«Cuando conté lo que mi padre me hacía desaté la 3ª Guerra Mundial»

Una joven de 18 años relata cómo le han afectado los abusos que sufrió durante la infancia y lo que supone que su agresor siga libre

NORIÁN MUÑOZ

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Xena, de espaldas, en la redacción del Diari. FOTO: PERE FERRÉ

Xena, de espaldas, en la redacción del Diari. FOTO: PERE FERRÉ

Xena viene con la melena suelta, un chándal ancho y unas zapatillas deportivas. Su imagen concuerda a la perfección con su edad: 18 años recién cumplidos.

Xena en realidad no se llama así; es el nombre que hemos acordado para preservar su identidad. Sufrió abusos sexuales durante la infancia y se había puesto como meta hacer público lo que le pasó al llegar a la mayoría de edad, algo que sucedió hace unos días. Viene con su madre, que la acompaña en su decisión.

Las primeras preguntas obvias son: «¿Por qué venir a contarlo a un periódico?¿Qué te motiva?». La rabia está presente durante toda la entrevista: «Yo no tengo motivación por nada en la vida, pero quiero contarlo a ver si ayuda a que no le pase a nadie más».

Antes de entrar en materia, para romper el hielo, le hacemos las preguntas típicas sobre el futuro, sobre lo que quiere hacer en la vida; pero sus respuestas, una vez más, nos regresan a lo que le pasó. De niña era buena estudiante pero los problemas derivados de los abusos han condicionado toda su vida, también sus estudios. Consiguió aprobar la ESO, pero tuvo que renunciar hace poco a un ciclo de Formación Profesional que le gustaba mucho porque los constantes ataques de ansiedad que padece no la dejaron seguir. Antes ya le había pasado con el bachillerato. Se ha dado un tiempo para volver a intentarlo.

Poner la vida patas arriba

Con todo, Xena dice que «ya tengo mucho pasado» y recuerda que ha tenido que contar lo que le sucedió a muchas personas que no conocía (policía, juzgados, psicólogos, psiquiatras...). En el momento en que ella relató los abusos, hace cinco años, no había en funcionamiento en la ciudad, como hay ahora, un servicio centralizado de atención a las víctimas.

Relata que la suya fue una infancia «normal». La persona que abusó de ella era la pareja de su madre desde que ella tenía poco más de dos años, así que le consideraba su padre: «Hacía todas las cosas que hacen los padres: me llevaba al colegio, al parque...». Xena no sabe identificar a qué edad comenzaron los abusos; las primeras veces se recuerda «jugando con unas muñequitas» o a su hermano, con quien se lleva cinco años, en la trona... Le preguntamos en qué momento sintió que lo que hacía su padrastro cuando su madre no estaba en casa estaba mal. Dice que siempre lo supo, «pero era lo que había».

En el juicio que se celebró en la Audiencia Provincial de Tarragona condenaron al hombre, pero ha apelado y está pendiente de una resolución en el Tribunal Supremo de Justicia de Madrid. La fiscalía habla en su escrito de abusos «constantes y continuados».

El caso de Xena es el prototípico en lo que se refiere al autor de los abusos. En el 80% de los casos es alguien del entorno de confianza de los niños.

La revelación de lo sucedido tuvo lugar de manera casual, durante una comida familiar, cuando Xena tenía trece años. Su prima y su mejor amiga hablaban de un caso de abusos de alguien que conocían y ella soltó lo suyo. Lo que vino después fue una vorágine que Xenia recuerda como algo imposible de digerir.

Le insistieron para que se lo contara a su madre, «lo hicieron bien», recuerda. «Pero cuando vi a mi madre llorar de esa manera, ponerse de los nervios, comencé a sentirme muy mal. Yo no quería que nadie viera a mi padre como a alguien malo. Sentía que le había traicionado a él, que me había criado; que le había jodido la relación a mi madre (entonces la pareja ya no vivía junta pero tenía una relación excelente) y que le estaba quitando un padre a mi hermano (hijo biológico de su madre y su agresor)... Sentí que yo sola había creado la tercera Guerra Mundial».

También tenía miedo de que se lo contaran a su padre biológico. «Pensaba: ‘lo mata’. Solo decía en bucle: ‘que no le hagan daño’». Hasta ese momento las relaciones entre toda la familia eran muy buenas, incluso entre su padre y su padrastro.

De aquella comida familiar se fueron a los Mossos d’Esquadra, donde, aseguran madre e hija, «tuvimos un trato excelente».

Tocar suelo «muchas veces»

A partir de allí todo se precipitó. «Me afectó mucho. Estás continuamente en la mierda, sales de un mal pensamiento para entrar en otro peor», relata.

Admite que ha «tocado suelo muchas veces; he tenido miedo por mi vida». Sin embargo, reconoce que sí que llegó un momento de no retorno en el que ya no se podía ir a peor: cuando intentó suicidarse. A partir de entonces el tratamiento médico que le ha indicado el psiquiatra le ha hecho estar mejor. Eso sí, la atención que le brindaban a través de la sanidad pública es tan espaciada y se quedaba tan corta para sus circunstancias que han tenido que costear muchas visitas a psicólogos y psiquiatras particulares tanto para ella como para su madre y su hermano.

A Xena la sostiene la rabia, pero cuando le preguntamos por su hermano se derrumba y no puede contener las lágrimas: «No quiero que pase por toda la mierda, por toda la oscuridad que pasé yo».

Su hermano también denunció a su agresor por abusos, pero su denuncia fue desestimada. Su padre ya no tiene orden de alejamiento hacia él y su madre tiene miedo de que reclame llevar al niño con él en cualquier momento.

Xena no es capaz de comprender por qué se desestimó el caso de su hermano. A los adultos que tratan con menores que relatan abusos les dice que «si los niños tienen el valor de decirlo, que les crean, los niños no mienten sobre estas cosas... Si supieran lo que cuesta primero contenerlo y después decirlo no dudarían».

Respecto al conocimiento que tiene la sociedad en estos temas Xena se enciende y pone el ejemplo de lo que pasa en escuelas e institutos. «Todas las charlas que te dan son sobre las drogas, el alcohol, la sexualidad..., pero no te hablan nunca del consentimiento, de saber desde pequeño que tu cuerpo es tuyo, que el no es no... De por qué las mujeres seguimos sometidas a los deseos de los hombres».

Cree, además, que su rabia no terminará de salir ni se acabará de curar hasta que se haga justicia, porque durante todo el proceso judicial su agresor ha estado en la calle, continuando con su vida normal. «Él no ha pagado lo que ha hecho. Pudrirse en la cárcel es lo mínimo que puede hacer», sentencia.

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