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Volver a la 'uni' a los sesenta

El testimonio de cuatro mujeres que estudian en la universidad a la edad en que otros solo piensan en la jubilación

Norián Muñoz

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Ramona Sanahuja (63 años). Estudia el Grado de Psicología: 'Nunca me he sentido fuera de sitio entre tanta juventud'. Foto: Lluís Milián

Ramona Sanahuja (63 años). Estudia el Grado de Psicología: 'Nunca me he sentido fuera de sitio entre tanta juventud'. Foto: Lluís Milián

Àngels Boada (60 años). Está haciendo un doctorado en historia: 'Volver a la universidad ha sido como hacer un 'reset'. Foto: Lluís Milián

Àngels Boada (60 años). Está haciendo un doctorado en historia: 'Volver a la universidad ha sido como hacer un 'reset'. Foto: Lluís Milián

Maite Cubi (60 años). Está haciendo el doctorado en ciencias de la enfermería: 'Estudiar es como un hobby y con la edad no se me pasa'. Foto: Joan Revillas

Maite Cubi (60 años). Está haciendo el doctorado en ciencias de la enfermería: 'Estudiar es como un hobby y con la edad no se me pasa'. Foto: Joan Revillas

Núria Carminal (63 años). Estudia el grado de Historia del Arte: 'No hay que renunciar, nunca se pasa el tiempo de nada'. Foto: Alba Mariné

Núria Carminal (63 años). Estudia el grado de Historia del Arte: 'No hay que renunciar, nunca se pasa el tiempo de nada'. Foto: Alba Mariné

Hablamos con cuatro estudiantes de la URV que, superados los 60, han decidido volver a las aulas o pisarlas por primera vez . Hablan del estrés de los exámenes, la relación con los compañeros y del gusto de estudiar por gusto.

1. Ramona Sanahuja (63 años). Estudia el Grado de Psicología: 'Nunca me he sentido fuera de sitio entre tanta juventud'

Ramona, a pesar de que ha procurado formarse toda la vida, nunca había ido a la universidad. Primero se planteó estudiar a distancia, pero su hijo la animó a matricularse en la URV, donde está terminando psicología. Presentó y aprobó la prueba de acceso para mayores de 25 años y  comenzó de cero ‘no sabía ni como ir’ recuerda. Hoy en la URV hay 14 alumnos mayores de 60 cursando un grado (6 hombres y 4 mujeres).
Cuenta que hizo el bachillerato elemental y con 14 años obtuvo un título de instructora de educación física que le permitió  dar clases en dos colegios de su pueblo, Montblanc. Después cursó comercio y le habría gustado seguir estudiando, pero en su casa no había dinero para más.
Trabajó hasta que la prejubilaron en una entidad bancaria donde intentó aprovechar todos los cursos que  pudo. Inquieta, cuenta que aprendió inglés «con un librito».
Explica que antes de entrar a la universidad «tenía miedo a como me iban a ver... Fue entrar a clase y pensar ‘cuánta juventud’», Pero enseguida la acogida fue estupenda «nunca me sentí sola o fuera de sitio». Siempre había quien la invitaba a apuntarse a los trabajos en grupo. Y como sus compañeros decían que los profesores la tenían en mejor consideración siempre le pedían que hiciera las preguntas comprometidas.
Ahora ya ha recuperado el ritmo de estudiar, pero en un principio tenía que leer los textos varias veces hasta entenderlos. La informática también se le hizo un poco cuesta arriba «¡Ay el día que me dijeron que tenia que hacer un Power Point!.. Allí veías a mis hijos enseñándome cómo preparar las presentaciones», recuerda entre risas. Eso sí, aunque su familia la ha apoyado siempre, siente que le han faltado horas para estar más con su marido, sus dos hijos y su tres nietos.
Ahora está haciendo su trabajo de final de grado en la oficina de Gent Gran Activa del Ayuntamiento de Tarragona. «Esto me ha rejuvenecido y estoy orgullosa de mí misma», dice.

