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Un guardaespaldas de Gadafi, entre los refugiados que llegaron a Tarragona

'Si me identifica algún libio me pueden matar', explica. Cuando cayó Muamar el Gadafi, fue encarcelado y torturado. Hasta recibió un tiro. Escapó y hoy busca vivir en paz en Tarragona

Raúl Cosano

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M.está a la espera de obtener el asilo. En la imagen de arriba muestra la herida por un disparo. Foto: Lluís Milián

M.está a la espera de obtener el asilo. En la imagen de arriba muestra la herida por un disparo. Foto: Lluís Milián

«Yo era uno del núcleo, de los que estaba con él a todas horas, incluso cuando dormía», explica M., uno de los guardaespaldas del dictador libio Muamar el Gadafi, que está afincado en una población de la provincia de Tarragona desde noviembre de 2014. Su vínculo fue estrecho y cotidiano: le custodiaba en una habitación contigua mientras dormía, comía con él e incluso jugaron juntos a fútbol. «El trato era muy habitual, muy cercano», recuerda.

En marzo de 2015 solicitó la protección internacional para él y toda su familia: su mujer y cuatro hijos. Ahora, con la tarjeta roja en su poder (el documento que le acredita como solicitante y que le autoriza incluso a trabajar) espera la residencia definitiva, una respuesta positiva del Estado que le considere refugiado político y, por tanto, le permita asentarse definitivamente aquí y reiniciar su vida. «Jamás volveré a Libia. Tuve la suerte de ser encarcelado. Ahora, a cualquiera que tenga relación con Gadafi no le llevan a la cárcel. Le matan», explica.

Su relato detallado y prolijo en datos, ya en posesión del Ministerio del Interior, estremece. Con la caída del dictador (su muerte, difundida luego en vídeo, fue el 20 de octubre de 2011) comenzó su calvario, una odisea de cárceles y tortura. Aislado en la prisión, le daban la comida justa para sobrevivir. Le acuchillaron y le quemaron cigarrillos sobre la piel.

Un cambio físico

Dos borrachos entraron en su celda y le intentaron violar. En el forcejeo le pegaron un tiro en la mano (M. muestra la cicatriz). Desmayado y manchado de sangre, aquellos dos tipos le dejaron malherido en la puerta de un hospital. Aprovechó aquello para escapar. Desde entonces, su vida ha sido una persecución, una huida y un temor constante a ser descubierto, por eso M. ha llegado a cambiar su aspecto físico. Barba, gafas de sol y un gorro le ayudan a pasar desapercibido. «A veces me hago pasar por los rebeldes. Si me identifica algún ciudadano libio, mi vida corre peligro. Sé que me pueden matar», confiesa el escolta. Hasta llegar a Tarragona, ya con su familia, tuvo que aprender a camuflarse y a escapar a la mínima sospecha de que durante la dictadura había tenido un cargo tan próximo al poder.

Se marchó a una ciudad cercana a Trípoli, la capital libia. Allí trabajó haciendo labores en una casa, hasta que, a raíz de nuevos temores por represalias, se marchó hacia la frontera de Túnez. Compró un pasaporte, entró en el país norteafricano y, desde allí, solicitó un visado para Malta. Mientras, su familia lograba permanecer a salvo en su lugar de origen. «En Malta hay muchas personas de Libia. Allí me reconocieron y tuve que irme», dice.

La tortura y el miedo

No tenía más vínculo previo con Tarragona que la búsqueda de un lugar en el que no hubiera muchos compatriotas (según el Idescat, en la provincia residen actualmente 49, 22 de ellos venidos en 2015). Regresó momentáneamente a Libia, en un impass incierto en el que debía vigilar todos sus pasos. «Allí tenía poder, hice contactos. Había gente que se había pasado al lado de los rebeldes. Para mí, la labor de guardaespaldas era un trabajo al que había conseguido llegar. Nunca pensé que me fuera a costar vivir con este miedo, la tortura y la expulsión de mi propio país», asume.

Después de aquello, inseguro en su propia nación, tocó el desembarco final en Tarragona, y asumir la precariedad congénita a todo status de refugiado pero también su deseo, básico y complejo a la vez. «Estoy aquí en vuestras manos. No quiero nada más que una vida en paz. Quiero poder dormir tranquilo, sin miedo y sin temor por la vida de mi esposa y de mis hijos», escribe en el escrito, exhaustivo, lleno de detalles y retrospectivo prácticamente hasta el inicio de la revolución en Libia, en 2011. Aquí la familia recibió el apoyo de entidades como Cáritas y Creu Roja. «Para conseguir ayudas como un alquiler en Cruz Roja me dijeron que tenía que ir antes a un campo de refugiados. Pero no puedo asumir ese riesgo. Yo no huyo sólo de la guerra, huyo de la gente. Estoy siempre en peligro de que me reconozcan. Y pregunté a Cruz Roja: ‘¿Me podéis garantizar mi protección si voy a un campamento de refugiados?’ No podían, así que prefiero estar así, aunque sea sin ayudas. No puedo exponerme»

‘Estar sin luz no es tan grave’

M. y su familia se han acostumbrado a convivir con la escasez. En el mes de febrero, en pleno invierno, su vivienda se quedó sin luz. «Para combatir el frío, con mi familia, estuvimos todos unidos, juntos. Huyo de una situación de amenaza, de peligro de muerte y para mí estar sin luz ni calefacción no es tan grave». Ahora M. aprende español y busca trabajo, aunque se encuentre con obstáculos. Muchos empresarios, al verle el documento de solicitud de empleo (en el que explícitamente se indica que autoriza a trabajar), le rechazan. «Lo ven y se creen que somos ilegales. Sólo quiero tener un trabajo y poder vivir tranquilo», confiesa.

Lejos queda ya su Libia natal, un país aún agitado y en conflicto a pesar de la revolución, la primavera árabe y la esperanza de estabilidad. «Ya no me une más que la nacionalidad. No hay un buen futuro allí. No hay entendimiento, hay grupos terroristas de Al Qaeda, está entrando Daesh, hay un caos institucional». En apenas un lustro, el país africano ha cambiado los 42 años de dictadura de Gadafi por la ingobernabilidad, provocada en parte por la amenaza del Estado Islámico. Los yihadistas tienen el control precisamente de Sirte, la ciudad natal del dictador y también el lugar donde acabó muriendo.

Aquel linchamiento grabado en vídeo en plena calle y que dio la vuelta al mundo le pilló a M. en otra ciudad, aunque ya resguardado, obligado a permanecer oculto si quería conservar su integridad física. Ahora, mientas busca ayuda y trabajo aquí, difícilmente hablará mal de un dictador con el que confraternizó pero que generó rechazo y aversión en la comunidad internacional: «Era una persona buena, que buscaba el bien, que hacía cosas buenas para su país. De hecho, ahora mismo, tal y como está Libia, la comunidad internacional piensa que la situación era mejor entonces, y le interesaría regresar a aquel momento». M., con ese pasado convulso y un presente lleno de riesgos y amenazas, lucha por emprender en Tarragona una nueva vida junto a su familia.

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