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Vuelta a la escuela en Alepo

Un grupo de alumnos regresan al que fuera su colegio en el barrio de Saladino, situado en el este de la ciudad siria, tras el cese de los combates después de cinco años de guerra SIRIA

EFE

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Yusef, de 15 años, en su antigua clase del colegio de Ibn hazm al Andalusi. Los alumnos tuvieron que dejar de asistir a clase debido a la guerra. FOTO: ALEXANDROS VLACHOS/EFE

Yusef, de 15 años, en su antigua clase del colegio de Ibn hazm al Andalusi. Los alumnos tuvieron que dejar de asistir a clase debido a la guerra. FOTO: ALEXANDROS VLACHOS/EFE

Caminan por la calle excitados, cargando sus sillas y sus pupitres hasta su antiguo colegio, situado en el barrio de Saladino, en el este de la ciudad siria de Alepo, al que vuelven por primera vez, tras el fin de los combates.

Tras la tregua alcanzada por las autoridades y la oposición armada, primero en Alepo y, desde el pasado viernes, en toda Siria, los alumnos ansían regresar a su antigua escuela y ayudan a trasladar el mobiliario desde el colegio en el que fueron recolocados, debido a los enfrentamientos, hasta su antiguo centro de enseñanza.

«No quieren dejar atrás su viejo colegio, a pesar de que en la escuela donde estudian ahora tienen los mismos amigos y algunos de los mismos maestros. Guardan muchos recuerdos», explica Mohamed, un profesor que acompaña a los alumnos en su primera toma de contacto con la vieja escuela Ibn Hazm al Andalusi.

El profesor asegura que siempre preguntan cuándo podrán volver al edificio original que alberga el colegio. «Al principio les decíamos que era peligroso, lo que era verdad, y después de la evacuación de los rebeldes que se encontraban en esa área, les explicábamos que ya no era un lugar adecuado para seguir dando clase», dice Mohamed.

Los daños en las puertas y en la entrada del edificio, las habitaciones vacías, sin puertas, ventanas ni pizarras, son una muestra de la violencia que sufrió el barrio de Saladino, controlado por los rebeldes desde 2012.

Cada dos alumnos cargan un banco, muchos de los cuales solo conservan su esqueleto de metal. En cada uno de ellos se sentarán hasta tres jóvenes pupilos.

Son varias decenas de estudiantes, y algunos, los más mayores, acarrean en solitario una de las bancadas, que introducen por uno de los boquetes abiertos en el muro perimetral.

Se ayudan unos a otros a introducir el material en el colegio, como si fuera un día de vacaciones. Algunos cantan mientras continúan sus labores y otros juegan o se pelean por algún mal entendido o una broma pesada. El señor Mohamed, como le llaman sus alumnos, interviene para echarles una mano o evitar que una riña llegue a mayores.


‘Lo aprendí todo aquí’
Sami, de diez años, se lo piensa dos veces antes de dejar sus tareas para responder a varias preguntas.

«Crecí aquí, aprendí todo aquí, conozco esto y quiero quedarme aquí hasta que termine el colegio», dice, antes de repetir un discurso que parece recitar como una lección aprendida: «Algunos poderes no quieren que los niños sirios reciban una buena educación y se conviertan en científicos o académicos, pero esto nunca ocurrirá».

Otro de los estudiantes que se esmera en devolver el mobiliario a su antigua ubicación es Yusef, quien con 15 años parece el mayor del grupo.

Después de colocar unas sillas, no puede resistir la tentación de ir a la que fuera su clase para ver cómo ha quedado después de haberla abandonado.

Cuando llega a su antigua aula, Yusef se detiene junto a una repisa recubierta de cerámica, que le da el aspecto de una clase de química o ciencias naturales. En silencio contempla la habitación con detalle, mientras dirige la vista a todos los rincones, incapaz de contener finalmente unas lágrimas que humedecen sus ojos.

«¿Quieres saber qué pasó aquí? ¿Ves esas ventanas? La onda expansiva de las explosiones y de los morteros hicieron estallar los cristales, que saltaron por todas partes e hirieron a muchos de mis amigos», dice Yusef mientras corre de un extremo a otro contando sus atormentados recuerdos. Al otro lado de la ventana señala una parte del muro que está reducido a escombros. «Ahí –dice– explotó un proyectil de mortero y un trozo de metralla mató a un amigo mío».

El barrio de Saladino, al igual que gran parte del este de Alepo, estuvo controlado durante más de cuatro años por los rebeldes hasta que las fuerzas gubernamentales y sus aliados lanzaron una gran ofensiva el 20 de noviembre para expulsarlas.

Tras haber logrado rápidos avances, las fuerzas leales a Damasco forzaron a los rebeldes a capitular, y el 23 de diciembre se completó la evacuación total de los hombres armados y los civiles que optaron por abandonar la ciudad en dirección a otras zonas controladas por la oposición armada.

Una vez que ha visto su clase, Yusef vuelve corriendo adonde están sus amigos para seguir ayudándoles a colocar las sillas y los pupitres, mientras da algunas órdenes a los alumnos más pequeños, que ordenan los muebles que los más mayores transportaron al edificio.

El maestro reconoce que las condiciones del centro son muy malas, y que todavía tardarán mucho tiempo en acondicionarlo antes de que regresen las clases. Sin embargo, se muestra optimista porque, tal y como asegura, hoy es el primer día de un nuevo proyecto.

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