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El proyecto zambiano de Edward Makuka Nkoloso de superar a rusos y norteameri-canos en la carrera espacial fue acogido con entusiasmo patriótico, en pleno proceso de independencia

Dánel Arzamendi

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Dánel Arzamendi. Foto: DT

Dánel Arzamendi. Foto: DT

Si echamos un vistazo a la vida de Edward Makuka Nkoloso, probablemente acabemos confirmando que la realidad supera frecuentemente la ficción. Incluso nos negaremos a creer que su historia pueda ser verdaderamente real.

Nuestro protagonista nació en 1919 en la actual Zambia, llamada entonces Rodesia del Norte en honor al presidente de la British South African Company, Cecil Rhodes. La infancia del pequeño Edward se desarrolló en una misión situada al norte del país, donde recibió formación en matemáticas. Posteriormente participó en la II Guerra Mundial, luchando en las filas británicas. Cuando regresó del frente, intentó abrir un colegio donde enseñar ciencias a los niños, pero las autoridades coloniales clausuraron la escuela.

Aquel cierre indignó a Nkoloso, quien decidió entonces sumarse a los grupos rebeldes que luchaban por la liberación del país. Pronto se convirtió en uno de los líderes del Partido Unido de la Independencia Nacional (UNIP) e intervino en los llamados ‘Disturbios de Luwingu’, por los que fue torturado y encarcelado. Poco antes de lograrse la independencia del Reino Unido en 1964, este profesor aprovechó su popularidad dentro del movimiento insurgente para fundar la Zambia National Academy of Science, Space Research and Philosophy.

Precisamente en aquellos años, EEUU y la URSS pugnaban por liderar la conquista del espacio en el marco de la Guerra Fría, lo que permitió definir el reto central de la nueva y flamante academia: había que llevar a un zambiano a la Luna (y desde allí, a Marte) antes de que lo hiciesen los norteamericanos o los soviéticos. En realidad, se trataba de un sueño personal que el propio Nkoloso rumiaba en su interior desde su juventud. Tal y como relataba Namwali Serpell, profesora de la Universidad de Berkeley, su fascinación por volar nació durante su primer viaje en avión: «Le pidió al piloto que se detuviera para poder salir y caminar sobre las nubes». Su hijo Mukuka confirmaba esta obsesión: «Él nos desafiaba todo el tiempo: si un pájaro puede volar, ¿por qué no lo puedes hacer tú?»

El proyecto zambiano de superar a rusos y norteamericanos en la carrera espacial fue acogido con entusiasmo patriótico, en pleno proceso de independencia. Para alcanzar este ambicioso objetivo, Nkoloso diseñó un peculiar programa de entrenamiento, cuya desconcertante veracidad queda acreditada en diversos documentos audiovisuales de la época. El antiguo activista reclutó a doce ‘afronautas’ (como él los bautizó), que serían específicamente adiestrados para conquistar el planeta rojo. Los preparó durante meses en una granja cercana a Lusaka, donde les hacía rodar ladera abajo dentro de un bidón vacío.

También ideó un columpio con un neumático para experimentar la sensación de gravedad cero. Incluso les enseñó a caminar sobre las manos, porque era «la única forma en que los humanos pueden andar sobre la Luna». Entre los cadetes se encontraba Matha Mwamba, una adolescente que fue seleccionada para comandar la misión. Viajaría acompañada por el perro Cyclops, dos gatos y un misionero. El reto de este último pasajero era convertir al cristianismo a los nativos marcianos, que Nkoloso había observado previamente con su telescopio. Eso sí, recibió instrucciones de catequizar a los primitivos extraterrestes «sólo si ellos querían». El equipo alcanzaría la estratosfera en una nave propulsada mediante un sistema parecido a una catapulta.

A pesar del optimismo reinante en la academia espacial zambiana («nuestro programa está seis o siete años por delante del norteamericano o el soviético») las cosas pronto empezaron a torcerse. Por un lado, el visionario líder del proyecto había solicitado siete millones de libras a la UNESCO para desarrollar su plan, pero la organización internacional ni siquiera respondió a la petición. Paralelamente, las autoridades del incipiente país africano observaban con creciente recelo las repercusiones internacionales del programa, que ya comenzaba a ser ridiculizado en medios occidentales, pese al entusiasmo mostrado en las entrevistas concedidas por Nkoloso, ataviado con casco y capa. Para colmo, el entrenamiento de los reclutas no avanzaba según lo esperado.

El propio fundador de la academia se quejaba por el comportamiento de su equipo: «no se concentran en el viaje espacial. Hay demasiadas relaciones sexuales, cuando ellos deberían estar estudiando la Luna». De hecho, la comandante Matha Mwamba quedó pronto embarazada, y sus padres acudieron indignados a la granja para llevarla de regreso a su pueblo. Como era de prever, el proyecto terminó rápidamente archivado, y nada más se supo de aquel excéntrico grupo de afronautas. Aun así, Edward Makuka Nkoloso (considerado por algunos un científico demente, y por otros un genio de la propaganda surrealista) disfrutó tras su muerte de un funeral de estado en 1989, con el agradecimiento gubernamental y popular por su protagonismo en la independencia del país.

Esta rocambolesca historia puede parecernos inverosímil, pese a ser totalmente cierta. Es más, frente a la tentación de limitarnos a contemplar estos sucesos como un mero disparate histórico, puede que debiéramos reflexionar sobre la posibilidad de que quizás nosotros mismos estemos cayendo en errores similares (salvando las enormes y evidentes distancias).

Después de todo, lo que hizo Nkoloso fue aprovechar un contexto emocional propicio para poner en marcha un proyecto objetivamente inviable, que ninguna organización internacional siquiera tomó en consideración. Con ese propósito, no dudó en dilapidar recursos, tiempo y esfuerzos que debían dedicarse a cuestiones más obvias, básicas y urgentes. Y para colmo, logró el aplauso de muchos de sus conciudadanos, ante la estupefacción de cualquier observador externo. Alguien pensará, sin duda, que tenemos más de un afronauta en algunas de nuestras instituciones, rodando ladera abajo en un bidón vacío, intentando convencernos de que va a conquistar Marte.

Colaborador de Opinió del ‘Diari’ desde hace más de una década, ha publicado numerosos artículos en diversos medios, colabora como tertuliano en Onda Cero Tarragona, y es autor de la novela ‘A la luz de la noche’.

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