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Adela Cortina: "Debemos aprender que el futuro no se improvisa"

«No cambiaremos mucho», vaticina la pensadora, que reclama cultivar la aristotélica amistad cívica y virtudes como la compasión, al tiempo que anima a los políticos a buscar el bien común

MIGUEL LORENCI

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La filósofa Adela Cortina durante una conferencia.  FOTO: wikipedia

La filósofa Adela Cortina durante una conferencia. FOTO: wikipedia

Cultivar la amistad y la compasión. Pensar qué podemos aportar cada uno para construir el futuro. Son recomendaciones de Adela Cortina (Valencia, 1948), autora de ‘Ética mínima’, ganadora del Premio de Periodismo de ‘El Correo’ 2020 y que acuñó el término ‘aporofobia’, miedo al pobre.

¿Cómo cambiaremos tras esta convulsión?
Me temo que poco, por desgracia. De la crisis de 2007 no aprendimos mucho. Nada cambió. Y sería bueno que cambiaran las cosas y aprendiéramos algo.

¿Qué podemos aprender?
Que la solidaridad y la interdependencia no se improvisan. Hay que trabajarlas. Debemos cultivar día a día nuestras mejores dimensiones. Cuando llega la catástrofe y nos preguntamos qué hacer, vemos que hay que vivir del apoyo mutuo. Pero eso no se improvisa, como no se improvisan la justicia, la solidaridad o la compasión. Hay que cultivarlas a nivel personal y social. Los países también deben ser solidarios. Si lo fueran, algunos no nos hubieran requisado unos recursos sanitarios muy necesarios y otros no nos hubieran vuelto la espalda. Debemos aprender que el futuro tampoco se improvisa, que se cultiva día a día para responder a las otras catástrofes que vendrán.

¿De qué modo?
Con ese bagaje que desde la ética se ha llamado las excelencias del carácter. Las virtudes: la justicia, la prudencia, la templanza, o la compasión.

¿En cuál nos apoyamos hoy?
La palabra virtud no tiene hoy muy buena resonancia, pero en este momento hay dos que están muy unidas: compasión y esperanza.

Con los políticos, ¿hemos de ser ahora más críticos?
La ciudadanía ha de ser siempre crítica. Pero criticar no es insultar. Debemos discernir qué actuaciones son adecuadas y exigir a los políticos que no asuman más protagonismo del que les corresponde. Que sean facilitadores de los elementos de justicia que necesita la sociedad y pongan las bases para que cada cual pueda llevar adelante sus proyectos. Lo importante son las personas: el pueblo es el verdadero protagonista de la democracia. Los políticos deberían asumir un modesto segundo plano de gestores y no andar con trifulcas y conflictos que relegan al ciudadano. Deben ser competentes y buscar el bien común.

Para Aristóteles ser feliz es una necesidad humana. ¿Incluso en esta situación?
Hemos de recurrir a otra expresión de Aristóteles que es muy importante: amistad cívica. No es momento de pensar solo en cómo yo soy feliz. La elemental solidaridad que pide la situación nos lleva a pensar en que las personas somos unos con otros. Hemos de pensar juntos y vinculados. También los países deberían trabajar sobre esa amistad cívica, el vínculo entre quienes habitan un país, que en nuestro caso además de los ciudadanos son los inmigrantes, y que tienen que perseguir un proyecto común. Y el que nos une a todos ahora es salvar vidas a toda costa.

¿A qué otros pensadores podemos aferrarnos?
A Kant, que afirma que la libertad es fundamental. Que cada ser humano tiene dignidad y no un simple precio. Es muy pertinente, ahora que se habla de no atender a mayores de 80 años para dar más posibilidades a otros más jóvenes. No, oiga, no. Toda persona es digna: la de 80, la de 90 y la de 100. El discapacitado, el desamparado y el que tiene buena salud. Kant enseña que la dignidad humana es intocable y que de ahí brotan los derechos humanos.

Emerge estos días lo mejor y lo peor. Hay fobia al infectado e insultos al enfermo.
Las situaciones de crisis no son una gran novedad. Aflora lo que está latente. Si cultivamos aporofobia, aflorará más con la crisis. Lo mismo pasa con la solidaridad. Es muy preocupante ahora la tremenda situación de la gente sin hogar. Son los más vulnerables. En la calle cualquiera puede dañarles e insultarles. No tienen acceso al trabajo o a la atención social. Y eso es aporofobia, desprecio y rechazo al pobre, a la gente sin hogar y a los emigrantes. No se trata de xenofobia.

Todos somos filósofos en diálogo con nosotros mismos. ¿Cómo hacemos fructífera esa conversación?
Somos un diálogo, incluso cuando creemos estar haciendo un monólogo. Hemos de profundizar en la reflexión, pensar qué queremos hacer en esta situación y cómo queremos seguir adelante. Hemos de ser artesanos de nuestra propia vida, como decía Séneca. Y para eso es fundamental reflexionar sobre nuestros actos, nuestra relación con los demás y cómo quiero construir el mundo. Esa artesanía vital nos hará libres. Andamos siempre en el mundo de la ‘extimidad’ y nunca entramos en la intimidad, y es buen momento para reflexionar qué futuro queremos construir.

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