Ramona, a pesar de que ha procurado formarse toda la vida, nunca había ido a la universidad. Primero se planteó estudiar a distancia, pero su hijo la animó a matricularse en la URV, donde está terminando psicología. Presentó y aprobó la prueba de acceso para mayores de 25 años y comenzó de cero ‘no sabía ni como ir’ recuerda. Hoy en la URV hay 14 alumnos mayores de 60 cursando un grado (6 hombres y 4 mujeres).

Cuenta que hizo el bachillerato elemental y con 14 años obtuvo un título de instructora de educación física que le permitió dar clases en dos colegios de su pueblo, Montblanc. Después cursó comercio y le habría gustado seguir estudiando, pero en su casa no había dinero para más.

Trabajó hasta que la prejubilaron en una entidad bancaria donde intentó aprovechar todos los cursos que pudo. Inquieta, cuenta que aprendió inglés «con un librito».

Explica que antes de entrar a la universidad «tenía miedo a como me iban a ver... Fue entrar a clase y pensar ‘cuánta juventud’», Pero enseguida la acogida fue estupenda «nunca me sentí sola o fuera de sitio». Siempre había quien la invitaba a apuntarse a los trabajos en grupo. Y como sus compañeros decían que los profesores la tenían en mejor consideración siempre le pedían que hiciera las preguntas comprometidas.

Ahora ya ha recuperado el ritmo de estudiar, pero en un principio tenía que leer los textos varias veces hasta entenderlos. La informática también se le hizo un poco cuesta arriba «¡Ay el día que me dijeron que tenia que hacer un Power Point!.. Allí veías a mis hijos enseñándome cómo preparar las presentaciones», recuerda entre risas. Eso sí, aunque su familia la ha apoyado siempre, siente que le han faltado horas para estar más con su marido, sus dos hijos y su tres nietos.

Ahora está haciendo su trabajo de final de grado en la oficina de Gent Gran Activa del Ayuntamiento de Tarragona. «Esto me ha rejuvenecido y estoy orgullosa de mí misma», dice.

2. Àngels Boada (60 años). Está haciendo un doctorado en historia: 'Volver a la universidad ha sido como hacer un 'reset'

Desde que terminó la carrera en el 79, Àngles no había vuelto a pisar la universidad hasta que con 55 años decidió hacer el máster « Societats Històriques i Formes Polítiques a Europa» en la URV. Se decidió porque «tenía la sensación de que tenía que hacer un reciclaje por mí, pero sobre todo por mis alumnos».

Y es que Àngels ha sido profesora de historia en distintos institutos, (algunos de los cuales ha ayudado a fundar), durante toda una vida, un trabajo que ha comparado con su labor, durante 17 años, como regidora en su pueblo El Pont d’Armentera. Se jubiló en 2014.

Cuenta que volver a la universidad fue como «dar la vuelta a un calcetín, como hacer un ‘reset’. Le encanta ver la visión de las cosas que tienen los más jóvenes , aunque algunos amigos le dicen que «son ganas de complicarse la vida».

Se refieren seguramente a que Ángels no sólo se conformó con hacer el máster, sino que decidió embarcarse en un doctorado porque encontró un tema que realmente le apasiona: como la industria de la lana en el siglo XIX marcó para siempre la vida de su pueblo.

Ha sido un camino de hallazgos, literalmente, ya que encontró más de 2.000 documentos en una de las casas del pueblo que todavía está analizando.

Cuenta entusiasmada que la industria de la lana, tan potente durante el boom industrial en la comarca como la de Terrassa o Sabadell, influyó en todo, desde el trazado urbanístico del pueblo o la arquitectura de las casas, hasta las relaciones entre los propios habitantes del pueblo.

De hecho su primera investigación se convirtió en un libro publicado por Silva Editorial. La presentación, recuerda, tuvo lugar e verano pasado en una de las magníficas naves, ahora abandonadas, donde durante tantos años se escuchó el traquetear de las máquinas.

Ahora en su investigación doctoral pretende indagaren la vida de las familias industriales que estuvieron tras aquel fenómeno. Trabajo no le faltará pero dice que se lo está tomando con calma , ella está para disfrutar «solo quiero la presión que pueda tolerar», dice.

