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Luis Fernando Valero Iglesias: 'Si monseñor Romero hablaba en la radio, se paraba todo el país'

Entrevista al colaborador del arzobispo salvadoreño en los años 70
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Fernando Valero, colaborador del ´Diari´, trató a monseñor Romero desde 1967 hasta su muerte en 1980. Foto: P. Ferré

Fernando Valero, colaborador del ´Diari´, trató a monseñor Romero desde 1967 hasta su muerte en 1980. Foto: P. Ferré

- Usted trabajó con monseñor Romero y estuvo presente cuando le asesinaron en 1980. ¿Qué hacía usted, un profesor casado con una tarraconense, en El Salvador?

- A mí, recién acabada la carrera en la UB con 25 años y casado con Rosa Gils Torrents, me contrató en 1965 la Pontificia Universidad de Bogotá, que ya entonces era una de las universidades más famosas de los jesuitas.

 

- ¿Por qué se fue a El Salvador?

- Ignació Martín-Baró, Nacho, y otros jesuitas, me comentaron que ellos iban a crear una universidad en El Salvador, y me pareció buena idea irme. Con otro español montamos allí el Colegio Jerónimo de Moragas, para niños discapacitados. Yo mientras también daba clases en la Universidad Centroamericana (UCA) José Simeón Cañas, donde empecé haciendo las sustituciones de Ignacio Ellacuría, uno de los padres de la Teología de la Liberación.

 

- ¿Conoció enseguida al obispo Óscar Romero?

- El ministro Walter Béneke me escuchó dar una conferencia de cine. Me propuso poner en marcha la Televisión Cultural Educativa, un proyecto innovador que me permitió ir por los pueblos y ver la realidad del país. Acabó fracasando, entre otras cosas porque no habíamos contado con las centrales sindicales de los maestros. Yo tenía contactos ya con los sindicatos de izquierda. En seguida me metí en política. Era 1967, el año que conocí al obispo Romero.

 

- ¿Qué tal el primer encuentro?

- Un encontronazo. El obispo Romero nos había llamado porque habíamos programado el cinefórum Un hombre y una mujer, de Claude Lelouch. Le pareció un escándalo. Es una cinta en la que la banda sonora en un acto amoroso es el latido del corazón de los amantes. Tuvimos una seria discusión. Monseñor Romero era entonces bastante conservador. Yo creo que nunca fue del Opus Dei, pero que era muy afín.

 

- ¿Y qué pasó con la película ‘Un hombre y una mujer’?

- La programamos. Mientras tanto, empecé a trabajar con los campesinos en acción social, en cooperativismo, a través de la Fundación Knapp, que llevaban unos judíos alemanes. También era profesor en la Escuela Superior de Magisterio. Era la época de Paulo Freire, de la pedagogía más importante en alfabetización. Me especialicé en eso.

 

- ¿Cuándo volvió a hablar con monseñor Romero?

- La UCA había creado un Centro de Proyección Social, y me nombraron director. Yo quería proponer a monseñor Romero montar una escuela para la formación de cuadros campesinos, para hacer cooperativismo.

 

- ¿Como vivía un campesino?

- Desde los años 60 en el país se habían sucedido los pucherazos, que favorecían a los militares, en el poder desde los años 30. El índice de alfabetización rondaba el 25%, la riqueza estaba en manos de 14 familias, e l campesino no tenía nada. Con las puertas de la lucha democrática cerradas y una represión brutal, solo quedaba la opción de la lucha armada. Nacieron muchos grupos de guerrillas, y también de contraguerrilla. Después se gestaría el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, y, patrocinados por EEUU, los Escuadrones de la Muerte.

 

- ¿Y usted?

- Yo estaba metido en el ajo. Bastante en el ajo. Pertenecía al brazo político de algunos grupos revolucionarios.

 

- ¿Estuvo en peligro?

