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¿Una paga por la cara y que trabajen los robots?

La Renta Básica Universal entra en las agendas públicas de la mano de la destrucción de empleo provocada por la Revolución Digital

Rafael Servent

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¿Una paga por la cara y que trabajen los robots?

¿Una paga por la cara y que trabajen los robots?

Una paga por la cara. En concreto, por nuestra cara de humanos. O de primates evolucionados, según se quiera mirar. Poniendo la mano (y cobrando puntualmente) mientras vemos cómo los robots nos van sustituyendo en nuestros puestos de trabajo en oficinas, comercios, fábricas, centros logísticos, hospitales... ¿Otro argumento en la enésima trilogía distópica para lectores adolescentes? Pues no sólo.

La Renta Básica Universal (UBI, por sus siglas en inglés) ha dejado de ser un tema de debate de izquierdosos utópicos y soñadores para pasar a la agenda de personajes tan poco sospechosos de militar en el comunismo como Donald Trump. El punto de partida es claro: los humanos nos vamos a quedar sin trabajo, y eso va a suceder en menos de veinte años. Dicho así, con trazo gordo.

Afinando más: muchos humanos van a ser sustituidos en sus empleos por robots e inteligencias artificiales durante los próximos veinte años, y no van a ser capaces de resituarse profesionalmente en los nuevos empleos que se están creando (y se van a crear) con la Revolución Digital o cuarta Revolución Industrial.

Datos bien conocidos: sólo entre 2015 y 2020 se van a destruir unos 7,1 millones de empleos humanos en el mundo, de los cuales dos tercios se concentrarán en trabajos de oficina rutinarios, de tipo administrativo. En paralelo, apenas se crearán 2 nuevos millones de empleos en el área STEM (por sus siglas en inglés, Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), con lo que el balance neto del avance de la Revolución Digital en este lustro será la pérdida de 5,1 millones de empleos que no se han podido reubicar.

Las proyecciones proceden del informe The Future of Jobs, publicado el año pasado por el Foro Económico Mundial y tomado aún como una de las principales referencias para explicar por dónde van a ir los tiros (metafóricamente, se entiende) estos próximos años. A escala mucho más local, un reciente informe de Randstad Research titulado La digitalización: ¿crea o destruye empleo? asegura que en los próximos cinco años el sector STEM creará en España 1,25 millones de empleos, si bien vaticina que este proceso conllevará una importante destrucción de empleos (en especial en todos aquellos perfiles que hoy cuentan con una remuneración media), con puestos de trabajo que «desaparecen o se reconfiguran».

Genís Roca, presidente de RocaSalvatella y responsable del posgrado en Transformació Digital de les Organitzacions de la UPF Barcelona School of Management, es directo: «El hecho digital genera paro. Mucho paro. Veremos a centenares de miles de personas yendo al paro en puestos de trabajo bien cualificados, sustituidos por la robotización».

«Y toda esa gente que irá a la calle en los próximos cinco años –prosigue Roca– tiene la perspectiva de que el Estado se haga cargo de ellos. Lo cual significa más prestaciones y más gasto. Unido a una esperanza de vida más alta, donde hablar de vivir 90 años no es ninguna tontería, a ese taxista que irá al paro con 50 años, sustituido por el coche autónomo, le tendremos que pagar prestaciones durante 30 ó 40 años. La conclusión es clara: los Estados están en quiebra técnica».

Un punto de vista sobre el que coincide Ignasi Carreras, director del Institut d’Innovació Social de Esade, que afirma que «sí que vamos hacia una destrucción importante de puestos de trabajo en los próximos diez, quince y veinte años, donde las personas no podrán resituarse fácilmente en la economía digital».

Es en este contexto en el que «los Estados se están planteando –prosigue Carreras– una renta mínima [Renta Básica Universal], y se lo están planteando hasta gobernantes como Donald Trump [presidente electo de los EEUU]».

Finlandia, Holanda e incluso la India ya han puesto en marcha planes piloto para evaluar el impacto de una medida como ésta sobre sus sociedades. La principal preocupación es que su universalidad (se cobra la paga por el simple hecho de ser humanos, tengamos o no trabajo) desincentive la búsqueda de empleo.

Eva Rimbau, profesora de los estudios de Economia i Empresa en la UOC, argumenta que, en un contexto que define como de ‘botsourcing’ (una analogía con el outsourcing, en versión robotizada), «la renta básica tiene mucho sentido, y en algunos países se lo están tomando muy en serio».

«Porque si el trabajo es un derecho –prosigue– y la economía no da trabajo para todo el mundo, hemos de garantizar que la gente tenga unos mínimos para sobrevivir. Pero cuando das incentivos a que la gente no se busque la vida, llegan las críticas». Unas críticas que se esperarían desde las voces más liberales de la economía, pero que no siempre se dan. En muchos casos, el mensaje va en la otra dirección.

El último en apuntarse a la defensa de esa paga para todos ha sido Elon Musk, fundador de PayPal, Tesla Motors, SolarCity y SapceX. En una reciente entrevista en la cadena CNBC, el hombre que ambiciona colonizar Marte aseguraba que «hay muchas posibilidades de que acabemos con una Renta Básica Universal, o similar, a causa de la robotización. No sé qué más podríamos hacer. Creo que lo veremos».

También lo cree así Ignasi Carreras, de Esade, que vaticina que la Revolución Digital «conllevará muchas desigualdades, y por eso llegará [la Renta Básica Universal]. Y no por parte de partidos de izquierdas, sino de partidos conservadores, a causa del incremento de las desigualdades y para mantener la paz social. Llegará por parte de países anglosajones y conservadores. Y esa renta mínima saldrá de los presupuestos estatales, no de las cotizaciones».

La vieja economía se atrinchera

«El cataclismo lo tendremos en veinte años, cuando la gente que perderá en breve sus empleos haya agotado todas sus redes de solidaridad, pero los síntomas son ahora: el capitalismo se ha pasado dos pueblos». Genís Roca, responsable del posgrado en Transformació Digital de les Organitzacions de la UPF Barcelona School of Management, vaticina que, como en todo cambio de era, «vamos hacia un conflicto social».

«Estamos en una transición de un modelo hacia otro –prosigue Roca–, en modelo productivo, social, etcétera, muy importante, donde en los próximos 25 años, las ventajas competitivas se construirán a partir de la ética, frente a los últimos 25 años, en los que ha sido la tecnología».

«Es una transición –asegura– que nos ocupará sólo 80 años, de los que ya llevamos 30 consumidos. En 20 ó 30 años, le verás las orejas al nuevo modelo».

«Ahora –analiza–, en EEUU vuelve a mandar el petróleo, el cemento y la seguridad. El modelo económico antiguo todavía planta cara, y tiene mucho que ganar. Esta manera de hacer es claramente dominante hoy en el mundo. Pero no es más que la reacción del canto del cisne a un modelo que está muriendo».

«Este modelo lucha –concluye–, y habrá una lucha en la que veremos quién gana, y nos tendremos que posicionar. El problema es que no sé leer cuál es la elite que está diseñando el futuro social a 30 años vista, y lo que el mundo encuentra a faltar, frente a modelos claros como el de EEUU y China, es cuál es el modelo europeo».

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