3. Maite Cubi (60 años). Está haciendo el doctorado en ciencias de la enfermería: 'Estudiar es como un hobby y con la edad no se me pasa'

«La mayor ilusión de mi vida ha sido ser enfermera, dicen que te quemas, pero yo no se lo que es eso», cuenta Maite (Maria Teresa) Cubi, y escuchando su historia es fácil creerle.

Comenzó a trabajar, primero sin título y después con el de auxiliar técnico sanitario, ATS, que obtuvo en la escuela de enfermería de VIC. Aunque nunca paró de hacer cursos y formaciones a lo largo de su carrera, no fue sino hasta los 50 años cuando, tras un cambio en su vida personal, decidió comenzar a hacer primero un máster en bioética en la Universitat de Barcelona y luego de geriatría en la URV, donde también es profesora asociada en la Escuela de Enfermería.

Pero no se conformó y decidió ir a por el doctorado también en la URV, que acabará este año. El tema de su investigación, que justo ahora está redactando, es sobre el envejecimiento y los recursos al final de la vida.

«El mundo geriátrico es precioso. Hay humanidad, ternura...Y la muerte, que ellos saben que está cerca y la tienen muy asumida», apunta, y lo dice con conocimiento de causa, porque es directora de una residencia de ancianos.

Siempre pensó que un día estudiaría medicina, pero por el camino descubrió que lo que quería era ser doctora en enfermería, unos estudios que hasta hace pocos años no existían. Aunque dice que ahora mismo «el currículum me importa un bledo».

Se ve cerca de la jubilación, pero no es que le entusiasme, cree que la sociedad aprovecha poco la experiencia de las personas mayores «no se aprovecha el aprendizaje de toda una vida» por lo que, en la medida de lo posible, quiere seguir aportando sus conocimientos allá donde puedan ser útiles.

¿Lo que más le cuesta? tener tantos frentes abiertos y encontrar 4 horas para dedicarse a estudiar «te falla la memoria cuando tienes tantas cosas en la cabeza», explica, pero enseguida le quita hierro «estudiar para mí es como un hobby y con la edad no se me pasa».

Tiene tres hijos ya adultos que siempre la han apoyado «están acostumbrados a que nunca pare».

4. Núria Carminal (63 años). Estudia el grado de Historia del Arte: 'No hay que renunciar, nunca se pasa el tiempo de nada'

A Núria la encontramos en la biblioteca, planea pasarse allí toda la mañana porque tiene que entregar un trabajo que la trae de cabeza. No pisaba la universidad desde que acabó la carrera del Filosofía y Letras allá por el año 1976.

Profesora de instituto durante años, cuando se jubiló tenía claras dos cosas: que no quería quedarse en casa y que quería una actividad intelectual que fuera exigente, que implicara una rutina y unos horarios, así que decidió comenzar la carrera de Historia del Arte, un tema que siempre le había gustado.

Eso sí, reconoce que «sufro con los exámenes, no porque no estudie, sino porque tengo miedo de no acordarme de las cosas. También me doy cuenta de que ya no soy tan rápida, que las cosas me llevan más tiempo que antes».

Pero la parte positiva es que ella está allí por gusto, por el mero placer de aprender y disfrutar de todo.

Sobre los compañeros, la mayoría acabados de salir del instituto, cuenta sonriente que «estoy bien acostumbrada a tratar con adolescentes» para, a renglón seguido, aclarar que «tratar con gente joven siempre es positivo y a pesar de la distancia de edad estoy muy a gusto».

En lo que se refiere a los profesores, reconoce que aunque seguramente es más exigente, también es más comprensiva.

Donde sí tiene dudas es sobre el sistema, porque considera que organizar los cursos en cuatrimestres no deja tiempo para profundizar en cada una de las asignaturas.

Una vez acabada la carrera le tocará recuperar su francés (sí, ella es de la época en que se estudiaba francés y no inglés, aclara) para examinarse porque sin este certificado no se graduará.

Está convencida de que «No hay que renunciar, nunca es tarde, nunca se pasa el tiempo de nada, tampoco de estudiar» y su familia la ha animado desde el principio y no cree que estudiar sea complicarse la vida «le doy mucho valor al estudio». La dejamos en la biblioteca concentrada y atareada.

Si quiere más información sobre las formas de acceso a la Universitat Rovira i Virgili para mayores consulte aquí. 

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