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Adiós al califa rojo

Hoy más que nunca se echan de menos liderazgos capaces de encajar las piezas de este puzle dinámico, un papel que exige altas dosis de prestigio, sentido común, perspectiva y autoridad moral

DÁNEL ARZAMENDI BALERDI

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DÁNEL ARZAMENDI BALERDI

DÁNEL ARZAMENDI BALERDI

Estas últimas semanas se ha escrito mucho sobre la ausencia de referentes políticos que ayuden a encauzar la compleja etapa que nos está tocando vivir. Cuando el contexto favorece una espiral de mejora, es relativamente sencillo que las cosas funcionen prácticamente solas. Sin embargo, en situaciones de convulsión total como la actual (sanitaria, empresarial, social, política, financiera) resulta necesario contar con directores de orquesta que eviten caer en la dinámica del ‘sálvese quien pueda’. Lamentablemente, no parece que estemos sobrados de liderazgos aptos para gestionar este tipo de crisis, tanto entre la clase política autóctona (plagada de oportunistas sin oficio ni beneficio, incapaces de mirar más allá de las próximas elecciones) como a nivel internacional (con el creciente éxito de especímenes como Johnson, Trump o Bolsonaro, que navegan entre la simple frivolidad y la demencia más absoluta).

La progresiva sensación de amenaza e incertidumbre está agudizando actualmente el choque de intereses de los diferentes actores sociales, un conflicto que siempre había estado ahí, pero que permanecía latente gracias a un complejo equilibrio que cohesionaba razonablemente el sistema en condiciones normales. Sin embargo, cada vez son más las voces cortoplacistas que han perdido la vergüenza a la hora de exigir que sus prioridades se antepongan a las del resto. Esta dialéctica tiene muchos frentes, aunque resulta especialmente evidente en el ámbito empresarial. Así, por un lado, tenemos a determinados grupos de presión, incapaces de mirar más allá de su inmediata cuenta de resultados (escuchando sólo los informes científicos que minimizan el peligro epidemiológico, sin entender que una eventual perpetuación de la crisis sanitaria resultaría devastadora para el tejido productivo), y por otro, a los defensores de un modelo hiperpreventivo que alargaría indefinidamente la parálisis colectiva (sin tener en cuenta que esta estrategia resultaría catastrófica para la clase trabajadora a medio plazo, porque la ruina de las empresas indudablemente multiplicaría la tasa de desempleo y la precariedad laboral).

En definitiva, se está poniendo negro sobre blanco que son muchas las personas y organizaciones cuya cosmovisión es una simple construcción intelectual edificada sobre los cimientos de sus propios intereses inmediatos. Así de sencillo. Las estrategias no son consecuencia de los principios, sino exactamente al revés. Y el descaro con el que este fenómeno se está manifestando últimamente tenderá a agudizarse durante los próximos meses. Precisamente por ello, hoy más que nunca se echan de menos liderazgos capaces de encajar las piezas de este puzle dinámico, un papel que exige altas dosis de prestigio, sentido común, perspectiva y autoridad moral. Sólo un arbitraje transversalmente aceptado evitará que la gestión de la postpandemia termine dinamitando nuestra paz social. Lamentablemente, llegamos a una fase crítica de nuestra historia con una de las clases políticas menos brillantes que se recuerdan, tal y como ha quedado mayoritariamente acreditado durante estos meses, tanto en los diferentes niveles gubernativos como en sus respectivas oposiciones. De hecho, llevamos tanto tiempo esperando la irrupción de una nueva generación de líderes dotados de verdadera talla política (esa infrecuente mezcla de honestidad individual, visión de futuro, rigor intelectual, respeto personal y responsabilidad de gobierno), que incluso habíamos olvidado que era posible la existencia de dirigentes con verdaderos principios. Y, precisamente en ese momento, recibimos con sorpresa y dolor la noticia del fallecimiento de Julio Anguita.

Hay poco que se pueda añadir a lo ya escrito estos días sobre el antiguo secretario general del PCE, bajo cuyo mando Izquierda Unida obtuvo sus mejores resultados (conquistó más de veinte escaños en el Congreso, en contraste con las dos actas de diputado que obtuvieron sus sucesores una década después). Pese a nuestra habitual tendencia a ponderar a los inquilinos de tanatorio, han resultado llamativos el número y el origen de las muestras de admiración por la muerte del ‘califa rojo’, como fue apodado. Por un lado, ha existido unanimidad a la hora de alabar su sobriedad ejemplar. No pasó de un día para otro de Vallecas a Galapagar, sino que abandonó la política tal y como entró, en plena España de los Naseiros y Filesas, e incluso renunció a la pensión máxima que le correspondía como exparlamentario, señalando que tenía suficiente con su jubilación de maestro. Por otro lado, acreditó una exitosa trayectoria de gestión al frente del ayuntamiento de Córdoba, donde dejó un gran recuerdo tras ocho años como alcalde. Además, demostró un compromiso político que traslucía una convicción auténtica sobre lo que defendía. Todos recordamos aquel mitin que se negó a suspender, justo después de conocer la muerte de su hijo periodista en Irak, pronunciando una frase que ha quedado para la posteridad: «Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen».

Sin embargo, entre todo su legado, me gustaría destacar su intervención durante una asamblea de IU en Coín, allá por 2015, que probablemente dejó desconcertados a muchos de sus oyentes: «Lo único que os pido es que midáis a los políticos por sus hechos. Y aunque uno de ellos sea de extrema derecha, si es un hombre decente y los otros unos ladrones, votar al de extrema derecha. Votad al honrado y no al ladrón, aunque éste tenga la hoz y el martillo». Semejante declaración de principios chocaba (y todavía choca) con una cultura electoral que prioriza la tribu ideológica por encima de la ética. Este profundo sentido de la integridad le granjeó feroces críticas en los tiempos de ‘la pinza’, pero le permitió ostentar esa autoridad moral que hoy echamos tanto en falta. Aunque personalmente no compartiese casi ninguna opinión con él, no tengo la menor duda de que Julio Anguita ocupará merecidamente un espacio de honor en nuestra historia política. Descanse en paz.

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