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Acostumbrarse a vivir con bichos

Podremos acabar de una forma u otra con este virus, pero si de algo nos puede servir esta experiencia, será para ser conscientes que los bichos, éstos u otros distintos, volverán una y otra vez

Martín Garrido Melero

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Martín Garrido Melero

Martín Garrido Melero

George Orwell (en realidad Eric Blair), autor de las futuristas Rebelión en la Granja y 1984, escribió su primera obra cuando vivía en Asia (Los días de Birmania). Quizás las tres novelas, a su manera, predicen un mundo futuro muy distinto al nuestro, pero que cada vez vemos más próximo en todos los sentidos.
Hay que acostumbrarse a vivir con bichos. No me refiero a convivir con ciertos políticos. No, en absoluto. Quiero decir simplemente a vivir con bichos en el sentido más exacto del término, como los que tenemos ahora por medio.

Este virus que estamos padeciendo tiene un nombre que suena un poco a un mundo futuro, como el de la guerra de las Galaxias o 1984. Ha cerrado nuestras ciudades, ha parado de golpe el comercio mundial con todo lo que ello supone y sobre todo supondrá, ha cambiado los hábitos, y sobre todo, nos ha sumergido en un miedo a ser contagiados (y a contagiar). Y eso que es un bichito que no puede considerarse muy agresivo, si lo comparamos por ejemplo como los que provocaron la peste en su día. Si algo ha demostrado este virus a nuestras sociedades «avanzadas» es que somos unos blandengues en todos los sentidos del término.

Y, sin embargo, los bichos están por todas las partes. No vienen sino que están, comparten nuestro mundo o quizás nosotros compartimos el suyo; y aunque suelen vivir vidas paralelas, a veces, como ahora, nos cruzamos con ellos y nos damos cuenta que están aquí también.

Y entonces, ¿Qué haremos? ¿Volveremos a refugiarnos en nuestras casas a cal y canto? ¿Dejaremos de trabajar? ¿Dejaremos morir solos a nuestros familiares? 

Muchas sociedades son conscientes de la existencia de los bichos y hasta en cierto punto están orgullosos de ello. Permítanme que les ponga un ejemplo en la tierra del que ahora es presidente de la OMS y antes ministro de Sanidad de su país. Harar (hoy en Etiopía), refugio del poeta Rimbaud o el viajero Burton, es la ciudad de las hienas, un animal, dicen, más peligroso y desde luego más feo que el león. Si alguna vez van, irán a verlas. Pondrán un palito en su boca y un trozo de carne en el otro extremo, el animal se les acercará poco a poco protegido por las sombras del atardecer, les mirará a los ojos y ustedes a él, y se apoderará en un instante de la carne. Tanto unos (los humanos) como otros (las hienas) se han acostumbrado a no salir corriendo y sobre todo a no matarse.

Pero quizás las hienas se quedan para los turistas. Si quieren de verdad conocer la realidad, y no tienen miedo a contagiarse, les aconsejo que vayan a algún hospital de la ciudad, donde podrán ver hasta qué punto los bichos (otros distintos) son causa de diversas y para nosotros desconocidas o arcanas enfermedades. Y, sin embargo, ni las hienas ni los otros bichos, que pululan por todos los lugares, preocupa a los ciudadanos de Harar lo más mínimo. Se han acostumbrado.

Cualquier viajero experimentado sabe que los bichos forman parte de las sociedad que visitan o en la que viven un cierto tiempo, como George Orwell en Birmania, donde trabajó varios años.

Curiosamente durante un cierto tiempo se ha mantenido (el presidente Trump todavía se lo cree) que los antipalúdicos pueden ayudarnos con nuestro virus. Para nosotros la malaria suena a en enfermedad lejana, aunque no hace muchos años había malaria en el delta del Ebro y del Llobregat, pero para muchas personas del mundo forma parte de sus vidas de una forma tan cotidiana que ha dejado de ser algo de lo que se habla o sobre lo que uno se defiende. Simplemente se tiene, se pasa, o te mata. Nada más. 

El turista se droga antes y después del viaje, se rocía con productos, mira a un insecto como si fuera el diablo, y se encomienda a Dios si por un azar sufre una picadura. Para el nativo (o mejor el lugareño) estos actos del visitante siempre le producen sorpresa y hasta cierta risa, porque sabe que los bichos están ahí, como la lluvia o el sol todos los días. Sin embargo, el viajero experimentado conoce que es mejor acostumbrarse al entorno, aunque puede ser que, como Orwell, se tome un gin-tonic al atardecer (bebida que dicen que inventaron los ingleses para protegerse contra el paludismo) ¡Cuidado con el hielo!

Ha habido muchos muertos y muchos infectados, seguramente más de lo que las estadísticas nos indican. No podemos, ni siquiera ahora, cantar victoria. Pero, como les indicaba al principio, hemos combatido con un sujeto menor. Ahora que salimos, empezamos a pensar que los bichos volverán en invierno, que volverán además con más fuerza, que las segundas (y las sucesivas oleadas) serán mucho más dañosas. No puede descartarse, hay antecedentes.

Nos aferramos al descubrimiento de una vacuna, como si fuera el bálsamo de Fierabrás, porque no podemos admitir que este virus pueda afectarnos como lo ha hecho con nuestras vidas cotidianas. Puede que se encuentre pronto, aunque ya saben que todavía no se ha descubierto para ciertas clases de malaria, a pesar de los medios y de las investigaciones realizadas sobre esta enfermedad.

Podremos acabar de una forma u otra con este virus, pero si de algo nos puede servir esta experiencia, será para ser conscientes que los bichos, éstos u otros distintos, volverán una y otra vez. Y entonces, ¿Qué haremos? ¿Volveremos a refugiarnos en nuestras casas a cal y canto? ¿Dejaremos de trabajar? ¿Dejaremos morir solos a nuestros familiares? Creo, que si eso ocurre, o cuando ocurra, no nos quedará otra que acostumbrarnos a vivir con los bichos, como hace, y ha hecho tradicionalmente, mucha gente en otras partes de este mundo.

Martín Garrido Melero. Notario. Profesor de Derecho Civil de la Uni-versitat Rovira i Virgili (URV). Con el Govern Maragall formó parte del grupo de expertos designado por la Generalitat para elaborar el Libro de Sucesiones del Código Civil catalán. 

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