- A mí me intentaron matar tres veces. Dos veces me avisaron antes. En el año 80, el 24 de mayo, me pusieron una bomba en casa. Nos marchamos de El Salvador. Yo tenía mi familia, mi mujer y tres hijos. Allí hice un balance. También por eso había dicho que no a irme a la clandestinidad, que me lo llegaron a proponer...

 

- ¿Cómo fue esa segunda reunión con monseñor Romero?

- Cuando me llamó para hablar del proyecto de escuela de cuadros cooperativistas, monseñor me dijo que me tenía que pedir disculpas por cómo había ido nuestro primer encuentro. Yo dije que no, que yo había sido un poco grosero aquel día. Me dijo que él no sabía entonces lo que yo estaba haciendo con los campesinos de El Salvador. Desde ese día fui un estrecho colaborador suyo, desayunaba con él muchos lunes. La escuela la hicimos en Chacalcoyo.

 

- ¿Cómo era Óscar Romero?

- Una persona muy humilde, muy sencilla. Escuchaba muchísimo, escuchaba a todo el mundo, y luego él hacía lo que creía que tenía que hacer. No era verdad lo que decían de que estaba influido por la gente de izquierdas, o por la gente de la Teología de la Liberación. Lo que ocurre es que los poderosos acusaban a algunos sacerdotes de ser comunistas por defender a sus feligreses que eran reprimidos. Se llegaron a imprimir octavillas que decían: ‘Haga patria, mate a un cura’.

 

- ¿Es cierto que su ideología evolucionó? ¿Qué ocurrió?

- El 12 de marzo de 1977 asesinaron a Rutilio Grande, que era su amigo y confesor, y que trabajaba con comunidades cristianas de base, con los campesinos. Lo asesinaron porque hacía una labor social impresionante. Cuando matan a Rutilio, Romero, recién nombrado arzobispo, cambia. Llega a decir que la sangre de Rutilio le bautizó de nuevo.

 

- ¿En qué se apreció el cambio?

- Se convirtió en la voz de los pobres, pedía justicia social, denunciaba las muertes, reclamaba el fin de la violencia, la de ambos bandos, siempre. En tres años habían muerto 30.000 salvadoreños. Cuando monseñor Romero hablaba en la radio diocesana, en la Ysax, el país entero se paraba, se paralizaba, para escucharle. Él sabía que un día le matarían. Quiso ser la voz de los que no tenían voz, así lo decía. Por eso le mataron.

 

- ¿Qué pasó?

- El 22 de marzo de 1980 cenamos en casa de unos amigos comunes. Al día siguiente hace su famoso discurso, en el que se dirige a los «hombres del Ejército». Les reprocha que «matan a sus mismos hermanos campesinos» en aquella homilía que acaba así: «Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: cese la represión». Es Domingo de Ramos y el lunes lo asesinan cuando está diciendo misa. Al levantar el cáliz le disparan.

 

- Usted estaba allí, ¿qué hizo?

- La homilía se estaba grabando, cogemos rápidamente la cinta, nos vamos para la emisora y sacamos copias. La grabación recoge sus palabras y el disparo. Un amigo sale para México y desde allí distribuimos las cintas por toda América Latina. Esto era importantísimo.

 

- ¿Qué opina de que le beatifiquen?

- Me alegro de ver que se le institucionaliza en el marco de santidad de la Iglesia. Su proceso de canonización estuvo bastante tiempo detenido, mientras que otros han tenido una canonización acelerada... Al fin se hace justicia.

 

- ¿Cómo lo interpreta?

- Como un signo claro de que, con el papa Francisco, algo está cambiando en la Iglesia.

 

- ¿No cree que para el pueblo de El Salvador monseñor Romero ya era santo?

- Y no solo para El Salvador, ¡si la gente le llama San Romero de América! Mire qué decía Ignacio Ellacuría, a quien los militares también asesinarían en 1989 junto con Nacho Martín-Baró y otros: «Con monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador».

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