur, de tomarte esto como algo vocacional.

 

-¿Les han reprochado alguna vez haber hecho una canción demasiado blanda?

-Sí, desde siempre. Las canciones son como nosotros. Como artista no me interesa maquillar lo que te gustaría decir en aras de lo que no eres.

 

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